Antes de mi gran debut como perdedora salió en el diario un perfil de los finalistas. Había una foto mía horrible (pero qué le hacemos si yo era horrible). Una entrevistadora me hizo preguntas y le parecí chistosísima. Mi mamá le dijo que yo escribía cuentos, que qué podíamos hacer para publicarlos. La señora era la encargada de Aventuras, el suplemento infantil del periódico del domingo. Dijo que podría enviarlos a su sección para publicarlos en la página de correspondencia de los (pequeños) lectores. No me atreví a hacerlo porque 1) estaba convencida de que de todas maneras no iban a publicar nada y 2) yo escribía en inglés. No obstante el desánimo, yo seguía convencida de que lo que quería era dedicarme a escribir cuentos y sacarlos en libritos. Aquí es donde viene la voz de j. diciendo que si quiero publicar tengo que escribir muchos cuentos primero. Entonces yo me pongo triste y furiosa conmigo misma porque es tal como me dijo Himura alguna vez, que yo no soy más que una simple escritora de blog, y es peor sabiendo que ahora los blogs pasaron de moda y lo de ahora es tener Tumblr donde nadie escribe de a mucho salvo j. que si no tuviera con qué escribir escribiría con su propia sangre, seguro. Como Alexandros Panagulis en Bogiati.
- A match as a pen
- Blood on the floor as ink
- The forgotten gauze cover as paper
- But what should I write?
- I might just manage my address
- This ink is strange; it clots
- I write you from a prison
- in Greece
No sé a qué iba esta historia. Ah, sí, a que ya no escribo y lo único que tengo es este rectangulito, y eso, porque después de lo pasmada que quedé en Europa le perdí la práctica por completo. Y eso que tenía hartas cosas que contar. Pero con todo y la hirviente frustración que me produce esta involuntaria escisión de lo que otrora creyera vital, hoy voy a hacerle caso a ese par de patines y me voy a tomar el sol.
[ Afuera — Caifanes ]
Etiquetas: bluelephant, diatriba, himura, reminiscencias

Koristamine
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy jueves, septiembre 24, 2009 a las 9:43 p. m..Antes de borrar una canción me dirijo a su respectivo contador de reproducción en iTunes y, si el número es de un solo dígito, la escucho a ver si es que he venido ignorando una joya o si definitivamente me da lo mismo que suene o no. Una opción rápida para la condena de archivos es notar su existencia y lo mucho que me aburren cuando el aparato está en modo aleatorio. Ahí no hay que pensarlo dos veces. Uno deja a un lado el libro que venía leyendo, salta al escritorio y hunde delete.
Últimamente han desaparecido temas que, si bien no me gustaban, me parecían chistosos. Me pregunto de dónde habrá salido ese afán de mantener música risible si escasamente la escuchaba. Todo está desperdigado como balines de un viejo disparo: ritmos caribeños inclasificables, música instrumental de propiedades somníferas, bandas sonoras malas de series buenas. De repente todo es claro: esas canciones estaban ahí única y exclusivamente para fastidiar a Himura.
Ya no recuerdo qué era lo que tanto le molestaba fuera de los Village People, que en todo caso eran contribución suya. Creo que cuando me confesó que le gustaban estábamos en su cuarto sin ventanas, y yo no podía creer que alguien pudiera disfrutar ese grupo más allá de las fiestas donde la sigla YMCA explota de todos los brazos. Lamento haber arruinado ese pequeño amor con mi imitación de baile de stripper gay y mi voz de transexual pero qué más da, si para ese entonces ya todo le fastidiaba.
Ahora no queda mucho de esa era en mi computador, pero de cuando en cuando emerge de las profundidades una canción olvidada, un chiste interno en una burbuja de la que no queda ni el jabón salpicado en las paredes y las narices. Es como hacer limpieza en la casa y toparse con restos de una fiesta celebrada hace mucho tiempo. Ahí, detrás del sofá, se encuentran unas serpentinas sucias y dobladas en todo tipo de ángulos como réplicas baratas de esculturas de Édgar Negret que alguna vez volaron en eufóricas espirales.
[ A contratiempo — Ana Torroja ]
Etiquetas: himura, love or lack thereof, música


Pudo haber soñado cualquier cosa. Pudo haber sido de nuevo el inexplicable fantasma de su amiga muerta sentada en el sofá. Pero ahora sus ojos estaban abiertos y ya no recordaría nada. Un día nublado. Lo primero que se ve siempre es la ventana—corrección: un borrón. Las gafas están a un lado, tal vez en el piso, tal vez sobre un libro, tal vez camufladas entre una maraña de cables.
