El caos es una aparición súbita al final del camino tapizado de osmanto. El aroma de las florecillas anaranjadas cae aplastado por el olor a cocción improvisada. Hay gente gritando irasshaimaseeeeeeeee ikagadesukaaaaaaaaa por todas partes, grupos de rock desafinadísimos en las tarimas y puestos de comida que alguna vez nos pareció interesante pero ahora nos da absolutamente lo mismo. Yakisoba, yakitori, takoyaki, yakisoba, yakisoba, yakimanjuu, yakisoba. Parece un sketch de Monty Python, solo que nadie se ríe. Este es nuestro último festival y nos da la misma nostalgia que tuvo Moff Tarkin cuando mandó destruir Alderaan.
Primero entramos a ver la exposición de arte. Antes íbamos a ver algún cuadro de Azuma exhibido junto a los de sus compañeros, pero ahora que su obra se ha trasladado a su casa solo vamos a examinar el trabajo de los demás. Hay una estudiante de nihonga que cada año saca el mismo cuadro craquelado de una lechuga. Esta vez son dos lechugas. Progreso. Yo juego a la crítica de arte y me invento discursos de análisis de las peores obras. Hago cara seria, gesticulo con las manos, digo "otredad", "reapropiación" y "paradigma". Nos desternillamos de risa y seguimos.
Fuera del edificio de artes, un grupo de unas diez personas toca música andina con caras excesivamente sonrientes. Es el club de Folklore ("Phorukurooore"). Tienen ruanas graciosas encima de la ropa de asalariado, dos tamboras, alrededor de cinco zampoñas que no suenan y como mil charangos. No entendemos lo que cantan; ellos tampoco. Más allá hay una demostración de kickboxing. Entre los luchadores debe estar el stalker de Azuma. Ella aparta los ojos del ring mientras yo alcanzo a ver de reojo cómo defienden su virilidad con desespero, como si en algún momento fuera a sorprenderlos la policía de género. O sus propias dudas.
El día está insoportablemente húmedo. El cuerpo se siente pesado como cuando ya ha pasado el mediodía y uno sigue en pijama. Alcanzo a preguntarme si me bañé. También me pregunto si desayuné, si almorcé, si he tomado líquidos en todo el día. Solo me recuerdo leyendo. Paramos en el puesto de comida africana para saludar a Mamadou, el senegalés, cuya camisa lo convierte en la viva imagen de Carl Anderson en el papel de Judas. Queremos una igual. Yo, además, quiero una porción de ese arroz con pollo cuyo nombre no llegué a entender.
Poco después llegamos al edificio de culturas comparadas y biología. No tiene caso preguntar por qué carreras tan disímiles comparten sede, así como tampoco lo tiene seguir caminando. Giramos en redondo y dejamos que el ruido se vaya sofocando mientras mi mano acaricia los arbustos. Las ramas apenas teñidas de rojo en las puntas se desprenden de mis dedos y se mecen como cortinas que corremos para volver a encerrarnos tras bambalinas, allá donde nadie nos ve.
[ China cubana — Willie Colón ]
Etiquetas: azuma, comida, estudios de género, maladie, tsukuba

