Yo estaba ahí cuando ocurrió. En ese instante pude entender todas las distancias. Pensé que algo así tenía que repetirse, establecerse. Me senté a esperar.
Pero la claridad no regresó. Y ahora el eco del trueno no me deja olvidar, por más que quisiera volver a creer en mi ceguera.
[ Tap at My Window — Laura Marling ]
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Los sobrevivientes de las abducciones, los callados, argüirán que ellos (porque los observan con cierta confusa distancia, contrario a los fanáticos) no nos necesitan muertos y que ni el alma ni la conciencia están en su programa de investigación. Es un estudio estrictamente biológico. Sin embargo, ellos no están del todo desentendidos de nuestra manía de malinterpretarlo todo y desaprueban los asesinatos en masa en nombre de la redención extraterrestre. Uno de los abducidos asegura que una vez volvió de su viaje cósmico a tiempo para detener a unos pobres desgraciados en tenis blancos que se disponían a servir compota de manzana con fenobarbital en platos desechables. "¡Así no es!" gritó arrancándole la cuchara a un viejo desdentado.
"Ellos me dejaron justo en ese lugar para que les enseñara a esos ignorantes que no es necesario morir, que nunca habrá nada mejor que esto para nosotros. Nos toman prestados, no más. Es por el bien de la galaxia. Eso dicen".
El señor Wicks se ríe cuando pasan en televisión refritos de películas donde salen mujeres locas con pancartas que dicen Take me!
"Es obvio que entienden lo que decimos cuando pedimos que nos lleven, pero es como si una rata de laboratorio hiciera lo mismo con los investigadores en la tienda de animales. Seguro los científicos reirían y harían algún comentario sobre lo poco que sabe la rata acerca de su destino en caso de ser elegida. Nunca se llevarían a la rata con el letrero. Yo, por ejemplo, nunca pedí nada. Yo era la estúpida rata que se limitaba a correr como loca en la ruedita, esa que parecía más normal, más apta para ser descabezada. A veces pierdo la visión del ojo izquierdo y las sondas me dejan marcas moradas por toda la piel, pero aún puedo trabajar, mi esposa me consuela cuando aparezco llorando en las madrugadas y ellos me aseguran que viviré muchos años. Ninguna rata podría decir lo mismo".
[ Smoke on the Water — Señor Coconut ]
Etiquetas: monogatari

Los zombis no van a salir de los cementerios cuando vengan por nosotros. No vale de nada que sigan quemando las fosas comunes. Esos muertos ya no vuelven. No sé si me entienda cuando le digo que no tendrá oportunidad de vengarse con un hacha de la novia de su ex novio chorreando sanguaza por la calle. Míreme a los ojos, ¿me va a decir que no me cree? Tal vez lo haga cuando la puerta de su casa se atasque y a usted se le dé por tomar un baño mientras baja el sol —qué iluso es uno pensando que es un simple caso de expansión por calor—. Usted abre el grifo y espera un rato. ¿Qué es eso? ¿Una peinilla? ¡Qué demonios cree que hace? ¿Acaso cree que tengo tiempo de lidiar con sus muertos? Escúcheme. No desatienda el sifón. No quiero volver a ver el agua saliendo a borbotones por el piso. Inocente porquería verde-gris, dirá usted. Ja.
Yo sigo limpiando frenéticamente los rincones de la casa para detener un segundo ataque, pero es apenas un paliativo para lo inevitable. Volverán por mí. Ya están volviendo. No puedo permitir que se me sigan resecando las piernas.