El día tarda en empezar, pero las horas transcurridas entre el computador, el futón y la guitarra son infinitas. Olivia Ruiz. Un rato eterno se va escrutando una bolsa de marañones. Qué curioso que estas sean las semillas de una fruta que crece justo debajo de estos riñoncitos. Hay marañones planitos, mitades abandonadas. Otros están completos y son gordos. Tres episodios de Daria. El gran almuerzo de hoy: arroz con marañones. Arroz con furikake sabor a ajo y marañones. Y una taza de yujacha. Mientras restregaba el calentador de agua de la cocina con una esponjilla jabonosa podía oír un eco metálico reprochándole el opíparo banquete de un tazón de arroz con marañones comprados en una feria callejera el mes pasado, comparado con—algo peor. Siempre hay algo peor, porque es ese país y no este. Concurso de miserias. Permanece lo dicho, pero su voz se ha desvanecido. La de Sandra, fallecida hace años, suena clara como una campana de verano desde esa noche, pero la de él se ha evaporado, dejando apenas el residuo granuloso de las palabras.
Vaya, el momento más emocionante de mi día. Diez minutos antes de la hora de partir, el cierre de la falda se ha enganchado en las medias pantalón y ahora hay un hueco a la altura del trasero. Y aquí no venden medias pantalón para mí, el compás humano. El momento más emocionante de mi día. La aventura. La búsqueda del esmalte más barato de la colección—una aguatinta color verde limón—, la paciente aplicación del mismo en derredor del agujero mientras se escucha el portugués más bogotano de la vida en un video de Internet. Si es portugués de Portugal no debería entender tanto, ¿verdad? Una cara familiar. Él sí está hablando portugués y no portuñol. Me gusta el verbo "ficar". Nunca he leído a Pessoa. Se imaginó informándole eso al desapegado boticario que recomienda bananos para el mal genio, una mesa metálica redonda en medio de los dos.
—Nunca he leído a Pessoa.
Sobre la mesa hay granitos de azúcar.
En el parqueadero estaba la gata Kiku observando a su novio El Rubio desde el calor de una moto. Algunos están plácidos y felices. Algunos tienen a alguien a quién observar largamente desde un lugar alto y cálido. Ya rodando en la bicicleta, rodeando un árbol, reflexionaba sobre los dieciséis de otros junios. Las raíces habían levantado breves ondulaciones que ella nunca esquivaba. Para eso es una bici de montaña. La falda al vuelo sobre la bici de montaña.
La clase fue un largo bloque de tiempo muerto. Su cabeza jamás estuvo allí. Sin embargo, la aparición de Hazuki marcó el verdadero comienzo del día. Su blusa de colores parecía sacada de otra década, pero se veía impecable. Bella. Y una vez más, la niña que usa shorts ridículos llegó al salón. Miradas de complicidad contra la moda japonesa. Cuánta alegría le daba poder tener miradas de complicidad con ella. Juntas salieron del salón y partieron en dirección de Frijol, el restaurante mexicano. Como estaba cerrado, siguieron hacia Kuraudo, el restaurante de okonomiyaki. Mientras esperaban, Hazuki sacó un sobre de su maleta.
—Tu cumpleaños es en julio. Como no nos vamos a encontrar, te traje un regalo.
—¿En serio?
Su rostro se iluminó. ¡Un regalo! ¡De Hazuki! ¡De cumpleaños! ¡Se acordó! ¡Me quiere! Era una edición moderna con ilustraciones simpáticas de un manual antiguo chino de salud. Gracias. En serio, gracias. Gracias. Arigatou. Hontou ni, arigatou. Bajo la iluminación del recinto, el rostro de Hazuki creaba sombras hermosas. Solo su nariz se asomaba a la luz. Ella es hermosa bajo cualquier luz, pero no lo sabe, o lo sabe y lo niega. ¿No hay mayonesa? El okonomiyaki siempre sabe mejor con mayonesa. Como el último okonomiyaki que comimos en Hiroshima. La conversación se estancó en cómodos silencios. Qué llenura tan terrible, pero igual tengo ganas de sherbet de yuzu. No está caro, en todo caso. Entonces vio el fin acercándose como la pared de un cuarto de tortura. Algún día no podré verla más.
Regresó a su hogar en silencio, bajo la lluvia invisible. Mientras aseguraba la bicicleta vio a Azuma en el pasillo del edificio. Hola, estaba comiendo con Hazuki. ¿Quieres pasar? El clima no coopera. La televisión está malísima, como siempre. ¿Puedo cambiar de canal? Por favor.
—Soñé con una amiga que murió hace años—dijo de repente, recostada contra una almohada y una serpiente de peluche—. Era tal como la recordaba, la voz, la actitud... Estaba sentada en el sofá de mi casa. Era diciembre 13. Entonces llegaba Himura y preguntaba si alguien más vendría de visita. No, nadie, ¿por qué? Para mí era como un fin de semana normal. "¿Ustedes no celebran la cremación del cedro?" No, no tenía idea de que existía esa celebración. Mejor ven, te presento a Sandra. O más bien, al fantasma de Sandra.
