Doblepensar

El blog favorito de la mamá de Olavia Kite.


La fin de la magie?

¿Conocen esa película del niño que solo podía jugar básquetbol si se ponía cierto par de tenis viejos? Me siento como ese niño sin sus zapatos. Yo no sé qué fue lo que perdí pero ya no puedo escribir. Intento pero no suena, no avanza, [ inserte ruido de encendido de carro defectuoso ].

Tal vez mencionarlo ayude a que vuelva, como cuando soñaba que tenía la facultad de volar pero solo podía remontar vuelo si creía que ello era posible.


[ Sister — Emily Loizeau ]

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Corto circuito

Camino al edificio donde tomo la mayoría de mis clases hay una obra de construcción. A la entrada han plantado a un señor uniformado con casco y chaleco reflectivo cuyo oficio es extender su brazo hacia donde quiera que vaya el transeúnte que se le cruce al frente en ademán de "puede seguir". Detrás del señor las vallas blancas están cerradas. No veo ningún camión aproximándose. Nada parece querer entrar ni salir. Lo redundante de su gesto me irrita y mis segundos frente a él se van siempre en preguntarme quién podría necesitar que le señalen lo obvio. Japoneses locos.

Esta tarde pasé por ahí de regreso a casa. Apenas enfilé por el camino apareció una moto de la nada y por poco me atropella, pero eso dejó de importar muy pronto. Alcancé el lugar cercado, como siempre. Esta vez había tres señores uniformados. No estaban haciéndole señas a nadie. Estaban chanceándose entre ellos, mandándose puños leves a los brazos, muertos de risa.

Y entonces pasó algo absolutamente alarmante: me detuve.
No tenía idea de cómo reaccionar ante la falta de señal.

Después de algunos segundos uno de ellos me vio y lanzó la mano al aire despreocupadamente. Solo entonces pude seguir.

Antes de venir a Japón me habían contado historias de cómo los japoneses hacen corto circuito cuando las cosas no ocurren según lo establecido. Jamás pensé que eso mismo me llegaría a pasar a mí. Auxilio.


[ Strict Machine — Goldfrapp ]

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Hello

Hoy llegué al salón de clase y me senté a escuchar música mientras esperaba al profesor. De pronto alguien tocó mi hombro. Volteé a mirar y me quité los audífonos. Era la ucraniana a la que le había explicado algo de gramática española el otro día. Detrás estaba el gringo que una vez me había preguntado si me gustaba el libro que estábamos leyendo para la clase. Los dos me saludaron. Respondí con un "hello" vacilante terminado en signo de interrogación, a la espera del favor que seguramente me iban a pedir. No hice mayor esfuerzo por esconder mi hostilidad.

Pero no me pidieron ningún favor. Me preguntaron qué música estaba oyendo. Sonreían. Me estaban sonriendo a mí. Entonces recordé que normalmente las personas que se han saludado antes suelen volver a intercambiar palabra, no necesariamente a beneficio personal.

Me avergoncé.

Tarde o temprano tendré que readaptarme a convivir con seres humanos, lo sé. Pero eso no sucederá mientras yo siga en este país.


[ The Pageant of the Bizarre — Zero 7 ]

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A Happy Place Called Tsukuba

—Llevaba varios días sin encontrarte en casa. Pensé que de pronto te habías suicidado.
—Sí, yo también pensé lo mismo de ti cuando timbré y timbré y nada que me abrías.


[ Past in Present — Feist ]

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Ultimate Showdown

Tengo que pensar en cosas que hacer cuando regrese a Colombia.

No sé si después de haber dicho esto deba explicar que voy a regresar a Colombia. Sí, for good. Sí, tanto tiempo ha pasado, querido lector, y todo se acaba. Por suerte este blog no —fear not—, pero las becas sí. Cuando el sensei hace las rondas de la mañana y ve que uno ya domina bien las artes de dejar las frases sin terminar, responder toda pregunta con "¡hn!" y dar venias como si la vida fuera el eterno final de un show de variedades, hay un close-up a su cara de satisfacción mientras emite un gruñido y asiente lentamente. Entonces es hora de recibir un pedazo de papel primorosamente adornado y desfilar en carro de bomberos bajo una lluvia de papelitos de colores.