A Happy Place Called Tsukuba
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy jueves, septiembre 16, 2010 a las 4:07 p. m..
Qué bueno que no nos suicidamos cuando hubo oportunidad porque no habríamos visto el parque.
El parque está a 5km de nuestro edificio. Uno baja por toda la avenida Oeste, pasa el centro, pasa frente a ese establecimiento sospechoso que se llama "La universidad del sauna" y huele a jabón líquido, pasa frente a ese restaurante de sushi que ya cerró —no hacen sino quebrar los negocios en Japón— y llega. ¡Es todo un mundo de verdor para nosotras dos! Y para las familias con bebés. Y para las parejas de amigas. Y para las parejas de novios. Y para las parejas de viejitos. Y para los perros. Y para los hurones. Y para los patos.
Buscamos el lago, extendemos un mantel (en realidad son sobras de los ejercicios de modistería de Azuma) y comemos delicias del combini. Bueno, "delicias" es un decir: ramen con verduras, sándwich de huevo. Recuerdo París con Cavorite. "¡Nuestro restaurante favorito!" solíamos exclamar señalando la entrada del Monoprix. Sandwich jambon crudités. Para mí una Orangina, siempre una Orangina.
Al otro lado de la calle está la JAXA. Así pues, en una cuadra hay gente entrenando para la próxima maratón y en la otra hay astronautas entrenando para usar Twitter desde bien lejos. Al borde está la pastelería austríaca que examinamos desde afuera con tanta curiosidad porque viviendo acá alcanzamos a imaginarnos que Europa es así. En el imaginario Japonés Laura Ashley es la diseñadora de interiores de la UE. "Frisches Brot" dice un letrero en forma de pretzel. "Geschlossene Gesellschaft" dice otro. Lo que faltaba, una pastelería existencial.
Saco el ukulele y toco un rato. No me acuerdo de las letras de las canciones. Un extranjero pasa y me pregunta si soy de Suramérica. Sí. Que muy bonito. Que muchas gracias. Se va. Creo que este señor piensa que esto es un charango. ¡Ni siquiera estaba cantando en español!
Mira, Azuma, si toco esta nota así ese señor que está soplando burbujas allí se ve todo dramático. Es verdad. Y si cierras los ojos y escuchas el ukulele se siente rico cómo te da el viento y el sol en la cara. Nos explayamos y dormitamos como si esto fuera Mata'pang Beach.
Llega esa hora en la que toca sentarse porque los árboles al otro lado del lago, que todo el día han estado ahí sonriendo sin pensar de a mucho, de repente recuerdan algo que los hace bajar la mirada un poco. Se encienden los árboles pensativos del final del día: ese es mi verde favorito. El verde favorito de Azuma viene inmediatamente después, cuando empieza a oscurecer.
Volveremos el próximo domingo. Y todos los domingos que sea necesario. Considérenlo una obsesión con sentirse vivo.
[ Sunday — Sia ]

There Is No Such Thing as a Free Lunch
6 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy lunes, enero 25, 2010 a las 6:55 p. m..Sin embargo, ya lo decía el libro de economía del colegio con monedas en la cubierta: there is no such thing as a free lunch, y el precio de este almuerzo parecía haberse grabado entre nuestros pliegues estomacales. Azuma, Yin y yo volvimos a casa con distintos niveles de dolor en las entrañas. Yin solo pudo comerse medio bol de cereal al otro día y Azuma tuvo pesadillas. A mí me tocó esconder mi libro nuevo porque los anillos de Urano me daban náuseas.
Después de un angustioso sueño en el que Minori me salvaba de un hiphopero puertorriqueño estafador y me regañaba y me regañaba y me regañaba, pasé todo el día de ayer en cama, adolorida. No le aporté a mi organismo más que leche de soya y té de yuzu, salvo al almuerzo, cuando me atreví a engullir un plato de arroz con huevo revuelto mientras hablaba con mis papás. Tomé una siesta y soñé que encontraba en Internet un artículo sobre la supuesta obra literaria de una compañera del colegio, señalando que ella era Olavia Kite. Qué bien: un día perfectamente desperdiciado en brotes de delirio y líquidos con sabor a salud concentrada.
Hoy me miré al espejo: no sé por qué mi cara me recordó a Igor el del Conde Pátula.
[ St. James Infirmary Blues — Cab Calloway ]
Etiquetas: azuma, chasco, maladie, maquinaciones nocturnas, minori, sfr, yin

Quisiera ser un pez
7 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy lunes, enero 18, 2010 a las 4:20 p. m..La culpa la tiene Juan Luis Guerra por desear ser un pez cuando esto —digo yo sosteniendo el cadáver arrugado entre índice y pulgar— es lo que les pasa a las pobres sardinitas que nunca anhelaron la vida de ultramar.
Pensándolo bien, esa es una canción barata y obscena. Es obvio que los clupeiformes son lo último que pudo haber pasado por su cabeza cuando la compuso.
[ Are You Experienced? — Jimi Hendrix ]
Etiquetas: azuma, maquinaciones nocturnas, observaciones, yin