(¿A qué viene todo esto?)
[ La saule pleureur — Olivia Ruiz ]
Etiquetas: alicia, apothecary, azuma, bicicleta, hazuki, himura, hiroshima, monogatari, tsukuba, yurika

Mordacia mordax
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy lunes, febrero 09, 2009 a las 12:25 a. m..—Deja de portarte como una lamprea.
—En Portugal son muy apetecidas. Se guisan en su propia sangre y se sirven con arroz. A los antiguos romanos les encantaban.
—¿Te das cuenta de por qué no quiero volver a saber de ti?
—Yo sólo quería hablar.
—Pues yo no.
—¿Todavía te gusta la música? Encontré unas canciones bonitas este fin de semana.
—…
—Tal vez no quieras probarme nunca más, pero al menos déjame pegarme a un vidrio desde donde te pueda ver.
[ Love Can Damage Your Health — Télépopmusik ]
Etiquetas: diatriba, himura, love or lack thereof

Songino Khairkhan
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy martes, febrero 03, 2009 a las 3:08 p. m..Apenas me enteré de la noticia intenté obtener ayuda de mis padres por vía telefónica, pero la comunicación se cortaba misteriosamente en cuanto hacía mención del tema. Llamé entonces a Himura para pedirle en clave que me sacara de este entuerto, pero me dijo que soy una obsesa y estoy loca, y procedió a ignorar el timbre del celular como si no vibrara sobre su muslo. "Es una alarma", les explicó fríamente a quienes le preguntaron si no iba a contestar.
El señor Sakaguchi, quien ante la inminencia de mi partida aceptó salir a comer conmigo, dice que no tengo de qué preocuparme, ya que Ulán Bator es una ciudad grande y respetable como cualquier capital. Pero la verdad es que él es un insensible y no le ha echado un vistazo a la desmoralizadora Wikipedia. Detrás de su amplia sonrisa se esconde el hecho de que el momento en que me suba al bus que me lleve al aeropuerto será el momento en que él borre mi existencia de su cabeza. Se preguntará entonces de dónde rayos salió aquel pequeño retrato de él hecho en tinta.
Tal vez no sea tan malo, después de todo. Los mongoles hablan como si en su lengua se vivieran reventando dulces efervescentes—¡siempre hay algo nuevo que aprender! Además los lácteos me encantan y la changua hizo parte de mi dieta durante toda mi época de colegio. Al frío sabré acostumbrarme tarde o temprano. La montaña de cebollas no puede ser un lugar tan terrible para vivir, si todavía hay gente que reside allí.
Dos años después, creo, retornaré a Colombia con el rostro ajado y el sabor del té con leche y sal en la boca. Habrá demasiada gente en la calle, demasiadas palabras inteligibles condensadas. La yo de hoy sabe que tendrá un impulso de soplar suavemente sobre las cenizas del amor perdido. Sin embargo, la yo de ese entonces habrá aprendido que los humanos no somos más que nombres en listas infinitas. Hemos inventado de todo para recordarnos, pero lo único que hemos logrado es mantener frescas las palabras. Más allá de eso, las cicatrices se desvanecen y renuevan orondas ante nuestra impotente vista miope que no puede trascender los océanos.
Había llamado a Himura con desespero, como si él hubiera podido hacer algo desde allá. Pero la verdad es que desde nuestro último beso nos habíamos convertido tan solo en aquello que nos permitieran las máquinas: voces entrecortadas, abreviaciones, pixeles. Da lo mismo que me vaya a Ulán Bator ya mismo: es pasar de un olvido a otro olvido.
[ I Get Along Without You Very Well — Chet Baker ]

Culinary Mishaps
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy lunes, febrero 02, 2009 a las 10:24 a. m..Andaba poniéndole atención a un llamado de la naturaleza, una voz que me decía "papitas grasositas con mucha sal y salsa de tomate", cuando de repente me di cuenta de que había un poco menos de la herramienta con la cual sacaba las papas del aceite. Claro, podría haber usado una cuchara para freír en vez de la espátula, pero resulta que en este hogar no hay sino un juego de cubiertos, un cuchillo filudo y un balde.
