Foux du Fafa
2 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy viernes, febrero 19, 2010 a las 7:52 p. m..
En vista de que cada vez estoy más convencida de que he perdido la cabeza y tendré que pasar un par de años recluida en un sanatorio haciendo terapia ocupacional a lo Esther Greenwood, decidí estudiar para mi último examen de francés. Estudiar estudiar, no como las veces anteriores que me las di de diva, ojeé el libro con glamoroso tedio y aún así saqué buenas notas. Me desperté temprano, leí el texto con atención —era un artículo muy interesante sobre la construcción de la sociedad japonesa a partir de los hábitos de la relación madre-hijo—, hice una lista de vocabulario nuevo en las memo-fichas que últimamente venía destinando a una serie de dibujos sobre mi vida y, al parecer, aprendí algo. Después de años de casar dibujos con sonidos como pares de medias en un mar de ropa donde también los guantes y los gorros parecen cuadrar, ver una palabra y saber que así se pronuncia y esto significa y nunca se leerá de otra manera y se escribe así y punto es verdaderamente reconfortante.
Ayer fui a Tokio porque al parecer me gusta gastarme la plata y el tiempo en llegar tarde a las diligencias importantes para no poder hacerlas. Sin embargo, como no ando con ánimos de llorar por la leche derramada, me fui a caminar por ahí como para no perder el viaje. Resulté en un supermercado donde los letreros no estaban en japonés —y al parecer cobraban por las traducciones, porque ¡ala, qué precios!—. Se sentía rarísimo leer claramente "cherry tomatoes" y "Swiss cheese" (¡y ver queso, encima!). Me pareció estar en un sueño raro, algo así como un preview retorcido de Europa, solo que con muchos menos rubios. Compré algo de comer y me senté en un parque a la sombra de los ciruelos en flor, aunque "sombra" es un decir porque un ciruelo en flor no es más que una colección de chamizos adornados por Sanrio y dispuestos por ahí como para arrancarle a uno una sonrisa forzada en lo peor del invierno.
Où est la piscine?
[ Le poinçonneur des lilas — Serge Gainsbourg ]
***
Ayer fui a Tokio porque al parecer me gusta gastarme la plata y el tiempo en llegar tarde a las diligencias importantes para no poder hacerlas. Sin embargo, como no ando con ánimos de llorar por la leche derramada, me fui a caminar por ahí como para no perder el viaje. Resulté en un supermercado donde los letreros no estaban en japonés —y al parecer cobraban por las traducciones, porque ¡ala, qué precios!—. Se sentía rarísimo leer claramente "cherry tomatoes" y "Swiss cheese" (¡y ver queso, encima!). Me pareció estar en un sueño raro, algo así como un preview retorcido de Europa, solo que con muchos menos rubios. Compré algo de comer y me senté en un parque a la sombra de los ciruelos en flor, aunque "sombra" es un decir porque un ciruelo en flor no es más que una colección de chamizos adornados por Sanrio y dispuestos por ahí como para arrancarle a uno una sonrisa forzada en lo peor del invierno.
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Où est la piscine?
[ Le poinçonneur des lilas — Serge Gainsbourg ]
Etiquetas: chasco, francés, idiomas, maquinaciones nocturnas, tokyo

De visita en un sex shop de Akihabara
10 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy domingo, enero 31, 2010 a las 12:01 p. m..
¿Recuerdan ese mito según el cual en Japón venden ropa interior femenina usada? Pues bien, es cierto. No hay que adentrarse siquiera en los callejones de Electric City para comprobarlo: al parecer es más difícil encontrar un taller de servicio técnico para Mac que un sex shop de cinco pisos lleno de panties usados, vaginas de caucho y manos de mentiras para hacerse fisting. Ayer pasé un rato curioseando en uno, y lo que vi fue realmente memorable.
El lugar en cuestión se encuentra sobre una avenida frente a la estación de Akihabara en Tokio. A la vista del público hay un escaparate con cabezas de plástico, uniformes de colegio y una gran pantalla de video donde cabezas y uniformes se unen en una muñeca de tamaño humano. No hay pierde. Las muñecas, aprendí después, vienen en diferentes formas y tamaños, y se les instala entre las piernas uno de los cientos de modelos de orificios rugosos más o menos realistas que ofrece este negocio. Claro que para el amante de poco presupuesto hay instrucciones ilustradas para convertir una almohada normal en un torso con senos, cintura y espacio suficiente debajo de donde debería haber un ombligo. Apenas lo necesario para satisfacer las necesidades básicas de aquellos que encuentran engorroso el proceso de conversar y convencer a otro ser humano de unirse a una sesión de aquel incomprensible juego que es el coito.