[ Don't Worry Baby — Beach Boys ]
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Brez Besed
2 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy miércoles, julio 28, 2010 a las 10:13 a. m..Muchas cosas le digo yo con esta cara de no decir nada. Es un desconsiderado. Siempre ha sido así. Yo que tanto lo conozco y no le recuerdo una sola instancia diferente a esto con lo que siempre me sale. Recuerdo más bien otras cosas. Recuerdo cómo nos conocimos y esa vez que se le quedó engarzada la camisa nueva en un alambre de púas. Al menos fue la camisa y no media barriga. Recuerdo cómo le fue creciendo esa panza mucho más lentamente de lo que creció y desapareció (parcialmente) la mía, dos veces. Diferente levadura hay en nuestra masa, y sin embargo era (¿es?) rico sentirlo por las noches, así blandito.
No me habla. Tal vez soy yo la única que anda con ganas de recordarle que anoche se volvió a meter las llaves en el bolsillo y por eso no las encuentra en el recipiente de madera al lado de la puerta. Creo que el perro debe mirar también con esa urgencia de hablar sin hablar que tengo yo, y por eso ahora ambos tenemos la misma cara. Míreme, míreme, míreme, sóbeme la pancita, ya no me importa si no me saca a pasear.
Le sobo la panza al perro. Alguien en esta casa es feliz, al menos. Esta noche voy a arrimarle un pie frío en la cama, a ver si entiende.
[ 50 Ways to Leave Your Lover — Paul Simon ]
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Almorzamos en Roppongi. Él parece una versión asiática de Don Johnson en Miami Vice y yo llevo los labios brillantes de escarlata bajo la pava de ala infinita. Me pregunta si he engordado y me recuerda aquella única vez que pronuncié mal la palabra "façade", como si de un gran trofeo anecdótico se tratara. Yo frunzo los labios saboreando el triunfo de no haberle dejado nada más que reprocharme salvo aquella tarde que me encontró con el enjuto y peludo contador de la empresa en el asiento de atrás de su Corniche, pero finjo que es el sabor del Gewürztraminer. Él jamás sería capaz de mencionar ese episodio —la insuperable vergüenza lo haría atragantar—; por eso tanta insistencia en la traición urdida entre mi paladar y mi lengua.
Me pregunta por mi nuevo amante, y yo arrojo la cabeza a un lado con una mueca semejante a una sonrisa mientras le hablo con excesivo detalle de las tardes en Santorini y de todo lo que Jean-Jacques sí me ofrece que él nunca pudo. Penduo sabe que Jean-Jacques no es su verdadero nombre, pero también sabe que bien podría ser el jardinero de la casa en Niza —para mayor humillación—, así que permanece callado.
Alguna vez fuimos felices. Por más que he querido ahogar el recuerdo en bilis, aún ahora debo aceptarlo. Éramos jóvenes y medíamos el dinero en términos de cuántas hamburguesas podríamos comer por cada hora de trabajo. Tomábamos gaseosa en la cama y nos peleábamos por las fresas deshidratadas del cereal que siempre servíamos en un solo bol. Penduo conducía un Honda CRX al que le habían robado la H del capot y nos íbamos de paseo a lugares de nombres graciosos. En la carretera, los árboles desnudos se alzaban como rastrillos que rasguñaban los témpanos del cielo mientras cantábamos canciones de John Lennon a dos voces. A través del vaho parecía como si bajo nuestros guantes rotos siempre estuviera próximo el fin de la primavera. Qué ilusos fuimos al no notar lo delgados que se hacían los calendarios.
La última vez que nos vimos se nos ocurrió ir a cine, por los viejos tiempos. Al oscurecerse la sala Penduo tomó mi mano. Me sorprendí un poco mas no opuse resistencia, rodeados como estábamos de tantas parejas con las sonrisas embobadas iluminadas tenuemente por la pantalla. Por un momento parecíamos una de ellas, y mis comisuras se alzaron también. Sin embargo, al poco rato se quedó dormido y empezó a roncar. En un instante mis dedos deshicieron el tierno nudo que nos unía e hinqué un codo en sus costillas con la vergüenza acumulada de toda una era. Era mi olécranon cobrándole de contado su impotencia, su barriga imperdonable, su cara de mapache rojo al emborracharse, su incapacidad absoluta de hacer la más ligera mención del episodio del Corniche. A quién le importa que yo haya dicho "fáqueid" en vez de "fasad" si él no es capaz de detener el tiempo por dos horas siquiera.