Cosas que hice mientras mi computador anduvo de paseo
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy jueves, diciembre 03, 2009 a las 9:40 p. m..- Aprendí a teclear rápido en el iPhone
- Retomé varios libros abandonados
- Salí a la 1am a tomar una foto entre la niebla
- Escribí muchos pedazos de un cuento
- Espero no dejarlo abandonado como casi todos los otros cuentos
- Empecé a hacer mi propia bisutería
- Un pasatiempo adictivo, reemplazo inofensivo del arreglo del computador para calmar la fiebre de molestar piezas metálicas con pinzas
- No he hecho sino chicanear mi primera obra, un gancho para el pelo con hojitas verdes y metálicas
- Salí a comer con niñas interesantes
- Dilapidé mi dinero
- Guantes de invierno, transportador para la guitarra, diferentes variedades de müsli alemán, útiles de papelería, disco duro de 1TB, insumos para bisutería
- Hablé por teléfono con Cavorite
- Se sintió raro las primeras veces, hasta risita nerviosa me dio
- Volví a hablar por teléfono con Cavorite
- Y la risita seguía ahí
- Me convertí en una estudiante en proceso de escribir su tesis
- Me puse la soga al cuello
- Mis supervisores se notan entusiasmados
- Pobres
- Probé el Vegemite
- Con miel va muy bien
- Aprendí a tocar una canción cursi
- Popsicles, Icicles
- Gracias, PanOptiko
- Abusé de la hospitalidad de Azuma
- Entregué tareas a tiempo
- De ver y no creer
- Fui a la tienda Yamaha a comprar un ukulele para aprender a tocar
- Y desistí porque el que estaba en promoción era un made in China maluco
- Y porque el que atendía nos trató mal y nos dijo que no tocáramos los ukuleles
- ¿Y cómo voy a saber cuál comprar si no puedo tocarlo?

自転車なしでの出会い
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy viernes, noviembre 20, 2009 a las 7:49 a. m..El viernes pasado, saliendo de la alcaldía de Tsukuba, mi fiel vehículo decidió protestar y dejarme abandonada a mi suerte en medio del campo. Después de comprobar que no podía hacer nada al respecto —al menos no ahí en falda—, empecé a dar mis primeros pasos resignados cuando sonó el teléfono. Era el señor Sakaguchi, que quería invitarme a comer ("me encantaría acompañarte en tu caminata, pero debo ir a clase", dijo). Nada mal para un chasco de este tamaño. Como ando tan de buen humor últimamente, no me disgustó en absoluto el paseo de hora y media que me tocó hacer entre bosques y sembradíos. Como si fuera poco, a la entrada del casco urbano me detuve en un almacén de muebles y compré un juego nuevo de cortinas, un par de cojines y dos cómodas...
Miren, acabo de usar la palabra "cómoda" que tanto salía en los libros que leía cuando era niña. Siempre me ha parecido interesante porque nunca he oído a nadie decirla. Si en persona me preguntaran por las cómodas, yo hablaría de los "muebles de cajones". Ya sé. Seré la primera persona en decirla. Alguien por favor llámeme y pregúnteme por mis muebles nuevos.
¿En qué iba? Ah, sí. Compré todo eso en un repentino afán de mejorar ostensiblemente mis condiciones de vida, misión que había venido aplazando indefinidamente por el excesivo amor que les tengo a las cajas de cartón. En fin. Volví a casa un poco adolorida de los pies (acuérdenme de usar tenis y nada más que tenis en la vida), pero igual de dichosa que... que todos estos días. [ inserte sonrisa estúpida aquí ]
Pues bien, desde entonces me he estado topando con el señor Sakaguchi en todas partes. Saliendo del Media Center tras escanear una ilustración, a la entrada de la biblioteca con Azuma mientras esperaba a Hazuki... Anoche andaba en mi pequeño mundo rumbo al combini cuando una bicicleta me cerró el paso: era él, otra vez. En vista de tanta coincidencia, finalmente hicimos lo que deben hacer las personas que se encuentran en todas partes: cenar juntos. Ya me estoy cansando de llamarlo el señor Sakaguchi, siendo Sakaguchi un apellido tan común y teniendo él un nombre tan sonoro. Se llama Masayasu.
[ Hail Mary — Pomplamoose ]
Etiquetas: azuma, bicicleta, chasco, hazuki, masayasu, tsukuba, yorokobi