Claro que en este momento la Universidad de Tsukuba tiene otra opinión y pretende enviarme de regreso a casa a patadas y sin diploma. Yo sigo intentando convencerlos de que, habiendo aprendido los rudimentos del japonés, el alemán, el ukulele, la bisutería y la humillación, ya he cumplido mi misión en este lado del mundo, pero parece que aún me falta un par de sesiones de flagelación y vueltas al pueblo en cepo. Parece un asunto excepcional, pero es tan solo otro emocionante capítulo de un año cargado de acción burocrática, no acabando de emerger del episodio aquel en el que intentaban sacarme de mi apartamento por no contestar el teléfono cuando me llamaban a pedirme que pagara meses de arriendo que ya había pagado. Cabe anotar que los que llamaban no eran los dueños del inmueble sino los dulces y carismáticos encargados del centro de estudiantes internacionales, siempre tan dispuestos a ayudar al extranjero en apuros. Ahora mis verdugos son las directivas de la facultad, empeñados en hacerme ver que en casi cuatro años no he atinado a hacer absolutamente nada bien. Extranjera estúpida, siempre haciendo de las suyas. ¿Es que no conoce las reglas? Pues no, no señor, a mí nadie me explicó nada. La persona encargada de ello pasaba cada mes a pedir mi firma para que le pagaran y ya.

En fin. Hoy empieza otro round de la pelea, siempre un paso más cerca del ultimate showdown, y yo ya voy preparando las vendas y el alcohol. De cualquier manera, ya casi se acaba el final de este periplo. Estuvo todo muy bueno y muy malo al mismo tiempo, muchas gracias, pero ya quiero que llegue el día de coger mi atado de ropa y subirme de polizonte a un tren de carga para llegar con la cara sucia y sudorosa a aquel ranchito perdido en medio de las colinas que tanto recuerdo. Espero que quien me reciba al otro lado no se asuste al encontrarme toda cubierta de cicatrices. Son historias; ya nos sentaremos al amor del fuego a contarlas todas.


[ Ping Island Lightning Strike Rescue — Mark Mothersbaugh ]

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El ciclo del agua, 2

Creo que la falla fundamental de la representante de los testigos de Jehová que vino ayer fue pretender que yo me hiciera preguntas que jamás me hago, como quién hizo el agua y quién controla el ciclo del agua.

No es que yo nunca me haga preguntas. He pasado de mi papá al Diccionario Enciclopédico Salvat a la Enciclopedia Encarta a la Wikipedia a Naomi Wolf. Yo siempre he tenido preguntas. A mí me interesa saber por qué se supone que los pelitos que me salen por todo el cuerpo son asquerosos, o por qué tengo que sentirme culpable si no estoy en los meros huesos o al menos sintiendo hambre todo el tiempo. Yo quiero saber por qué algunas personas pueden quererse y otras no. O por qué el gusto por el sexo es malo. O por qué cuando uno es mujer el gusto por el sexo es especialmente malo. Ya que tanto ánimo tiene de resolver dudas, ¿podría resolverme estas, señora?

¿Puede usted decirme con qué eufemismos debería decorar las cosas que siento cuando las siento? ¿Puede señalarme la página de la Réveillez-vous donde se me indique cómo callar sin implotar?

Tell me, do you really think you're going to hell for having loved?

Me llamo tal como le dije que me llamo y exijo respuestas.


[ Our Mutual Friend — The Divine Comedy ]

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El ciclo del agua

Volvieron a Kasuga los testigos de Jehová.

Timbraron. Luego golpearon con insistencia. Sonaba como algo importante: acudí. Apenas abrí la puerta maldije mi suerte al darme cuenta de lo que acababa de hacer con mi vida (o los siguientes cinco y diez minutos de mi vida). Eran dos señoras. Les dije que no hablaba bien inglés, así que me entregaron la entrevista Réveillez-vous. La que hablaba —siempre van a lo Equipo Moisés/Aarón— empezó, ni corta ni perezosa, un discurso sobre lo maravilloso que es el ciclo del agua. El agua sube al cielo ("heaven") y baja en forma de lluvia y nieve, decía. Me pregunté si, según ella, el agua tendría que morir dada su peculiar elección de vocabulario. La miré largamente, ausente: dudé que ella jamás se hubiera puesto a pensar realmente en los fenómenos naturales. Entonces me concentré en un azul específico del cielo (sky). Un azul permanente con cirros. Bonito. La señora ahora estaba diciendo algo sobre los científicos que lo controlan todo y...
—¿Qué hora es?—interrumpí.
—¿Ah?
—La hora. ¿Qué hora es?
La señora miró su reloj.
—Las seis y veinte.
—¡Caramba! ¡Tengo que alistarme para una cita! ¡Lo siento, adiós!
La señora preguntó mi nombre mientras le cerraba la puerta en la cara. Me inventé uno y se lo dije.

Apenas el cerrojo hizo clic caí en cuenta: le había dado mi segundo nombre.