Penduo paga la factura y yo retiro la vista para no encontrarme con la carpeta de cuero cayendo estrepitosamente sobre la mesa. Siempre he odiado ese gesto suyo de displicencia para con el servicio. El compromiso anual se ha cumplido y ya podemos olvidarnos el uno del otro mientras empieza a refrescar y comienza de nuevo el ciclo de desaparición y reaparición de la piel en la calle. El otro año la cita podría ser en Nueva York o Ginebra. Da igual.
En la noche me reuniré con mis amigas para nadar en rusos blancos y les contaré lo envejecido que se ve Penduo mientras nuestras risotadas de cotorra hacen evidentes mis propias patas de gallo. En algún momento de brumosa lucidez les confesaré que no pienso dejar de verlo pese a lo mucho que nos odiamos: mientras podamos almorzar una vez al año y hacernos nimios favores, todo estará bien. No tengo nada que lamentar si pude quedarme con los niños y el galgo afgano.
[ Lucy — Hanne Hukkelberg ]
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Pudo haber soñado cualquier cosa. Pudo haber sido de nuevo el inexplicable fantasma de su amiga muerta sentada en el sofá. Pero ahora sus ojos estaban abiertos y ya no recordaría nada. Un día nublado. Lo primero que se ve siempre es la ventana—corrección: un borrón. Las gafas están a un lado, tal vez en el piso, tal vez sobre un libro, tal vez camufladas entre una maraña de cables.
El día tarda en empezar, pero las horas transcurridas entre el computador, el futón y la guitarra son infinitas. Olivia Ruiz. Un rato eterno se va escrutando una bolsa de marañones. Qué curioso que estas sean las semillas de una fruta que crece justo debajo de estos riñoncitos. Hay marañones planitos, mitades abandonadas. Otros están completos y son gordos. Tres episodios de Daria. El gran almuerzo de hoy: arroz con marañones. Arroz con furikake sabor a ajo y marañones. Y una taza de yujacha. Mientras restregaba el calentador de agua de la cocina con una esponjilla jabonosa podía oír un eco metálico reprochándole el opíparo banquete de un tazón de arroz con marañones comprados en una feria callejera el mes pasado, comparado con—algo peor. Siempre hay algo peor, porque es ese país y no este. Concurso de miserias. Permanece lo dicho, pero su voz se ha desvanecido. La de Sandra, fallecida hace años, suena clara como una campana de verano desde esa noche, pero la de él se ha evaporado, dejando apenas el residuo granuloso de las palabras.
Vaya, el momento más emocionante de mi día. Diez minutos antes de la hora de partir, el cierre de la falda se ha enganchado en las medias pantalón y ahora hay un hueco a la altura del trasero. Y aquí no venden medias pantalón para mí, el compás humano. El momento más emocionante de mi día. La aventura. La búsqueda del esmalte más barato de la colección—una aguatinta color verde limón—, la paciente aplicación del mismo en derredor del agujero mientras se escucha el portugués más bogotano de la vida en un video de Internet. Si es portugués de Portugal no debería entender tanto, ¿verdad? Una cara familiar. Él sí está hablando portugués y no portuñol. Me gusta el verbo "ficar". Nunca he leído a Pessoa. Se imaginó informándole eso al desapegado boticario que recomienda bananos para el mal genio, una mesa metálica redonda en medio de los dos.
—Nunca he leído a Pessoa.
Sobre la mesa hay granitos de azúcar.
En el parqueadero estaba la gata Kiku observando a su novio El Rubio desde el calor de una moto. Algunos están plácidos y felices. Algunos tienen a alguien a quién observar largamente desde un lugar alto y cálido. Ya rodando en la bicicleta, rodeando un árbol, reflexionaba sobre los dieciséis de otros junios. Las raíces habían levantado breves ondulaciones que ella nunca esquivaba. Para eso es una bici de montaña. La falda al vuelo sobre la bici de montaña.