Premiers Symptômes/4
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy domingo, noviembre 08, 2009 a las 8:06 a. m..Etiquetas: azuma, cavorite, love or lack thereof

El programa del día fue bastante sencillo: escuchamos el sonido de un cohete al despegar, comimos masmelo congelado en nitrógeno líquido, almorzamos pollo con papas y nos tomamos fotos haciendo idioteces por todo el lugar.
Parte de la tarde la pasamos sentadas en unas sillas plásticas plateadas de diseño ultra-futurista, reflexionando sobre lo que ha significado vivir en Japón para nosotras. Por lo pronto yo sé que vine a este archipiélago buscando algo sin saber qué era, y creo que lo encontré: me encontré a mí misma.
[ 凛とする — 元ちとせ ]

Photon Factory
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy domingo, septiembre 06, 2009 a las 7:50 p. m..Ahora, no pregunten qué hacían una talabartera y una tejedora de nudos marineros en un centro de investigación de altas energías. Algunos dirán que lo que a mí me interesa no es la ciencia sino los científicos, pero esa es una discusión que no viene al caso. Conocer un acelerador de partículas es una experiencia de esas que uno no sabe si tuvo o no porque quién sabe en qué momento es que uno resulta con un casco en la cabeza siguiendo una circunferencia gigante de tubos y cables y mandos de todos los colores mientras un señor explica cosas que uno no entiende en un idioma chistoso. Eso, por lo general, solo ocurre en fase MOR.
Lamentablemente la mañana voló y después de tomar un par de fotos en escenarios alucinantes tuve que regresar a mi vida normal para que me pagaran por escuchar a un Tesoro Nacional de por ahí ciento ochenta años de edad cantar unas canciones alemanas que le habían enseñado en el bachillerato.
Siguiente destino: la JAXA.
Si consigues esquivar a los robots tal vez logres llegar allá con vida.
[ Across the Universe — The Beatles ]

Parlez-moi
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy viernes, septiembre 04, 2009 a las 5:40 p. m..—¿Vas a clase de francés?—me preguntó en inglés. Sin miedo.
—Sí.
—Yo también. Vamos juntas.
(Tres hurras por mí que no recuerdo a mis propios compañeros de clase.)
Mientras esperábamos el ascensor se me ocurrió preguntarle qué tal estuvieron sus vacaciones, esperando a lo sumo un monosílabo y una cara de bochorno. Sin embargo...
—Bien. ¿Y las tuyas?
—Excelentes.
—¿Regresaste a tu país?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo?
—Mes y medio.
—Oh, ¡casi todas las vacaciones!
Abordamos el ascensor. Yo aún mantenía la expectativa del silencio avergonzado. Pero entonces,...
—¿Cuánto tiempo tarda ir de aquí a... Colombia es que es?
Estupor.
—Sí. Colombia. Unas veinte horas.
Estaba convencida de que el intercambio llegaría hasta ahí. En serio, ya era demasiado. Pero no, no, la niña siguió mis pasos largos para sentarse al lado mío en clase. Esto era apoteósico. Y como si fuera poco—esto sigue y sigue—me propuso que hiciéramos un dúo para la presentación en francés que tenemos de tarea este trimestre (yo tenía planeado cantar sola). Al final quedé con sus datos de contacto y una sensación de qué-rayos-pasa-aquí, la cual podría haberse disipado rápido de no ser porque tras la clase una amiga de esas de saludar y despedirse decidió contarme detalles de su vida privada y me hizo consultorio sentimental. Una japonesa. A mí.
Tomo aire y hago un contraste entre el día de hoy y el miércoles, cuando vi a una estudiante de arte esconder la cabeza entre el hombro cual paloma perchada al oírme preguntarle algo para un ejercicio en grupo en mi primera clase de fotografía. Al otro lado de la mesa se encontraba sentada Azuma, lidiando con el mismo problema de fantasmagoría, tal como lo ha venido haciendo desde que nos enviaron a este lugar a mejorarnos de la pensadera. Ahí estábamos, reducidas a espejismos horríficos. Entonces me di cuenta de lo privilegiada que soy al pertenecer a Culturas Comparadas, y los sucesos de hoy me convencen aún más de ello. La facultad de arte es, indudablemente, un habitáculo para bloques de hielo.
[ Rien que nous au monde — La Grande Sophie ]