[ Fábula — Eros Ramazzotti ]

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Decanatura


El otro día fui a la oficina de decanatura de mi facultad a preguntar si podía hacer un reemplazo de una materia obligatoria. Era un asunto más de curiosidad que de necesidad, así que esperaba salir rápido de la diligencia como quien pregunta un precio y se va de la tienda. La secretaria desapareció con mi pregunta tras un panel divisor del que emergió después para invitarme a pasar. En el espacio escondido había dos sofás de cuero y una mesita con dos pocillos de café y un platico repleto de cacahuetes. En cada sofá había un profesor. Uno de ellos, calvo y con cara de haber pasado tiempo fuera de Japón, era el decano.

El decano repitió la pregunta que le había dicho la secretaria para cerciorarse de estar entendiendo. Yo quería tomar una clase de esta lista que en el libro de las materias sale al lado de la lista de clases de japonés que yo tenía que inscribir en reemplazo de las clases obligatorias de inglés. ¿Correcto? Así es. Se levantó, consultó el manual de inscripción de materias y constató que nada había escrito en él al respecto. Entonces llamó a otra dependencia a transmitir mi duda. El otro profesor decidió entonces amenizar mi espera con un interrogatorio en inglés. ¿Estaba preguntando esto porque había perdido una materia? No, yo no he perdido inglés, yo nunca tomé inglés porque me informaron mal sobre los reemplazos de las materias y tomé lo que no era. Ah. Al cabo de un rato apareció una secretaria diferente a la que me había atendido y anunció que tendría que remitirle la pregunta a otro superior. Acto seguido se esfumó. Lo que pasa, me dijeron los profesores entonces, es que ella es nueva y no sabe qué hacer en estos casos. Risas. Caras de qué hacer qué hacer. En algún punto al segundo profesor se le salió una palabra en alemán.
Deutsch? —anoté yo, sonriente, sin imaginar la señal que estaba dando con el comentario. El profesor suspiró aliviado al no tener que usar más inglés y empezó a volver a explicarme que la pregunta que yo había hecho no la había hecho nunca nadie y en el manual de inscripción de materias no había nada escrito al respecto así que lo mejor era que yo tomara japonés normalmente como para estar seguros y no meterme en problemas luego. En alemán. Asumo que dijo todo eso por los gestos y porque, mal que bien, algo entendí.

La secretaria volvió a aparecer y dijo que como este caso era nuevo y nada había escrito al respecto en el manual de inscripción de materias, el superior había dicho que este caso habría que llevarlo a otro superior.
—Habrá que discutirlo en un consejo general de la universidad— me explicó el decano—. Tomará tiempo.
—¿Días?
El tono de mi voz era enteramente jocoso.
—Meses— respondió él con toda seriedad—.

Ya me iba a ir cuando el profesor de alemán me detuvo. Woher kommst du? Que de dónde era, que dónde aprendí alemán, que si lo había estudiado en mi país. No, yo empecé aquí. Ooooh. Se adivinaba algo de satisfacción en su cara. Supongo que le enorgullecía saber que alguien hubiera logrado aprender un idioma extranjero en esta universidad.

Cogí mi maleta, repartí un par de venias, shitsureishimasu, y me fui.


[ Birds — Emilíana Torrini ]

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Foux du Fafa

En vista de que cada vez estoy más convencida de que he perdido la cabeza y tendré que pasar un par de años recluida en un sanatorio haciendo terapia ocupacional a lo Esther Greenwood, decidí estudiar para mi último examen de francés. Estudiar estudiar, no como las veces anteriores que me las di de diva, ojeé el libro con glamoroso tedio y aún así saqué buenas notas. Me desperté temprano, leí el texto con atención —era un artículo muy interesante sobre la construcción de la sociedad japonesa a partir de los hábitos de la relación madre-hijo—, hice una lista de vocabulario nuevo en las memo-fichas que últimamente venía destinando a una serie de dibujos sobre mi vida y, al parecer, aprendí algo. Después de años de casar dibujos con sonidos como pares de medias en un mar de ropa donde también los guantes y los gorros parecen cuadrar, ver una palabra y saber que así se pronuncia y esto significa y nunca se leerá de otra manera y se escribe así y punto es verdaderamente reconfortante.

***

Ayer fui a Tokio porque al parecer me gusta gastarme la plata y el tiempo en llegar tarde a las diligencias importantes para no poder hacerlas. Sin embargo, como no ando con ánimos de llorar por la leche derramada, me fui a caminar por ahí como para no perder el viaje. Resulté en un supermercado donde los letreros no estaban en japonés —y al parecer cobraban por las traducciones, porque ¡ala, qué precios!—. Se sentía rarísimo leer claramente "cherry tomatoes" y "Swiss cheese" (¡y ver queso, encima!). Me pareció estar en un sueño raro, algo así como un preview retorcido de Europa, solo que con muchos menos rubios. Compré algo de comer y me senté en un parque a la sombra de los ciruelos en flor, aunque "sombra" es un decir porque un ciruelo en flor no es más que una colección de chamizos adornados por Sanrio y dispuestos por ahí como para arrancarle a uno una sonrisa forzada en lo peor del invierno.