La clase fue un largo bloque de tiempo muerto. Su cabeza jamás estuvo allí. Sin embargo, la aparición de Hazuki marcó el verdadero comienzo del día. Su blusa de colores parecía sacada de otra década, pero se veía impecable. Bella. Y una vez más, la niña que usa shorts ridículos llegó al salón. Miradas de complicidad contra la moda japonesa. Cuánta alegría le daba poder tener miradas de complicidad con ella. Juntas salieron del salón y partieron en dirección de Frijol, el restaurante mexicano. Como estaba cerrado, siguieron hacia Kuraudo, el restaurante de okonomiyaki. Mientras esperaban, Hazuki sacó un sobre de su maleta.
—Tu cumpleaños es en julio. Como no nos vamos a encontrar, te traje un regalo.
—¿En serio?
Su rostro se iluminó. ¡Un regalo! ¡De Hazuki! ¡De cumpleaños! ¡Se acordó! ¡Me quiere! Era una edición moderna con ilustraciones simpáticas de un manual antiguo chino de salud. Gracias. En serio, gracias. Gracias. Arigatou. Hontou ni, arigatou. Bajo la iluminación del recinto, el rostro de Hazuki creaba sombras hermosas. Solo su nariz se asomaba a la luz. Ella es hermosa bajo cualquier luz, pero no lo sabe, o lo sabe y lo niega. ¿No hay mayonesa? El okonomiyaki siempre sabe mejor con mayonesa. Como el último okonomiyaki que comimos en Hiroshima. La conversación se estancó en cómodos silencios. Qué llenura tan terrible, pero igual tengo ganas de sherbet de yuzu. No está caro, en todo caso. Entonces vio el fin acercándose como la pared de un cuarto de tortura. Algún día no podré verla más.
Regresó a su hogar en silencio, bajo la lluvia invisible. Mientras aseguraba la bicicleta vio a Azuma en el pasillo del edificio. Hola, estaba comiendo con Hazuki. ¿Quieres pasar? El clima no coopera. La televisión está malísima, como siempre. ¿Puedo cambiar de canal? Por favor.
—Soñé con una amiga que murió hace años—dijo de repente, recostada contra una almohada y una serpiente de peluche—. Era tal como la recordaba, la voz, la actitud... Estaba sentada en el sofá de mi casa. Era diciembre 13. Entonces llegaba Himura y preguntaba si alguien más vendría de visita. No, nadie, ¿por qué? Para mí era como un fin de semana normal. "¿Ustedes no celebran la cremación del cedro?" No, no tenía idea de que existía esa celebración. Mejor ven, te presento a Sandra. O más bien, al fantasma de Sandra.
(¿A qué viene todo esto?)
[ La saule pleureur — Olivia Ruiz ]
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No puedo verlo desde aquí—tengo los ojos borrosos.
[ Postcards from Italy — Beirut ]
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Solanum tuberosum
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy martes, junio 09, 2009 a las 6:02 a. m..Córtale las raíces a la papa para que no pueda escapar.
La papa tiene nacientes tentáculos blancos y morados. Ampútalos: la papa no puede ser más hermosa que tú.
La papa tiene ojos por todas partes. Pínchalos: la papa no debe ver más allá de lo que tú ves.
La papa, disfrazada de tierra, se esconde en tu nevera. Castígala, escáldala, borra la nebulosa que alberga en su corazón. Que su piel se deslía en desespero. Petrifícala en sal, trufilla indócil.
Domina a quien busca dominarte. El cuchillo es tu cetro; empúñalo sin temor. Ofrece un banquete en honor a tu señorío, paladea tu trofeo con fruición, y deja que una mano enguantada remueva las huellas ennegrecidas de sangre almidonada.