Baile Átha Cliath
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy miércoles, julio 01, 2009 a las 7:20 a. m..¡Dublín!
¿Y cómo diablos iba a llegar yo a Irlanda? Jugueteaba con la idea de tomar un ferry, pero al parecer lo más sensato era tomar otro vuelo.
El problema del nuevo tiquete se resolvía rápidamente: un avión con puestos estaba a punto de salir. Pero entonces recordaba—¡no tenía visa! Sin visa no habría transbordo y sin transbordo no habría Bogotá. Para colmo, la bruneyana abría la bocota para expresar extrañeza puesto que a ella nadie nunca le había pedido una visa. "Sí, pero es que el mío es un país pobre", replicaba yo con ganas de formar una L y una J con el índice y el pulgar de cada mano, ubicarlas alrededor de su cuello y convertirlas en paréntesis cada vez más cerradas.
Entonces caía en cuenta de una cosa más, como si fuera poco: se me había quedado el pasaporte en el apartamento en Tsukuba. La idea de salir corriendo a la embajada irlandesa a tratar de obtener una visa instantáneamente se iba desvaneciendo, y mi resignación me llevaba a salir del aeropuerto hacia las calles de Tokio, sobre la bahía. De repente, ya no era la niña de Brunei quien me acompañaba, sino Azuma. En la vida real esto constituiría un gran consuelo, pero en el sueño ella simplemente me decía que quería ir a un centro comercial en Odaiba. Desde donde estábamos paradas se veía gigantesco y tentador al otro lado del mar, pero la angustia y el desánimo me invitaban a abstenerme de abandonar la empresa de regresar a casa por pasar todo un día vitrineando y jugando Taiko no Tatsujin. De todas maneras alcanzaba a meditarlo un rato—antes de despertarme con el corazón en la mano y la certeza de que nadie iría a ninguna parte, mucho menos a Dublín.
[ So Easy — Röyskopp ]
Etiquetas: azuma, chasco, colombia, japón, maquinaciones nocturnas, viajes

Never Can Say Goodbye
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy domingo, junio 28, 2009 a las 8:44 a. m..Estábamos volviendo ya a la estación de tren cuando notamos que en la calle había mucha gente congregada en torno a la vitrina de una tienda: estaban absortos viendo un video de Michael Jackson.
[ Don't Say Goodbye Again — Michael Jackson ]