***

Où est la piscine?


[ Le poinçonneur des lilas — Serge Gainsbourg ]

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There Is No Such Thing as a Free Lunch

El sábado pasado, en el trabajo, nos regalaron un almuerzo en caja tan grande como un juego de mesa. Contenía langostino, camarón, pollo, pescado, masas cárnicas de dudoso origen, arroz, arroz y arroz. Era la primera vez que nos daban algo que no fuera aburrimiento crónico, así que nadie se quejó por el regalo. Considerando que además nos dieron un adelanto del pago en efectivo —que horas después invertí en "Images de l'univers", un libro con CD-ROM incluido lleno de exactamente lo que dice el título—, había sido un día bastante bueno.

Sin embargo, ya lo decía el libro de economía del colegio con monedas en la cubierta: there is no such thing as a free lunch, y el precio de este almuerzo parecía haberse grabado entre nuestros pliegues estomacales. Azuma, Yin y yo volvimos a casa con distintos niveles de dolor en las entrañas. Yin solo pudo comerse medio bol de cereal al otro día y Azuma tuvo pesadillas. A mí me tocó esconder mi libro nuevo porque los anillos de Urano me daban náuseas.

Después de un angustioso sueño en el que Minori me salvaba de un hiphopero puertorriqueño estafador y me regañaba y me regañaba y me regañaba, pasé todo el día de ayer en cama, adolorida. No le aporté a mi organismo más que leche de soya y té de yuzu, salvo al almuerzo, cuando me atreví a engullir un plato de arroz con huevo revuelto mientras hablaba con mis papás. Tomé una siesta y soñé que encontraba en Internet un artículo sobre la supuesta obra literaria de una compañera del colegio, señalando que ella era Olavia Kite. Qué bien: un día perfectamente desperdiciado en brotes de delirio y líquidos con sabor a salud concentrada.

Hoy me miré al espejo: no sé por qué mi cara me recordó a Igor el del Conde Pátula.


[ St. James Infirmary Blues — Cab Calloway ]

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Olavia Kite y los bautistas

Un domingo en mi trabajo de charla con ancianos, unas señoras me contaron que una vez se metieron a una iglesia mormona para practicar inglés. Cuando las pillaron y constataron que detrás de su participación en la congregación no había ningún interés religioso, las echaron. Me encantó la picardía que había en su risa entreverada con la anécdota. Me reí con ellas además porque yo también tenía una historia parecida que contar:

En hora y media me recogerá una van que me llevará a una iglesia bautista al otro lado de Tsukuba. Ya llevo un año o más yendo a las reuniones mensuales de esta comunidad, motivada al principio por la desesperación del silencio absoluto. La primera vez me invitó una compañera de clase pese a que ante su sorpresiva pregunta sobre mi vida religiosa yo le había dicho que era católica pero hace muchos años dejé de ir a misa porque no estaba aprendiendo nada. Supongo que lo interpretó como mi deseo de buscar la luz divina de otra manera, o no sé. El caso es que esa primera vez tuve miedo cuando me encontré rodeada de desconocidos en un carro con rumbo a ninguna parte. Temí que me hubiera dejado atrapar por una oscura secta que dispondría de mi cuerpo en algún terreno baldío, aunque si de sacrificios de vírgenes se trataba supongo que deberían haber investigado mejor.

Los bautistas ofrecen buena comida y me tratan bien. La verdad es que les he cogido cariño y solo por eso es que sigo yendo. No obstante, en la congregación no falta el intolerante, que para colmo es norteamericano. El pastor Canter —Kyantaa-sensei, porque a los pastores se les dice sensei también— ya se pilló que a la hora de las lecciones yo no hago ni el intento de entender la biblia en japonés, así que me obliga a leer su biblia electrónica en inglés. Peor aún: me vigila cuando se da cuenta de que no estoy haciendo clic para saltar de versículo en versículo y me dice en inglés con tono desaprobatorio lo que yo ya había entendido perfectamente en japonés ("¡Lucas 8:23!"). Yo lo único que digo es que todo sería mucho más divertido si hubiera un pastor alemán.

No sé por qué me siguen invitando si a principios de este año le dije a la esposa del pastor gringo que la religión es una construcción cultural y que no podemos esperar que todo el mundo crea en algo si ese algo no tiene nada que ver con el contexto de cada pueblo. Esa tarde soleada en la sala de la casa-iglesia, mientras yo saboreaba mi helado, ella me miró con cara de querer exclamar "¡engendro de Satán!" y me dijo que yo debería ir a la iglesia. Acto seguido salió corriendo.