Himura se indigna al saber que no tengo intención alguna de invitarlo a conocer mis dones culinarios. Tal vez piensa que es producto de un exceso de feminismo mal llevado, pero la verdad es que dichos dones no existen. Aderezo las papas fritas con caramelo negro sin sabor y la leche al baño maría se convierte en agualeche con medio pocillo. De aquí jamás ha emanado el dulce aroma de las galletas recién hechas. Una vez tosté un pan en una cacerola, y le puse mantequilla, canela y azúcar, inspirada en una receta que me dio una antigua amiga en cuya cocina jugaba esgrima con las cucharas de palo—para su profundo disgusto. Eso me quedó bien. De resto, muchas veces no conozco el resultado final de mis incursiones culinarias puesto que el hambre es tal que me lo como todo a medio cocer.
Si a alguien se le ocurre algún día que vivir conmigo sería una maravillosa idea, le advierto: no me deje entrar a la cocina, o estaremos en apuros. Y si no que lo diga Minori, cuya cocina prácticamente incendié fritando berenjenas. Mejor encárgueme de los platos... los desocupo con gusto.
[ Silverscreen — Jesca Hoop ]

Un plan de acción
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy miércoles, septiembre 17, 2008 a las 8:26 a. m..Podría comprar un tiquete aéreo a Bogotá y ausentarme de clase una semana sin avisarle a nadie. Después de pasar el jetlag en mi casa, tomaría un Transmilenio hasta Teusaquillo, contrataría un trío de cuerda en Camucol y me le plantaría frente a su sitio de trabajo cantando éxitos de Daniel Santos hasta que vuelva a creer en el poder de mi amor y me bese tiernamente ante las miradas emocionadas de los transeúntes.
Ahorrémonos al trío de Camucol; mejor lo dejo para que todo el mundo huya lacrimoso de "El camino de la vida" en la siguiente fiesta familiar. Compro un repuesto para la cuerda rota de la guitarra chiquinquireña (¿por qué tuvo que reventarse en agosto?) y voy sola en bus. Tengo que llevar el instrumento en su estuche para que no crean que voy a pedir plata.
Desde los escalones que dan a la calle se puede ver la cara de quien atiende a través de la vidriera. Podría ser él—no quiero mirar así como estoy, regurgitando el corazón. No sé qué diablos hago con una guitarra a la espalda, si la falta de práctica me ha hecho olvidar casi todo lo que sabía. No practiqué ni nada; ahora me va a tocar improvisar con el escaso repertorio que me queda... ¿Un vals peruano?
Aún si la música nos unió la primera vez, con este folclórico fracaso no lo hará una segunda. La guitarra se queda ahí y la cuerda puede esperar hasta julio próximo. Mejor entremos por la vía gastronómica: le haré galletas. Deliciosas galletas de chocolate en una bolsita o un frasco. Si funcionan en San Valentín deben funcionar en cualquier otra fecha, o si no ¿para qué se esfuerzan tanto mis compañeras de clase cada febrero?
A quién engaño; cualquiera podría hacer galletas, inclusive de sabores más exóticos que el chocolate. Además, teniendo en cuenta que jamás cociné en su presencia, no me creería ni en un millón de años que esas galletas son de mi autoría. De todas maneras a él lo que le gusta son los bizcochos de mora de los hare krishna. El amor desesperado soporta muchas cosas, pero ninguna de ellas incluye convertirse a una religión donde toca andar por la calle con una pandereta para aprender un secreto culinario.
Quizás la salida más simple es la más usada por el cine romántico: llegar, simplemente llegar adonde se encuentre y enfocar la cámara en mi pinta de haber cruzado océanos y pasado penurias por él y solo por él. Eso lo derretiría instantáneamente, especialmente si cargo con el equipaje directamente desde el aeropuerto y cae un aguacero monumental. Nada mejor para los entuertos sentimentales que un escenario oscuro y emparamado, un escenario capaz de despertar compasión en el más duro de los corazones. Por favor pongan a sonar "Reunited" de Peaches & Herb mientras bailamos en la calle.
Pero heme aquí ahora, de vuelta al mismo lugar donde fui olvidada ya no recuerdo cuándo. No me tomó más de un pestañeo regresar; las películas también se vuelven un gran rectángulo negro y todos se levantan a seguir con sus propias historias, si acaso con una chispa de esperanza en que al menos el imposible final feliz pueda transferirse a la suya. Creo que mejor voy a afinar la guitarra que tengo aquí—uno nunca sabe cuándo necesitará un plan de acción musical. Al menos uno de escape.
[ Sanar — Jorge Drexler ]
Etiquetas: himura, love or lack thereof

天国の思い出 (I)
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy lunes, septiembre 01, 2008 a las 2:50 a. m..[ Miss Halfway — Anya Marina ]
Etiquetas: himura, love or lack thereof, reminiscencias

La rénovation de la memoire
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy domingo, junio 22, 2008 a las 10:36 a. m..Los días se sucedieron, no como en las películas donde las sombras de los rascacielos giran como cabezas haciendo un ejercicio de calentamiento de cuello mientras sus entrañas se llenan de minúsculos destellos, sino con la lentitud de lo inconmensurable. Las tardes bañaban los árboles de una inexplicable tinta ambarina que lentamente se iba colando entre los resquicios de la tierra hasta apagarse por completo. Nadie podía garantizar que el día siguiente no fuera la repetición en cámara lenta del anterior.