[ Déjate caer — Los Tres ]
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—Después te llamo—, dijo él en inglés a modo de despedida.
—¿Cómo planeas llamarme si no tienes mi número?
El joven quedó algo perplejo ante la audacia de su interlocutora. Parecía una invitación, pero no había manera de asegurarlo. Excepto, tal vez, si cumplía la promesa.
Los días pasaron y los paisajes cambiaron. Hubo encuentros y desencuentros. La nieve cayó y se derritió y volvió a caer. Los aviones surcaron los océanos en vaivén. Así transcurrieron casi siete años.
Una mañana, el teléfono rompió el silencio en un minúsculo y desordenado apartamento en Tsukuba, Ibaraki. Una extranjera levantó el auricular.
—¿Estás despierta?—dijo una voz en japonés desde el otro lado de la línea.
La mujer rió, somnolienta. Parecía el eco de una antigua invitación, pero no había manera de asegurarlo: ella nunca había recordado una promesa durante tanto tiempo.
[ Qui sommes nous? — Olivia Ruiz ]
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Damnatio memoriae
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy sábado, febrero 09, 2008 a las 8:14 p. m..Hace unas horas regresé del supermercado con una bolsa de frambuesas congeladas. Aburrida de las mandarinas, había decidido darles una oportunidad, en parte con nostalgia derivada de un recuerdo muy específico de mi vida en Dubuque: la única vez que, harta de los bananos que ocupaban la mitad de la sección de frutas en Wal-Mart, compré una cajita de frambuesas (carísimas) y me las comí con fruición. En fin. Las frambuesas estaban ahí para hacerles compañía a las mandarinas en las que venía pensando desde hacía rato, ya que habían pasado varios días desde que su compra y lo más probable es que ya hubiera alguna tomando visos entre verduzcos y blanquecinos, toda esponjosa y llena de vida, tomando posesión de la nevera.
Las mandarinas ocupaban mi mente un rato cada día, pero nunca lo suficiente como para levantarme e ir por ellas al cajón de la nevera donde acompañaban a la panela en polvo. Con un libro de Orhan Pamuk ante a mis ojos le di vueltas a la idea de tomar un par e ir comiendo casquitos poco a poco, pero al fin me sumergí del todo en la lectura y el proyecto quedó en el olvido. Frente al computador pensaba en lo bueno que sería comerme un par, pero luego tomaba unos sorbos de limonada y el asunto quedaba archivado. El viernes, cuando Adeline me invitó a desayunar a su cuarto y me ofreció una mandarina, recordé brevemente mi botín intacto en peligro.
Pues bien, hace unos minutos abrí la nevera para acabar con el problema de una vez por todas y devorar las mandarinas que quedaran sanas. Sin embargo, mi resolución se vio detenida por un pequeño inconveniente:
Las mandarinas no estaban allí.
Busqué en el congelador, entre las bolsas vacías y cerca de la basura. Nada. Me temo que el problema es peor de lo que parece: no sólo las mandarinas no están en la nevera ni en ningún otro rincón de mi cuarto emitiendo hedores delatores del descuido, sino que nunca han estado. Las mandarinas no existen.
¡He creado un recuerdo ficticio!
Y ahora, ¿cómo voy a creer en mí, en mi propia historia? Cuando sea vieja me rodearé de niños para contarles anécdotas de una juventud que no pasó, llenas de sucesos que jamás tuvieron lugar. Hoy son frutas; mañana serán personas, luego viajes, libros leídos y gustos musicales.
O de pronto el asunto es todavía más grave. Tal vez esto no esté pasando; tal vez en realidad yo estoy sentada en una mecedora en Puerto Salgar, Cundinamarca, tomando preparada*, espantando jejenes e inventándome la vida de alguien que por coincidencia resultó viviendo un país lejano. Sólo que de repente tuve que pararme y decirle a un niño que se bajara del palo de mango si no quería descalabrarse. Una vez de regreso en la mecedora, el hilo de la historia se había perdido, y en la nevera ya no había mandarinas.