Si se les ocurre advertirme que Dios me va a castigar, les recuerdo que ya lo hizo: la última vez que no recibí a Cristo en mi corazón caí fulminada por un síncope en el mismísimo baño de mi casa.


[ アイズ — 大塚愛 ]

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Tras del daño, otro daño

Ya pasó la semana sin bicicleta. Al fin me puse manos a la obra, salí al parqueadero del edificio y arreglé el daño yo solita. Pero no todo podía ser albricias, y ahora le toca el turno de agonizar al computador. Con dos prestos deditos escribo este post desde mi iPhone. No lo digo con el ánimo de chicanear, sino para que vean que a la gente ociosa con ansias de escribir minucias nada la detiene, y de mil amores escribiría con su sangre sobre la pared de ser necesario, si tan solo la sangre pudiera fundirse entre todo aquello que flota en la World Wide Web.

Los que han hablado conmigo por Skype últimamente saben que el ventilador estaba haciendo un ruido infernal que no dejaba ni oír lo que yo decía. Pues bien, yo me impacienté y decidí actuar como lo hice con la bicicleta, con tan mala suerte que en una etapa avanzada de la operación me tembló la mano y terminé de matar el aparato. Bueno, yo sabía a qué me exponía: era el éxito rotundo o dejarlo peor de lo que estaba. Lo importante es que me divertí muchísimo. Si se preguntan por qué podría uno divertirse dañando un MacBook, les contaré que en mis épocas de estudio en Los Andes estuve a punto de meterme a cursos nocturnos de corte y confección y arreglo de computadores. Si no me hubiera ganado la beca, ahora probablemente tendría un título profesional y dos técnicos. Y andaría feliz por la vida cosiéndome vestidos y metiéndole mano a cuanto aparato se me cruzara. Pero el destino no lo quiso así, y ahora me dedico a otros menesteres en otras latitudes.

No teniendo mucho más que decir, me retiraré a ver cómo evoluciona esta vida de aislamiento. Me dedicaré a la oración y el estudio.


[ 100 Days - Sharon Jones and the Dap-Kings ]

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自転車なしでの出会い

Llevo una semana sin bicicleta. ¡Ya una semana!

El viernes pasado, saliendo de la alcaldía de Tsukuba, mi fiel vehículo decidió protestar y dejarme abandonada a mi suerte en medio del campo. Después de comprobar que no podía hacer nada al respecto —al menos no ahí en falda—, empecé a dar mis primeros pasos resignados cuando sonó el teléfono. Era el señor Sakaguchi, que quería invitarme a comer ("me encantaría acompañarte en tu caminata, pero debo ir a clase", dijo). Nada mal para un chasco de este tamaño. Como ando tan de buen humor últimamente, no me disgustó en absoluto el paseo de hora y media que me tocó hacer entre bosques y sembradíos. Como si fuera poco, a la entrada del casco urbano me detuve en un almacén de muebles y compré un juego nuevo de cortinas, un par de cojines y dos cómodas...

Miren, acabo de usar la palabra "cómoda" que tanto salía en los libros que leía cuando era niña. Siempre me ha parecido interesante porque nunca he oído a nadie decirla. Si en persona me preguntaran por las cómodas, yo hablaría de los "muebles de cajones". Ya sé. Seré la primera persona en decirla. Alguien por favor llámeme y pregúnteme por mis muebles nuevos.

¿En qué iba? Ah, sí. Compré todo eso en un repentino afán de mejorar ostensiblemente mis condiciones de vida, misión que había venido aplazando indefinidamente por el excesivo amor que les tengo a las cajas de cartón. En fin. Volví a casa un poco adolorida de los pies (acuérdenme de usar tenis y nada más que tenis en la vida), pero igual de dichosa que... que todos estos días. [ inserte sonrisa estúpida aquí ]

Pues bien, desde entonces me he estado topando con el señor Sakaguchi en todas partes. Saliendo del Media Center tras escanear una ilustración, a la entrada de la biblioteca con Azuma mientras esperaba a Hazuki... Anoche andaba en mi pequeño mundo rumbo al combini cuando una bicicleta me cerró el paso: era él, otra vez. En vista de tanta coincidencia, finalmente hicimos lo que deben hacer las personas que se encuentran en todas partes: cenar juntos. Ya me estoy cansando de llamarlo el señor Sakaguchi, siendo Sakaguchi un apellido tan común y teniendo él un nombre tan sonoro. Se llama Masayasu.


[ Hail Mary — Pomplamoose ]

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Síncope

Lo que recuerdo:

Empecé a sentirme mal después de tomarme el coctel de grosella y naranja. Al parecer el proceso de deshidratación que venía llevándose a cabo en mi cuerpo imperceptiblemente se aceleró con la ingesta de alcohol.