Pop Life (así se llama la tienda) da un 30% de descuento a su clientela femenina si se deja tomar una foto modelando la ropa interior erótica que va a comprar. ¡Qué conveniente! Obviamente, las fotos de las orgullosas clientas en busca de economía están expuestas por todo el pasillo, apenas con una raya delgada de Sharpie cubriéndoles los ojos. También hay todo un arsenal de herramientas para sadomasoquismo (¿desea usted su cuerda de kinbaku suave o de fique para que además le abrase la piel?), aparatos de todos los tamaños, colores y estilos para insertar en todos y cada uno de los agujeros del cuerpo humano, disfraces —siendo los de colegiala y personaje de anime los más populares— y, claro, videos porno. Cuando fui, una pantalla deleitaba a los posibles compradores con imágenes de una muchachita siendo humillada por sus compañeras de colegio en un salón de clase, forzada a comer quién sabe qué y orinar frente a todas. Luego le rayaban todo el cuerpo con marcadores y le ponían vibradores sobre todo el cuerpo. Al lado había otra pantalla donde dos cuerpos brillantes de grasa parecían estar haciendo las mismas cosas que todo el mundo hace generalmente, pero la mujer chillaba y retorcía la cara como si le estuvieran metiendo una tusa de mazorca. Todo esto con cuadritos de censura en los genitales, como manda la ley.
Ah, sí, y los interiores usados. Aparecieron inesperadamente en bolsas transparentes al lado de los lubricantes, así como si nada. Algunos traen la foto de la supuesta usuaria (del cuello para abajo), mientras que otros simplemente vienen con un nombre femenino escrito en marcador. Los paquetes traen solo una pieza, un conjunto o todo un surtido de quién sabe cuántos. De todas formas la opción más barata sigue siendo robarlos de cualquier balcón. Lo realmente perturbador —como si esto no fuera perturbador de por sí— es que también venden ropa interior de niñas pequeñas y uniformes de educación física de colegialas.
No estoy segura de tener una reflexión a la mano alrededor de todo esto. Este es un país donde los hombres se ennovian con almohadas y se casan con personajes de juegos de video y donde el matrimonio marca el fin de la vida sexual de la mujer. Voy a cumplir tres años en la universidad, la gente de mi año ya empieza a vestirse de negro para buscar trabajo y en clase los chicos siguen evitando a las chicas como a la plaga. No es de extrañarse que la tasa de crecimiento de la población sea negativa, si todo indica que los japoneses olvidaron cómo hacer hijos hace años.
[ Endlich ein Grund zur Panik — Wir Sind Helden ]
El lugar en cuestión se encuentra sobre una avenida frente a la estación de Akihabara en Tokio. A la vista del público hay un escaparate con cabezas de plástico, uniformes de colegio y una gran pantalla de video donde cabezas y uniformes se unen en una muñeca de tamaño humano. No hay pierde. Las muñecas, aprendí después, vienen en diferentes formas y tamaños, y se les instala entre las piernas uno de los cientos de modelos de orificios rugosos más o menos realistas que ofrece este negocio. Claro que para el amante de poco presupuesto hay instrucciones ilustradas para convertir una almohada normal en un torso con senos, cintura y espacio suficiente debajo de donde debería haber un ombligo. Apenas lo necesario para satisfacer las necesidades básicas de aquellos que encuentran engorroso el proceso de conversar y convencer a otro ser humano de unirse a una sesión de aquel incomprensible juego que es el coito.
Pop Life (así se llama la tienda) da un 30% de descuento a su clientela femenina si se deja tomar una foto modelando la ropa interior erótica que va a comprar. ¡Qué conveniente! Obviamente, las fotos de las orgullosas clientas en busca de economía están expuestas por todo el pasillo, apenas con una raya delgada de Sharpie cubriéndoles los ojos. También hay todo un arsenal de herramientas para sadomasoquismo (¿desea usted su cuerda de kinbaku suave o de fique para que además le abrase la piel?), aparatos de todos los tamaños, colores y estilos para insertar en todos y cada uno de los agujeros del cuerpo humano, disfraces —siendo los de colegiala y personaje de anime los más populares— y, claro, videos porno. Cuando fui, una pantalla deleitaba a los posibles compradores con imágenes de una muchachita siendo humillada por sus compañeras de colegio en un salón de clase, forzada a comer quién sabe qué y orinar frente a todas. Luego le rayaban todo el cuerpo con marcadores y le ponían vibradores sobre todo el cuerpo. Al lado había otra pantalla donde dos cuerpos brillantes de grasa parecían estar haciendo las mismas cosas que todo el mundo hace generalmente, pero la mujer chillaba y retorcía la cara como si le estuvieran metiendo una tusa de mazorca. Todo esto con cuadritos de censura en los genitales, como manda la ley.
Ah, sí, y los interiores usados. Aparecieron inesperadamente en bolsas transparentes al lado de los lubricantes, así como si nada. Algunos traen la foto de la supuesta usuaria (del cuello para abajo), mientras que otros simplemente vienen con un nombre femenino escrito en marcador. Los paquetes traen solo una pieza, un conjunto o todo un surtido de quién sabe cuántos. De todas formas la opción más barata sigue siendo robarlos de cualquier balcón. Lo realmente perturbador —como si esto no fuera perturbador de por sí— es que también venden ropa interior de niñas pequeñas y uniformes de educación física de colegialas.