Pudo haber soñado cualquier cosa. Pudo haber sido de nuevo el inexplicable fantasma de su amiga muerta sentada en el sofá. Pero ahora sus ojos estaban abiertos y ya no recordaría nada. Un día nublado. Lo primero que se ve siempre es la ventana—corrección: un borrón. Las gafas están a un lado, tal vez en el piso, tal vez sobre un libro, tal vez camufladas entre una maraña de cables.
El día tarda en empezar, pero las horas transcurridas entre el computador, el futón y la guitarra son infinitas. Olivia Ruiz. Un rato eterno se va escrutando una bolsa de marañones. Qué curioso que estas sean las semillas de una fruta que crece justo debajo de estos riñoncitos. Hay marañones planitos, mitades abandonadas. Otros están completos y son gordos. Tres episodios de Daria. El gran almuerzo de hoy: arroz con marañones. Arroz con furikake sabor a ajo y marañones. Y una taza de yujacha. Mientras restregaba el calentador de agua de la cocina con una esponjilla jabonosa podía oír un eco metálico reprochándole el opíparo banquete de un tazón de arroz con marañones comprados en una feria callejera el mes pasado, comparado con—algo peor. Siempre hay algo peor, porque es ese país y no este. Concurso de miserias. Permanece lo dicho, pero su voz se ha desvanecido. La de Sandra, fallecida hace años, suena clara como una campana de verano desde esa noche, pero la de él se ha evaporado, dejando apenas el residuo granuloso de las palabras.
Vaya, el momento más emocionante de mi día. Diez minutos antes de la hora de partir, el cierre de la falda se ha enganchado en las medias pantalón y ahora hay un hueco a la altura del trasero. Y aquí no venden medias pantalón para mí, el compás humano. El momento más emocionante de mi día. La aventura. La búsqueda del esmalte más barato de la colección—una aguatinta color verde limón—, la paciente aplicación del mismo en derredor del agujero mientras se escucha el portugués más bogotano de la vida en un video de Internet. Si es portugués de Portugal no debería entender tanto, ¿verdad? Una cara familiar. Él sí está hablando portugués y no portuñol. Me gusta el verbo "ficar". Nunca he leído a Pessoa. Se imaginó informándole eso al desapegado boticario que recomienda bananos para el mal genio, una mesa metálica redonda en medio de los dos.
—Nunca he leído a Pessoa.
Sobre la mesa hay granitos de azúcar.
En el parqueadero estaba la gata Kiku observando a su novio El Rubio desde el calor de una moto. Algunos están plácidos y felices. Algunos tienen a alguien a quién observar largamente desde un lugar alto y cálido. Ya rodando en la bicicleta, rodeando un árbol, reflexionaba sobre los dieciséis de otros junios. Las raíces habían levantado breves ondulaciones que ella nunca esquivaba. Para eso es una bici de montaña. La falda al vuelo sobre la bici de montaña.
La clase fue un largo bloque de tiempo muerto. Su cabeza jamás estuvo allí. Sin embargo, la aparición de Hazuki marcó el verdadero comienzo del día. Su blusa de colores parecía sacada de otra década, pero se veía impecable. Bella. Y una vez más, la niña que usa shorts ridículos llegó al salón. Miradas de complicidad contra la moda japonesa. Cuánta alegría le daba poder tener miradas de complicidad con ella. Juntas salieron del salón y partieron en dirección de Frijol, el restaurante mexicano. Como estaba cerrado, siguieron hacia Kuraudo, el restaurante de okonomiyaki. Mientras esperaban, Hazuki sacó un sobre de su maleta.
—Tu cumpleaños es en julio. Como no nos vamos a encontrar, te traje un regalo.
—¿En serio?
Su rostro se iluminó. ¡Un regalo! ¡De Hazuki! ¡De cumpleaños! ¡Se acordó! ¡Me quiere! Era una edición moderna con ilustraciones simpáticas de un manual antiguo chino de salud. Gracias. En serio, gracias. Gracias. Arigatou. Hontou ni, arigatou. Bajo la iluminación del recinto, el rostro de Hazuki creaba sombras hermosas. Solo su nariz se asomaba a la luz. Ella es hermosa bajo cualquier luz, pero no lo sabe, o lo sabe y lo niega. ¿No hay mayonesa? El okonomiyaki siempre sabe mejor con mayonesa. Como el último okonomiyaki que comimos en Hiroshima. La conversación se estancó en cómodos silencios. Qué llenura tan terrible, pero igual tengo ganas de sherbet de yuzu. No está caro, en todo caso. Entonces vio el fin acercándose como la pared de un cuarto de tortura. Algún día no podré verla más.
Regresó a su hogar en silencio, bajo la lluvia invisible. Mientras aseguraba la bicicleta vio a Azuma en el pasillo del edificio. Hola, estaba comiendo con Hazuki. ¿Quieres pasar? El clima no coopera. La televisión está malísima, como siempre. ¿Puedo cambiar de canal? Por favor.
—Soñé con una amiga que murió hace años—dijo de repente, recostada contra una almohada y una serpiente de peluche—. Era tal como la recordaba, la voz, la actitud... Estaba sentada en el sofá de mi casa. Era diciembre 13. Entonces llegaba Himura y preguntaba si alguien más vendría de visita. No, nadie, ¿por qué? Para mí era como un fin de semana normal. "¿Ustedes no celebran la cremación del cedro?" No, no tenía idea de que existía esa celebración. Mejor ven, te presento a Sandra. O más bien, al fantasma de Sandra.
(¿A qué viene todo esto?)
[ La saule pleureur — Olivia Ruiz ]
Etiquetas: alicia, apothecary, azuma, bicicleta, hazuki, himura, hiroshima, monogatari, tsukuba, yurika