Fui al baño y empecé a cepillarme los dientes. De pronto sentí que respiraba aire frío y las piernas me fallaban. De inmediato dejé el cepillo a un lado del lavamanos y me senté en la taza. Hasta ahí llega la película.

You need to restart your brain. Veuillez redémarrer votre cerveau. Sie müssen Ihren Gehirn neu starten. 脳を再起動する必要があります。

El despertar fue gradual. Lo primero fue recobrar conciencia en una especie de plano paralelo, un estado de kanashibari en el que podría jurar que estaba moviendo una pierna desenfrenadamente quién sabe con qué motivo. El viaje de retorno a la realidad-realidad inició frenando la pierna (si es que alguna vez la moví de verdad), percatándome de que estaba en el baño de mi apartamento. Me sobrevino entonces el terror de haber caído en esa especie de delirio desesperado—algo me dice que al agitar la pierna estaba forzándome a reaccionar—. Me descubrí aún sentada, con la mejilla recostada contra el lavamanos, completamente desgonzada. Recordé que hace años esto mismo me ocurrió en el baño de mi casa en Bogotá. En aquella ocasión se me había ocurrido que podría haber muerto sin darme cuenta. Las luces se van y uno no sabe más. Las luces se fueron de nuevo.

A fatal exception has occurred in your brain. The current application will be terminated.

Me tragué la crema dental que aún tenía en la boca. No veía nada. El aire que entraba por mi nariz aún era frío. Con la cara contra el lavamanos me resigné a esperar a que volvieran mis fuerzas. Mi cuerpo se sentía pesado. Aún quedaba un poco de angustia mezclada con la miserable sensación de impotencia que produce perder el control del cuerpo. No pensé en nadie. Mi respiración venía en suspiros cortos. No supe más.

System Failure: brain=0; code=00000001 (Syncope)

Volvió la luz a mis ojos y me incorporé un poco, pero noté que el cuerpo aún se resistía a reanudar la marcha. Démosle un poco más de tiempo. Me dejé caer hacia atrás. Telón.

Brain died (signal 0, exit 11). Panic: going nowhere without my brain! Automatic reboot in a few minutes.

El recinto amarillo volvió a manifestarse ante mis pupilas. Las manos me temblaban un poco, pero logré ponerme de pie. Me miré al espejo: mi rostro tenía el mismo color crema de las paredes del baño. Supuse que esto—lo que fuera—podría arreglarse con sueño. La vez anterior había sido peor, ahora que recuerdo: me había tambaleado del baño a mi cuarto y había quedado K.O. en mi cama quién sabe por cuánto tiempo. Esta vez me retiré los lentes, me puse las gafas, me detuve pacientemente a la entrada de mi habitación para ponerme la pijama, apagué la luz y me metí entre las cobijas.

Nunca se me ocurrió pedir ayuda.


[ Lucid Dreams — Franz Ferdinand ]

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Viernes: tragicomedia en 7 actos

***1***
Desperté a las 4:40am. Estaba convencida de que ya estaba amaneciendo, pero pronto me di cuenta de que había dejado prendida una lámpara toda la noche. Tras las ventanas todo seguía aletargado y turquí.

***2***
Hacia el mediodía cogí la bicicleta y partí hacia la universidad con un poco de preocupación pues no había preparado la traducción del día. En el camino recordé que una noche, hace no mucho, había estado hablando con el señor Sakaguchi sobre mi tardanza al enviar un texto a la revista del Centro de Lenguas Extranjeras de la universidad. "Soy la mejor escritora que tienen ustedes", había dicho desafiante, creyéndome quizás Howard Roark. Con este recuerdo llegué a mi facultad cuando la escasez de bicicletas en el campus me reveló lo obvio: no había clases a partir de la hora de almuerzo gracias al festival universitario de este fin de semana.

***3***
Tomé una vía diferente a la habitual para regresar a casa. A lo lejos vi una camisa de cuadros verdes y naranja haciéndome señas con los brazos: era el señor Sakaguchi. Arrugas al lado de los ojos, sonrisa de diez kilómetros de largo. Me contó que los del comité editorial de la revista estaban bastante complacidos con mi cuento. "A mí también me gustó", agregó con un gesto humilde que parecía anticipar mi rostro iluminado por la sorpresa.
"¿¡Tú también lo leíste!?"

***4***
En la tarde les avisé a los bautistas que no iría a su reunión mensual a pesar de la promesa de oden casero, pero a cambio llegaron los testigos de Jehová a mi puerta. Les dije que mi inglés es malo, mi japonés nulo, soy venezolana pero no hablo ninguno de los idiomas de la lista que me dieron y además soy musulmana. Y que estoy-ocupada-no-me-molesten-más-gracias-adiós.