*preparada: tamarindo Postobón con limón. Bebida popular en el Magdalena Medio.
[ Hide and Seek — Imogen Heap ]
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Échec et mat
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy jueves, julio 28, 2005 a las 12:08 p. m..Esto que trataron infructusamente de explicarme por medio de frases condensadas lo sabían desde mucho antes de que él me empezara a dejar colombinitas a la entrada del conjunto y se quedara quieto, muy quieto, mientras me veía pasar camino a la tienda de la esquina. Supongo que me estaba observando, pero es muy difícil saberlo cuando lo único visible de una cara es su boca y tal vez un par de pecas desvaneciéndose al final de sus mejillas. Intenté ignorarlo las primeras veces, pero al cabo de un mes terminó impresionándome tanto esa estatua de carne en la que se convertía que volví de la tienda con el mandado y me paré justo al frente de él.
—¿No vas a hablarme, ya que tanto me miras?
Dicen que en ese preciso instante perdí, que si lo hubiera ignorado del todo esto no habría pasado de una escena desagradable a la entrada de su casa, tal vez un par de floreros rotos y libros descuadernados, pero nada trascendería la frontera de su antejardín. No obstante, yo no entendí nada de lo que me decían y me aventuré a indagar en ese abismo viviente, hasta caer.
Cuántos besos, cuántas palabras dulces saleron de aquellos labios cuyos ojos no querían ver claramente la luz del día. Cuántas veces intenté correr el velo que los cubría, tan sólo para encontrar un manotazo que sellaba la entrada a su tal vez dulce mirada. La gente normal habría abandonado esta empresa, este amorcito adolescente de barrio, pero yo me empeñé en buscar el alma hermosa escondida tras el abominable peinado rebelde. Lo amé con toda la capacidad de mi pequeño corazón ingenuo, lo amé hasta los límites establecidos por la vida escolar y la intimidad que acababa donde su mano se convertía en una fría barrera. Una barrera sobre otra. Ese pelo era infranqueable.
—Hija, tú sabes que yo te he dado mucha libertad y continuaré dándotela, pero quisiera advertirte sobre el muchachito del frente— me dijo mi mamá un día.
Se me hizo un nudo en la garganta.
—¿C-cuál muchachito?
—Yo soy tu mamá, yo me doy cuenta de estas cosas. El de las greñas alborotadas.
—Ay, mamá, pero si no es nada serio...
—Precisamente. Tú no sabes en qué momento te enamoras de verdad de él, y... Ay, hijita, ojalá hubiera sido más clara respecto de este niño. Traté de advertírtelo, todos tratamos, pero tuvimos tanto miedo... Queríamos que el pobrecito tuviera una vida normal... Pero tú con esas orejitas tan bonitas eres valiente y sabrás comprenderlo...
Los profundos suspiros de mi madre aderezaron el final de su críptico discurso, y yo hube de reanudar mi inocente vida amorosa normalmente.
Pasaron algunos meses cuando el furor de la misteriosa melena se desvaneció junto con mis sentimientos afiebrados. Los besos se tornaron insípidos y la falta de ojos para mirar hipnotizada terminó desesperándome. Siendo mi costumbre enfrentarme a todo a su debido tiempo, me senté junto a él en una banca del parque y le comuniqué mi intención de acabar con esta anormal aunque divertida relación. Podríamos ser amigos, de todos modos.
Entonces sentí una presión insoportable en mi muñeca.
—¿Acaso no entiendes que no puedo perderte? Yo te amo. Te amo de verdad. No estoy dispuesto a perderte.
Mis labios se fruncieron en una mueca de incómoda incredulidad.
—Sólo soy una niña más en el barrio, ya encontrarás a alguien mejor.
—No.
La presión se hizo mayor. Sacudí mi brazo en vano.