No obstante el ocasional desespero, el tiempo supo seguir su marcha certera. Ahora hay un maletín negro en una esquina de mi habitación. Es como una pequeña versión petrificada de mí misma, aguardando con las piernas cruzadas, un codo sobre la rodilla y el mentón sobre la palma. Voy a cerrar los ojos un rato. Cuando los abra me veré arrastrándolo escaleras abajo, por sobre el andén irregular, cruzando una calle y luego otra, hacia la parada de bus. Ese será el día más largo del año, durmiendo la tarde para abrir los ojos nuevamente en la mañana—una nueva oportunidad de comprobar que estoy viviéndolo, de subrayar aquella fecha en la que la noche sólo habrá caído cuando del otro lado de un vidrio lejano vea un par de ojos chispear de súbito al encontrar los míos. Entonces la renovación de los recuerdos habrá comenzado.
[ Into the Mystic — Van Morrison ]
Etiquetas: himura, love or lack thereof

Baloncesto vs. Basketball
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy sábado, abril 26, 2008 a las 2:13 p. m..A veces, ya sea en el sofá o en Skype, hablamos de las cosas que nos diferencian. La más importante (además de que él hace la cama mientras yo la tiendo), es que él estudió en un colegio donde jugaban baloncesto y yo en uno donde se jugaba basketball. Eso dice mucho en una sociedad tan superficial y pendiente de las apariencias como la bogotana—¡Oh, no! ¡Recuerdos del colegio! ¡Vienen en avalancha, en estampida furiosa! ¡Huyan!
Si he de ser justa, debo aceptar que no todo fue malo en el colegio. En noveno me hice a los derechos sobre un tablero de acrílico y cada día ponía una cita en él. "Everybody loves you when you're sixfoot underground" (John Lennon), es la única que recuerdo ahora. También tuve derechos parciales sobre el tablero de atrás y lo llenaba de dibujitos de mis amigas y símbolos de Om. Ese fue el mismo curso en el que tres niñas nos pusimos a bailar mientras cantábamos Amigo de Roberto Carlos en plena clase de geometría ("pa paaara papara papaaaara, pa paaara papara papaaara..."). También fue el año en que Valeria fue a Canadá con un grupo del colegio y se cortó la mano en la nieve, tiñéndola toda de rojo. Yo nunca vi eso, pero la imagen que me hice del relato es inolvidable. Ahora que lo pienso, por cada paseo que le ofrece el colegio a sus alumnas, una debe resultar herida. Una vez, como en cuarto o quinto de primaria, fuimos a una finca ecológica y Juliana se peló el dedo meñique cual papa con una hoz. De Villa de Leyva, pocos años después, todas volvimos completas—sólo ligeramente desnutridas gracias al excelente servicio del hotel. Después prohibieron las salidas ecológicas por miedo a la guerrilla, y fue la hora de viajar a Estados Unidos. Cuando yo fui, Carolina, la mayor del grupo, se enterró una astilla gigantesca en pleno escenario y tuvo que bailar cumbia descalza aguantando el dolor. Creo que alcanzó a dejar un caminito de sangre por el pasillo. ¿Y yo? Yo bien, gracias.
(Pequeño paréntesis para llorar por mi defectuosa memoria al no recordar cuál de todas las niñas de mi curso era la que les llamaba "mocos de elefante" a las granadillas.)
¿En qué iba? ¡Ah, sí! Ahora que estoy lejos del asunto me doy cuenta de la nula importancia que debería tener el colegio del que uno sale. Sin embargo, la triste realidad es que frente a una entrada de Los Andes conocí a alguien que no esperaba mucha amabilidad de mi parte sólo porque esa persona jugaba baloncesto y yo basketball. Pero bueno, eso es Bogotá y es inevitable, así como es inevitable ir al complejo comercial Andino-Atlantis-Retiro vestido con la ropa que tenga más visible la marca a poner cara de puño. Lo verdaderamente increíble es enterarse uno de que en Tianjin, China, algún compatriota haya tenido la desfachatez de preguntar de qué colegio salió la visitante (y por demás completa desconocida) que llegaría de Japón en unas semanas.
(Creo que ya recordé quién era la de las granadillas. No estoy del todo segura, pero es factible que lo sea.)