***5***
Logré hacer funcionar mi nueva conexión a Internet y con Arhuaco esperamos a que diera la hora de conocer al ganador del Premio Nobel de Paz. Obama. ¿Qué es lo que ha hecho Obama?

***6***
Me dio sed. No quise preparar té. No quise preparar café. No quise preparar aromática de frutas. No quise preparar esa bebida de vitamina C que compré en la droguería. No quise tomar leche. No quise bajar a comprar una gaseosa en la máquina expendedora. En la nevera había un coctel de naranja y grosella. Menos de 2% de alcohol. Pequeño detalle que pasé por alto: no había tomado más que una gaseosa rara de jengibre en todo el día.

***7***
Empecé a hablar con Naam07, pero de pronto él no supo más de mí. Había ido al baño a quitarme los lentes y cepillarme los dientes, mas no regresé. Perdí el conocimiento con la boca llena de crema dental. Todavía estoy tratando de hacer un recuento de cómo fue, pero creo que si la máquina de recordar no estaba funcionando al momento la labor será difícil, si no imposible.


[ Si — Gigliola Cinquetti ]

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Au secours!

Hoy presenté un examen de francés para el que no estudié ni un ápice. Se me había olvidado por completo que lo tenía, inclusive planeaba no ir a la clase para seguir luchando con un cuento que debo terminar para la revista del Departamento de Lenguas Extranjeras de la universidad y que ya va tarde. El cuento tiene principio y fin, pero aún no logro conectarlos bien. Escribir cuentos me duele mucho. Pero ese no es el punto: el punto es que Rena Numoto me mandó un mensaje a las 12:10 preguntándome si tenía idea de que había un examen a las 12:15. Y yo en pijama. Y afuera lloviendo. Lo más triste es que aún si hubiera decidido ir a clase no habría estudiado sino traducido el capítulo siguiente del libro con la orgullosa sensación de estar haciendo las cosas bien tan solo para enterarme de lo que ahora sabía mientras las gafas se me llenaban de gotitas y un pedazo del cuento se hacía claro justo al bajar una cuesta leve y dar una curva a toda velocidad en el suelo resbaloso.

Mientras llenaba un papel a la guachapanda con garabatos que parecían números y palabras adivinadas maldije mi vida y mi pereza y lo que sea que me ha mantenido alejada del francés durante todo este tiempo. A ver, Olavia, usted dejó de estudiar alemán para concentrarse en el francés. No, no es cierto. Yo dejé de estudiar alemán porque no tenía caso traducir eternamente del alemán al japonés. Lo peor es que los exámenes de alemán eran más fáciles. No, no eran más fáciles: eran más prácticos. Tiene más sentido tener el diccionario a la mano y traducir de la mejor manera posible un párrafo del alemán al japonés que aprenderse de memoria lo que dice el libro de francés y con esa información llenar casillas. De todas maneras nadie aprende nada.

Pero yo para qué busco culpables si aquí la única que no está progresando soy yo. Yo, la que a los 15 años debería aprender un nuevo idioma según la profesora de inglés porque estaba en la edad perfecta para asimilar bien las lenguas extranjeras y tenía especial habilidad para ello. Yo, la que llegó directo a Francés 4 en Los Andes después de apenas haber estudiado por su cuenta con el viejo libro de su madre y salió con la mejor nota de la clase y dándole venias al profesor porque el japonés—que luego se le olvidó en Japón—estaba permeando su vida. Yo, la que no siguió a Francés 5 porque "ya con lo que tenía seguro podría seguir por mi cuenta y mejor me concentro en el japonés". Qué idiota.

No quise mirar la hoja de respuestas que me entregaron al terminar. El ojo apenas alcanzó a fijarse en una palabra antes de doblarla como quien cierra una puerta pesada: secouru. Volví a mi casa pedaleando sumergida en gris líquido, con la idea del cuento borrándose sobre la misma cuesta en la que había aparecido y la convicción de que lo único que hay por socorrer en este momento es mi cerebro, que quién sabe en qué momento perdió toda noción de prioridad.


[ Tattva — Kula Shaker ]

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Edger

Universidad de Tsukuba, salón 2B207, 9:15am.

La hoja que nos entregó la niña que está haciendo la presentación tiene como título "Edger Allan Poe and Horrid Laws of Political Economy" (sic). Edger. En un curso anual sobre Edgar Allan Poe. Habiendo tenido más de una semana para obturar las pupilas frente a una fotocopia que dice en letras grandes y negras "Edgar Allan Poe and the Horrid Laws of Political Economy". ¿Esta gente realmente lee o su cerebro corre Google Translate?