Ceci n'est pas la grippe porcine
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy lunes, mayo 04, 2009 a las 8:05 a. m..En la tienda de importados me compré un frasco de yujacha para probar, sin saber que se convertiría en mi único remedio para el catarro.
Que alguien llame a la estación de Hiroshima para que dispongan a un funcionario con escoba y recogedor y le entregue a Azuma una bolsa con mis pedazos parlantes. O de pronto ella y yo seremos dos bolsas de añicos apestados que dejarán en un callejón o a la vera del río. Como para que no digan que no hicimos turismo. Después nos retornarán a Tsukuba en un camión de 宅急便 y junto con Yin completaremos tres paquetes ahí tirados entre muebles viejos a la entrada de algún edificio.
Nota para mis padres: no tengo influenza porcina, estoy segura. Si me llega a dar fiebre prometo ir al médico.
[ Reach Out, I'll Be There — Gloria Gaynor ]
Etiquetas: apothecary, azuma, chasco, hiroshima, viajes, yin

Go Ask Alice
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy viernes, mayo 01, 2009 a las 9:19 p. m..A la hora en que nuestros rostros se tornaron oscuros y anaranjados y una mariquita se posó en una larga brizna de hierba violácea, el señor Sakaguchi aceptó nuestra invitación a comer sushi junto a Yin y dos estudiantes de intercambio norteamericanas. De repente era de noche, y seis personas apretadas cerca de la banda transportadora llenaban una mesa de torres de platos y conversaciones conectadas como piezas de rompecabezas que no encajan pero igual se mantienen pegadas. Feliz no cumpleaños para todos, ¿más té verde? Prawns, prawns, prawns.
El señor Sakaguchi llevó a Azuma en la parte de atrás de su bicicleta hacia nuestra siguiente parada: el karaoke del barrio. Nos desgañitamos hasta que el cielo se volvió un tapiz azul verdoso salpicado de planetas y nos mandaron para nuestras casas. Nadie tenía sueño, ni siquiera estábamos cansados. "Nights in White Satin" no tenía por qué ser mi última canción. Podríamos haber seguido—todo el pueblo parecía continuar, había luces prendidas por toda la calle.
Mi logro personal de la velada fue haber cantado "White Rabbit" de Jefferson Airplane sin reventar mis cuerdas vocales ni los tímpanos de la audiencia. Viene bien sentirse Grace Slick de cuando en cuando, en especial cuando los días andan tan surreales.
[ Crown of Creation — Jefferson Airplane ]


More Than This
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy viernes, enero 30, 2009 a las 10:41 a. m..Voy al salón, me siento en un puesto escondido y me desconecto de la realidad. Antes me dedicaba a detallar los gestos de los estudiantes que entraban y se saludaban entre sí. Empero, con el pasar de los meses me he aprendido sus libretos y la obra que representan ya me aburre. Procuro llegar tarde, con eso me ahorro tres o cuatro minutos de mirar al vacío. En los setenta y cinco minutos que dura la lección me dedico a dibujar, a buscar palabras al azar en el diccionario o a hacer anotaciones en mi agenda. ¿Cuántos cuentos podría estar escribiendo ahora? No lo sé, pero no los estoy escribiendo y cuando al fin estoy libre tengo la cabeza tan llena de ruido blanco que ya no tiene caso ni preguntarme qué podría estar haciendo con mi tiempo en vez de cumplir con el requisito de asistencia.
A mi alrededor nadie se pregunta por el sentido de esta rutina. Todos—ya sean futuros biólogos, literatos, antropólogos o artistas plásticos—saben que su destino es entrar a una compañía y convertirse en seres de sociedad ("shakaijin", 社会人), es decir, los típicos japoneses sin rostro que tiñen de negro la estación de Shinagawa en Tokio a las nueve de la mañana. La universidad comprende sus últimos cuatro años de libertad y, por lo tanto, hay que hacer buen uso de ellos. Hay que "hacer recuerdos" ("omoide tsukuru", 思いで作る), un concepto tan desolador como su implicación de que, pasada la época escolar, nada más será digno de recordar por el resto de la vida. Así pues, los estudiantes cumplen el requisito de asistencia y de resto le entregan su vida a un club. El club, una actividad extracurricular que cumple las funciones de pasatiempo y hub social, se rige por una jerarquía que recuerda la estructura de las empresas (Azuma lo explica mejor aquí). Es ahí donde surgirán los dichosos recuerdos para atesorar: las incursiones en el alcohol y el sexo en medio de un calendario de eventos que hace ver a la academia como la verdadera actividad extracurricular. El proceso de robotización, palpable desde cuarto año de primaria (cuando los niños dejan de sonreír), se habrá completado para cuando reciban el diploma.
Nada se preguntan los jóvenes a mi alrededor. El salón parece una sinagoga, con los hombres a un lado y las mujeres al otro. A algunos les he preguntado por sus sueños: muy pocos tienen una respuesta que no apunte al mundo corporativo—y ese no es un sueño, es el futuro inexorable. No los culpo: a mi tutor lo desheredaron por dedicarse a la literatura latinoamericana en vez de engrosar las filas de zombies encorbatados durmiendo en los trenes. ¿Es que nadie se ha preguntado alguna vez si existe otro cauce para este río?
Algunos lo han hecho. Esas personas no viven en Japón, o no viven en absoluto.
[ Phonograph — Jesca Hoop ]