Hace poco salió en la revista SoHo una sección de guerra de colegios, pero tuvieron que cancelarla pronto porque como que todo el mundo se iba tomando el asunto demasiado a pecho. Igual las diatribas estaban pésimas. Yo no recuerdo cuál era nuestro colegio enemigo... No sé siquiera si teníamos un colegio amigo. Oh, por cierto; acabo de recordar que anoche soñé que pensaba escribir con nostalgia en el blog que este año participaría por última vez en el coro de Uncoli (Unión de Colegios Internacionales). Sin embargo, en realidad yo terminé el bachillerato hace casi seis años y no puedo estar más lejos de Bogotá.
Temo que para lo único que me ha servido verdaderamente mencionar mi colegio ha sido para entrar al coro de Los Andes. El director preguntó, yo respondí y la respuesta le simpatizó. Sin embargo, me salí como al mes por privilegiar mi almuerzo sobre los ensayos. Muy poco después Himura asistiría a un concierto de dicho grupo para ver a una amiga suya, pero como las cosas no debían suceder entonces, yo no estuve allí y no nos cruzamos. La hora de hablar de diferencias, del baloncesto que él practicaba y el basketball del que yo huía, habría de llegar mucho más adelante.
[ Bubbly — Colbie Caillat ]
Etiquetas: himura, los andes, love or lack thereof, reminiscencias, sfr

Walking After You
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy domingo, noviembre 11, 2007 a las 4:20 p. m..La solución más sensata a esta masoquista paradoja del espacio-tiempo sería romper los lazos que la generan y concentrarnos en proyectos más factibles. La proximidad, por ejemplo, que es un principio razonable de las relaciones sentimentales en estas épocas tan poco poéticas. Pero no hemos de olvidar que ésta no es una situación de la cual podría liberarme simplemente diciendo "pudo más la distancia" y así partir en busca de una historia más local, más fácil de relacionar con caminatas vespertinas y desayunos en una sartén y dos platos. El deseo ferviente de poder decirle a mi compañera de clase que el hombre que acababa de llegar venía conmigo aquella mañana de sábado no fue algo susceptible de ser aceptado o rechazado con antelación.
Decir que me cansé de esperar no supone una anestésica derrota sino el incalmable dolor que implica esta impotencia de quererte a ti, aquí y ahora, sin más aliciente que tu voz y tu rostro sonriente en diferido. Mi necesidad de hablar contigo cada vez que nuestros diametrales horarios lo permiten no obedece a un impulso egoísta de la soledad irredimible. Es cierto que no hay nadie más, pero no es el "no hay nadie más" de hombros encogidos en una plaza desierta: es la conclusión a la que he llegado tras escrutar entre todas las voces y todos los rostros y comprender que la más cosmopolita de las ciudades es un grotesco amasijo de concreto, vidrio y acero si no vienes tú para ayudarme a darle forma.
[ Long, Long, Long — The Beatles ]
Etiquetas: diatriba, himura, love or lack thereof

Ein Fahrrad für mich
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy martes, septiembre 25, 2007 a las 7:53 p. m..A mí, fervorosa creyente del infante mensajero, nunca se me pasó por la cabeza que sería divertido tener una, aún pese a que Navidad tras Navidad veía a mis vecinitos partir raudos hacia los confines del conjunto en sus nuevos caballitos de acero. No, no. Yo tenía mejores cosas que pedir. Una de ellas, la única que se mantuvo constante con el pasar de los años, llegó al fin cuando cumplí los nueve, y desde entonces no me ha abandonado. Pero, como diría Michael Ende, ésa es otra historia y será contada en otra ocasión.
Ayer en la mañana me desperté con la firme convicción de algo. Era una convicción tan grande que me hizo ponerme un pantalón de sudadera gris, una camiseta blanca con letreritos y dibujitos coloridos —souvenir de Chicago— y los tenis de siempre (ganga en Shibuya, talla 25.5). El cansancio del día anterior aún me consumía: los destellos de un apuesto Don Quijote de ojos rasgados cantando en un idioma que parece japonés al revés daban vueltas alrededor de mi cabeza como disparos de cámara mientras los restos de unas calles ribeteadas con angulosas casas de ensueño palpitaban en mis piernas. En completa soledad y arrastrando el peso de tantos recuerdos acumulados en tan poco tiempo tomé un bus hacia el centro de Tsukuba.
Una vez allá, la convicción me exigió llenar mi estómago antes de emprender la faena sobre la cual yacía su férreo dedo, así que me detuve en Subway. Me comí el sándwich y las papas con fruición y sin detallar casi nada de lo que ocurría a mi alrededor, salvo que el takoyaki (8 piezas) está a ¥480 y que si le cambias de salsa te cobran ¥100 más. Me pregunté si era posible un exceso de albahaca en una comida, pero al presionar las papas sobre el polvo verde como un cigarrillo en un cenicero antes de llevármelas a la boca me respondí que no, o tal vez ni siquiera me respondí semejante pregunta, absorta como estaba en lo salado de la salsa, en el takoyaki de ¥580, en la gaseosa, en dónde dejaría la bandeja después de comer, en el terrible aliento que esperaba aniquilar cuanto antes con un dulce viejo sacado del fondo de la bolsa.