No tiene absolutamente ningún sentido venir a un salón a dejar vibrar los huesecillos del oído mientras alguien dedica toda la clase a presentar un resumen traducido de tres párrafos de la lectura que nos han repartido. Me gustaría estar aprendiendo algo aquí, pero creo que desde 2006 ha ocurrido de todo menos eso. Claro que en las aulas japonesas me he afianzado en el dibujo, si hemos de verle el lado positivo al asunto.

Me es imposible poner atención si no hay nada a lo cual poner atención. Poner atención al silencio, a las fastidiosas voces nasales que parecen estar diciendo algo pero en realidad solo farfullan fonemas vacíos. A mi lado alguien duerme.

QUÉ HAGO AQUÍ.
QUÉ HAGO AQUÍ.
QUÉ HAGO AQUÍ.

En momentos como este es fácil llegar a desear la muerte solo porque ello aseguraría que uno nunca más tendría que tumbarse sobre un retorcijón de metal y madera pelada a practicar la meditación forzada durante 1.25 horas.

Esto no es sino una sala de espera en la que no dejan leer revistas. Paciencia kafkiana.


[ A Bar in Amsterdam — Katzenjammer ]

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Lectura de tren

En algún vagón de la línea 1 del subway de Nueva York, Minori le pide a Olavia Kite material de lectura para el largo camino que les espera.

Olavia escarba en su cartera y saca The Feminine Mystique.

Minori abre los ojos desmesuradamente y devuelve el libro en el acto.


[ Field Below — Regina Spektor ]

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寝坊

Ayer, con diecisiete horas seguidas de sueño, terminaron mis vacaciones. Me despertó "I Loves You, Porgy" de Nina Simone, que primero quiso asociarse con lo que venía soñando, pero luego me hizo percatar con horror de la oscuridad del recinto donde me había perdido. Tenía planeado hacer un trabajo de teoría literaria y la traducción del mes, pero nada fue porque ese día desapareció del calendario.

El calendario, por cierto, cayó estrepitosamente junto a mí y la silla en la que me apoyaba el otro día cuando intentaba cambiar la página de julio a agosto. La caída fue transmitida en vivo vía Skype a Arhuaco, un amigo al cual no sabría si catalogar como viejo o nuevo. Al parecer fue bastante aparatosa, porque a) él no se rió y b) tengo ahora un raspón en el hombro y la planta del pie aún me duele al caminar.

Supongo que le estoy dando largas al asunto de resumir este verano. La verdad es que no sé cómo hacerlo. Pasaron tantas, tantas cosas, que mi madre dice que viví en dos meses lo que no había vivido en diez. Creo que tiene razón. Veamos ahora qué pasa en los próximos diez meses, o qué se acumula para los dos meses que les sigan.


[ I've Been Everywhere — Johnny Cash]

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Baile Átha Cliath

La otra noche soñé que me disponía a viajar a Bogotá con una compañera de clases de Brunei. Ya iba llegando al aeropuerto cuando me enteraba de que mi vuelo no arrancaba desde Narita: lo haría desde Dublín.

¡Dublín!

¿Y cómo diablos iba a llegar yo a Irlanda? Jugueteaba con la idea de tomar un ferry, pero al parecer lo más sensato era tomar otro vuelo.

El problema del nuevo tiquete se resolvía rápidamente: un avión con puestos estaba a punto de salir. Pero entonces recordaba—¡no tenía visa! Sin visa no habría transbordo y sin transbordo no habría Bogotá. Para colmo, la bruneyana abría la bocota para expresar extrañeza puesto que a ella nadie nunca le había pedido una visa. "Sí, pero es que el mío es un país pobre", replicaba yo con ganas de formar una L y una J con el índice y el pulgar de cada mano, ubicarlas alrededor de su cuello y convertirlas en paréntesis cada vez más cerradas.

Entonces caía en cuenta de una cosa más, como si fuera poco: se me había quedado el pasaporte en el apartamento en Tsukuba. La idea de salir corriendo a la embajada irlandesa a tratar de obtener una visa instantáneamente se iba desvaneciendo, y mi resignación me llevaba a salir del aeropuerto hacia las calles de Tokio, sobre la bahía. De repente, ya no era la niña de Brunei quien me acompañaba, sino Azuma. En la vida real esto constituiría un gran consuelo, pero en el sueño ella simplemente me decía que quería ir a un centro comercial en Odaiba. Desde donde estábamos paradas se veía gigantesco y tentador al otro lado del mar, pero la angustia y el desánimo me invitaban a abstenerme de abandonar la empresa de regresar a casa por pasar todo un día vitrineando y jugando Taiko no Tatsujin. De todas maneras alcanzaba a meditarlo un rato—antes de despertarme con el corazón en la mano y la certeza de que nadie iría a ninguna parte, mucho menos a Dublín.


[ So Easy — Röyskopp ]

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