—He estado observándote durante mucho, mucho tiempo. Más tiempo del que alcanzas a imaginar. Decidí que quería pasar mi vida junto a ti. Tu cuerpo refleja lo comprensiva que eres, lo comprensiva que serás conmigo. Has sido un reto para mí, y no voy a fracasar. No puedo fracasar.
—Óyeme, yo no soy tu premio.
—Eres mucho más que eso, tesoro mío.
En ese instante, su mano se alejó del triste chamizo pálido en el que se había convertido mi brazo y, por primera vez, despejó lo que resultó ser la joya que yo andaba buscando, el rostro más increíblemente bello de todo el planeta. Y en su superficie irregular de porcelana pecosa, una mirada brillante y cristalina.
—¿Es que no me crees? —dijo, con esa voz tan grave.
Entonces, mientras sus hermosos ojos azules me miraban cruda y directamente, el viento aprovechó la ocasión para soplar su cabello, el que ya había corrido hacia atrás, y dejó ver sus orejas.
Allí lo comprendí todo. Y al no tener la menor idea de qué hacer, me puse a correr.
Esas orejas las poseen pocos. Esa forma, esas curvas, esa especie de drenaje adonde van a parar los sonidos que rodean al futuro campeón. Todos sabemos que nadie puede resistirse ante las peticiones de los ganadores, tan claramente distinguibles por sus órganos auditivos. Soy una idiota. Debí haberlo intuido. Debí haberlo intuido. La paradoja del barbero se resuelve solamente si el barbero deja de serlo y se limita a afeitarse él mismo cada mañana, dejándole el lío a otro. Si yo no le hubiera hablado él no habría tenido esperanza alguna, habría perdido y habría destruido su casa y su vida sin yo casi darme por enterado. El solo hecho de hablarle fue entrar en su juego. No importaba ya si lo hubiera rechazado de plano o si, como hice, lo hubiera querido hasta donde me hubiera sido posible. No habría ninguna escapatoria, ninguna respuesta alternativa al acertijo de su amor. De todos modos perdí.
—Yo ya lo había visto cuando chiquito, hija —, dijo calmadamente mi madre cuando llegué a casa a llorar desconsoladamente—. Yo sabía adónde iba con esas orejas tan... peculiares. ¿Ahora entiendes por qué no se las descubría nunca?
—Qué astuto, hacerme caer de ese modo... ¿Pero por qué no fuiste clara? ¿Tanto te costaba advertirme exactamente lo que pasaría?
—Lo intenté, hija, pero el niño me cae bien. Es un buen muchacho, salvo por ese... detalle. ¿Ahora qué vas a hacer, si el niño no puede perderte?
Inhalé profundamente y me calmé un poco.
—Quererlo, supongo. Intentar al menos. Y procurar que le vaya bien en la universidad. Y luego velar porque consiga un buen trabajo. A largo plazo me irá bien.
—Sólo procura que esas orejas no las vea nadie. Yo sé que eres comprensiva, cualquiera lo puede ver tan sólo con mirarte.
Estallé de nuevo en bruscos sollozos.
—Mira bien, mamá— dije, tirando de mis lóbulos rabiosamente—. Esto no es comprensión, ¡esto es cobardía! El problema no sería jamás su reacción al perder, sino que de cualquier manera yo resultaría perdiendo. Y que, de todos modos, lo aceptaría estoicamente. Mira como estoy aceptándolo, mamá. ¿Es que no te das cuenta? ¡Lo estoy aceptando!
Este pedazo de perorata es la tercera entrega de La tiranía del lector (¿qué creyeron, que el proyecto se iba a quedar por allá botado?) y es cortesía del amable y antiguo aporte de Ovidio, quien sugirió "La relación entre la anatomía de las orejas de las personas y su actitud frente al fracaso". Como siempre, fue un ejercicio refrescante. Yo debería intentar esto más seguido.
[ Only Solutions — Journey ]
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