Atravesé el centro comercial sin detenerme en vitrina alguna hasta llegar a la amplísima entrada de Jusco. Jusco, la maleta del Mago Merlín que todo lo contiene en este lado tan vacío de la región Kanto. Jusco, el símbolo de una nación que poco a poco empieza a adentrarse en la maravillosa vida suburbana que tanto promocionaran los venenosos años cincuenta de los Estados Unidos. Jusco, mi destino final en la primera parte de esta misión.
La tienda de bicicletas de Jusco es atendida por dos ancianos bastante meticulosos que por ¥840 atienden tu primera pinchada ("panku shuri", se le dice acá). Los rodeé durante tal vez una hora, tal vez menos, posiblemente más, mientras notaba que la bicicleta compacta que había considerado unos días atrás ya no estaba. Inmediatamente pensé en Agatsuma. A la entrada de la tienda, en una esquina, una familia acechaba un modelo negro de montaña, danzando a su alrededor como buitres inseguros. Fingiendo un concienzudo examen de las cadenas de seguridad, yo rogaba para mis adentros que no se la fueran a llevar. Al fin y al cabo, desde aquella mañana de llovizna en la que el verde lomo de Julieta me había llevado al mundo de los pedales y el manubrio respaldada por Himura y Lowfill, yo estaba firmemente resuelta a no comprar un vehículo que no estuviera equipado con doble suspensión. Y helo ahí, el candidato perfecto, sujeto a las opiniones de un padre, una madre y una niñita que insistía (maldición) que el negro era mejor que el plateado. Después de cuatro millones de años en los que ni siquiera comprendí la diferencia entre un candado y el otro, la familia siguió su camino, tal vez en busca de una decisión final.
Entonces, como si los nervios en solitario no fueran suficientes, apareció mi profesor de cuento corto americano. Por primera vez veía su francesa figura y hermosa nariz en atuendos menos elegantes que los impecables cortes BCBG que lo caracterizan. Venía por algún arreglo de su bicicleta, una de aquellas plateadas que absolutamente todo el mundo tiene. Me preguntó si venía a comprar la mía, le respondí que sí sin entrar en los vergonzosos detalles de mi pertenencia a la liga amateur, y se fue, tan alto y elegante y orondo y... se fue.
Por un momento me detuve en unos modelos más baratos, compactos pero sin los vitales resortes que Julieta (y por consiguiente su dueño, Lowfill—y siguiendo esa flecha, quien lo había llamado a impartir esta lección, Himura) me había enseñado a necesitar. Entonces me di cuenta de que aún me encontraba dándole vueltas de la manera más ridícula a una decisión que estaba tomada desde antes de poner un pie en la esquina de la tienda, antes de entrar a Jusco, antes de comerme el sándwich, antes de subirme al bus, antes de convertir la ansiedad de esta convicción en una máscara de rabia contra un Himura que hacia el mediodía pero catorce horas antes estaba cayéndose sobre el teclado, empujado por las hazañas de un día cuyo contenido habría de ser olvidado en su insufrible complejidad.
Hacia las siete de la noche sonó el teléfono. Nada había cambiado entre nosotros dos, como era de esperarse después de una pelea cuya causa real había sido desterrada desde el primer pedalazo certero que me remitió una vez más —como habrían de hacerlo cada curva, cada frenazo, cada duda y cada obstáculo esquivados con instinto— a aquella mañana en la que él y Lowfill tornaran con paciencia la indiferencia infantil en la convicción de este día.
—Tengo una bicicleta —, le dije, con una voz que se deshacía como el helado al sol de este verano pertinaz que todavía se rehúsa a marcharse.
[ Supersonic — Jamiroquai ]

Un día entero
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy jueves, agosto 09, 2007 a las 1:26 p. m..Entonces tuve otro sueño. Entraba en un baño público de piso de piedra arenosa, pero la cabina que tomaba tenía un defecto: aunque cerrara la puerta, cualquiera podría verme de todos modos, pues el sanitario estaba localizado frente a una pared faltante al lado de la puerta inútil. De repente me encontraba con el hermano de Himura y le decía que estaba encantada de verlo pero que por favor me esperara un momento puesto que estaba recién bañada y envuelta en una toalla y debía vestirme. Lo extraño es que en ambas situaciones yo no experimentaba vergüenza.