The Spy Who Loved Me
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy miércoles, diciembre 17, 2008 a las 7:52 a. m..Escribí un par de líneas furiosas en un cuaderno con un esfero que pintaba intermitentemente y me fui a dormir. Pero la bola en mi garganta no desaparecía; al contrario, crecía y rasgaba las paredes de mi tracto respiratorio. Entonces fue necesario tomar cartas en el asunto. Desafortunadamente cometí el craso error de recurrir a un antiguo confidente de quien se había descubierto recientemente que se trataba de un agente secreto encubierto: nada menos que James Bond. Ustedes saben cómo es Bond: elegante, atractivo, caballeroso, el galán que le corre a uno la silla en el restaurante, el que baila y besa con una pasión inolvidable, ese hombre que lo mira a uno con ojos imperturbables y está dispuesto a escuchar los más recónditos misterios del corazón con interés casi genuino, pero asesino al fin. De manera que fiel a su condición de espía de heladas venas, James aprovechó para tomar mi masa laríngea, recubrirla con una pasta corrosiva hecha de reproches e insultos y lanzármela a la cara cual letal tarta de crema. El dolor ocasionado por quien otrora me prometiera un amor inquebrantable me reveló que si uno sabe que el agente seduce y se hace el comprensivo mientras se entera de cuanto secreto sensible uno tenga por entregar para luego asesinarlo a uno de manera pintoresca, ¿para qué lo va a mirar uno con ojitos de Bambi? Como si así fuera a hacer una excepción... La adorada enemiga de Bond se retuerce y desaparece de escena mientras 007 hace un chiste insulso.
Afortunadamente en el primer piso de mi edificio vive Azuma, la primera persona que conocí en Japón (recién aterrizada en Narita, de hecho) y la mejor amiga que Tsukuba y los giros del destino me han podido dar. Con la excusa de ayudarle a mover una lavadora fui a su casa y entre las dos les pusimos dinamita a nuestras respectivas rocas asfixiantes y respiramos hondo. Volví a mi apartamento con los brazos estirados en júbilo, dispuesta a caer finalmente en un sueño reparador. No es un final muy emocionante para algo que amenazaba con acabar conmigo, pero en las historias de la vida los desenlaces suelen ser mucho más sencillos que el misterio que los desencadena.
Ahora que todo se mueve relativamente bien, declaro con un puño al aire que me rehúso a dejar de quejarme. Me niego categóricamente a dejar de expresar lo que siento. No pienso convertir el silencio en un amasijo de jirones ensangrentados sobre una vía de la línea Chuo de la Japan Railways. Si desahogarme es muestra de mi suprema debilidad, tal como dijo Bond antes de dispararme con una pistola con silenciador (o hacerme caer a un estanque de pirañas, o estrangularme con mi propio brasier—elijan ustedes su muerte Ian Flemingesca favorita), pues débil habré de ser para (sob)revivir. Tal vez al final resulte como Baron Samedi en Live and Let Die, riéndome a carcajadas en un tren mientras el agente 007 se deshace de mi recuerdo, convencido de la infalibilidad del veneno ofídico en mi corazón.
[ You Only Live Twice — Nancy Sinatra ]
Etiquetas: azuma, chasco, diatriba, japón, love or lack thereof, tsukuba