Desperté y eran las once de la mañana. Me bañé, no me demoré mucho eligiendo la ropa para ponerme, busqué un gancho de pelo en forma de mariposa comprado en un stand chileno de Expoartesanías que al final decidí dar por quedado en Japón, arreglé mi cama, bebí un par de sorbos del café moka que mi papá olvidó tomar, confirmé que mi tarjeta de extranjería japonesa aún existe y salí de la casa. En el barrio hay una nueva tienda y una nueva peluquería. En la casa Rosada Günther Grass estaba escuchando boleros. Como tenía el tiempo justo, decidí no tomar el E-10 sino un bus que prometía dejarme frente a la Universidad Nacional sin pasearme por la Avenida Rojas. Ya sentada agradecí la falta de trancones en la Calle 68 y me puse a evadir el reggaetón con el iPod. Sonó "Dreams", de The Cranberries. Creo que esa canción le gustaba a Minori. Pensé en la corbata floja de Minori esa noche en la estación de Ueno y el bus salió a la Avenida Boyacá. Pedro Infante. Una versión que no me gusta de "Cien años". Una anciana le gritó al conductor que se detuviera y un señor le advirtió que debía timbrar. La anciana se bajó y advertí la lentitud con la que se movía el vehículo. Al fin la 26. Llegué a mi destino bastante pronto, aunque no dejé de atrasarme unos 10 minutos.
Me gusta buscar a Himura entre la multitud mientras cruzo el puente. Antes era más fácil: el calvo resaltaba sobre el gris del andeén. Ahora debo pensar en una pose particular, el vestido, la forma de caminar. Márquez tenía una forma muy peculiar de caminar que se reflejaba en el inusual desgaste de sus zapatos. Bueno, ahí estaba Himura con la chaqueta que tenía aquella mañana en la que fuimos a desayunar tamal y yo teniá el pelo recién teñido de negro azul. No sabía si alcanzaba a verme desde esta distancia, pero igual le sonreí. Nos sonreímos.
El almuerzo del día consistió en unos sándwiches que vendían cerca de la entrada de la universidad. El mío era árabe pero me quedaron debiendo el tahine del que hablaba el menú. Luego hubo que atravesar la universidad para que Himura reclamara su recibo de pago. Sobre unas canchas asfaltadas se veían las nubes móviles de los charcos que se evaporaban rápidamente. Me gusta cuando Himura señala fenómenos así. Me gusta su modo de disfrutar las cosas sencillas, como cuando me acompañó a probar todos los timbres de Homecenter.
A la vuelta cantamos "O quizás simplemente le regale una rosa" de Leonardo Favio. Tomé un par de fotos en la plazoleta El Che y salimos. El bus hacia la casa de Himura estaba encerrado y horriblemente sofocante, así que paramos en la fábrica de La Campiña y nos comimos un helado de tres sabores con soft cream. La última vez que estuve allá fue cuando mi papá nos llevó en el viejo carro verde. Creo que comí helado de chocolate, como el que dieron en mi primera comunión. El rollo de helado también habría sido una buena opción esta tarde, dado que me daba mi abuelita me solía comprar uno con crema de leche y dulce de mora en Unicentro. Todo está plagado de recuerdos, como el hogar de Himura.
El lugar donde Himura reside parece un museo cuyos objetos han perdido sus respectivos rótulos. Se sabe que todo hizo parte de otro conjunto alguna vez, pero poco a poco ese significado original se ha perdido, y sólo queda el mueble oscuro, el juguete acumulando polvo, un post-it con verbos en alemán. Esta vez no hubo ocasión para inspeccionar el cuarto del hermano, pero un cerebro de animal desconocido en formol dio prueba de que allí moraba una copia exacta de Himura con gustos radicalmente distintos de los de su hermano mayor.
Una llamada de mi madre fue la señal de partida de aquel mundillo de luz tenue y libros por todas partes. Era hora de visitar al odontólogo de confianza, un cartagenero que le habla a mi mamá mientras me deja los dientes como nuevos. Me gusta escucharlo. Al final de la sesión Himura estaba un poco irritado, pensando que dejaríamos esperando a mi padre, ya que habíamos quedado de encontrarnos a las 7pm y esa hora ya había pasado cuando aún se escuchaba el ruido de las maquinitas que deshacían y rehacían el esmalte del contenido de mi boca. Sin embargo, Himura no contaba con que mi mamá ya le había avisado a mi padre sobre nuestro retraso.
Llegamos en taxi al punto de encuentro y de ahí partimos para Sara's, donde comimos nachos, como siempre. Nos tomamos varias fotos y decidí que la próxima vez tomaría horchata en vez de agua de flor de jamaica. Acabada la reunión, Himura se fue caminando hacia el occidente mientras nosotros nos fuimos en taxi a la casa.
[ Wake Up Alone — Amy Winehouse ]
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