No estoy segura de tener una reflexión a la mano alrededor de todo esto. Este es un país donde los hombres se ennovian con almohadas y se casan con personajes de juegos de video y donde el matrimonio marca el fin de la vida sexual de la mujer. Voy a cumplir tres años en la universidad, la gente de mi año ya empieza a vestirse de negro para buscar trabajo y en clase los chicos siguen evitando a las chicas como a la plaga. No es de extrañarse que la tasa de crecimiento de la población sea negativa, si todo indica que los japoneses olvidaron cómo hacer hijos hace años.
[ Endlich ein Grund zur Panik — Wir Sind Helden ]

Overpaid
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy martes, noviembre 10, 2009 a las 5:32 p. m..
Ayer el TA de francés (que también es una especie de supervisor de TAs extranjeros) nos convocó a mi jefa y a mí a una reunioncilla después de una de las clases en que trabajo. Tras listar un par de nimiedades burocráticas, el señor mencionó que probablemente me están pagando de más. Esto obviamente no lo hizo de manera directa, sino que casualmente preguntó: "¿Está bien que le paguen esa cantidad?" Confusa le dije que suponía que sí y mi jefa agregó que tal vez incluso deberían darme más. Entonces el señor soltó la bomba: los de la universidad estaban pensando que probablemente mi sueldo era excesivo. Este comentario y sus posteriores intentos inútiles de explicarlo estuvieron acompañados todo el tiempo de aquella pregunta, como si de una absurda letanía corporativa se tratara. Hasta entonces yo venía traduciendo lo que el TA me decía en japonés a inglés para que mi jefa entendiera, pero de repente estuve convencida de que no estaba comprendiendo nada. Entonces mi jefa lo instó a hablar en una lingua franca:
"Tu parles français, n'est-ce pas?" (Tú hablas francés, ¿no?) dijo ella.
Él soltó una risita avergonzada.
"Est-ce que tu penses que je devrais recevoir moins?" (¿Acaso piensas que debería recibir menos?) protesté yo.
El señor no se atrevió a abandonar el japonés (¡pese a que hace un par de semanas sí fue capaz de sostener toda una conversación conmigo en francés!). Adujo que soy la única que gana lo que gano, que los demás no reciben tanto, que sí, eso fue lo que me prometieron pero que "¿de verdad le parece bien ganar todo eso?"
Odio odio odio esta maldita manía de los japoneses de forzar su punto de vista sobre uno. Tienen que lograr a como dé lugar que yo consienta algo a lo que me opongo para lavarse las manos y dejarme el bulto a mí. Pero, ¿¡a quién se le ocurre tratar de convencer a un empleado ya contratado de que demande que cambien las condiciones de su contrato!? ¡¿Esperan acaso que yo realmente les pida el favor de que me paguen menos?! Claro, es que esos billetes ya los tengo repetidos; mejor se los devuelvo.
En la noche fui al concierto de Franz Ferdinand en Tokio. Toda la bilis se evaporó en aullidos y saltos, en el ensueño de la figura lejana de Alex Kapranos y su voz que se me metía por las botas de los pantalones y salía por el cuello y las mangas de la camiseta. Salí del Tokyo International Forum con la sensación de tener dos cilindros largos por orejas, el corazón en una especie de estado post-orgásmico y las manos en los bolsillos de la chaqueta verde. Los edificios estaban iluminados como si en el vidrio y el metal se resumiera toda la belleza del mundo. En los restaurantuchos bajo la vía férrea había salarymen cuchareando las cenizas de su ánimo y ayudantes de cocina que me veían pasar mientras lavaban utensilios. A través de una vidriera se veía una cajera anciana con los ojos fijos en la nada oscura. El clima era sumamente agradable. Entonces maldije a Japón por hacerme enamorar de él cada vez que lo odiaba.
[ This Fire — Franz Ferdinand ]
"Tu parles français, n'est-ce pas?" (Tú hablas francés, ¿no?) dijo ella.
Él soltó una risita avergonzada.
"Est-ce que tu penses que je devrais recevoir moins?" (¿Acaso piensas que debería recibir menos?) protesté yo.
El señor no se atrevió a abandonar el japonés (¡pese a que hace un par de semanas sí fue capaz de sostener toda una conversación conmigo en francés!). Adujo que soy la única que gana lo que gano, que los demás no reciben tanto, que sí, eso fue lo que me prometieron pero que "¿de verdad le parece bien ganar todo eso?"
Odio odio odio esta maldita manía de los japoneses de forzar su punto de vista sobre uno. Tienen que lograr a como dé lugar que yo consienta algo a lo que me opongo para lavarse las manos y dejarme el bulto a mí. Pero, ¿¡a quién se le ocurre tratar de convencer a un empleado ya contratado de que demande que cambien las condiciones de su contrato!? ¡¿Esperan acaso que yo realmente les pida el favor de que me paguen menos?! Claro, es que esos billetes ya los tengo repetidos; mejor se los devuelvo.
En la noche fui al concierto de Franz Ferdinand en Tokio. Toda la bilis se evaporó en aullidos y saltos, en el ensueño de la figura lejana de Alex Kapranos y su voz que se me metía por las botas de los pantalones y salía por el cuello y las mangas de la camiseta. Salí del Tokyo International Forum con la sensación de tener dos cilindros largos por orejas, el corazón en una especie de estado post-orgásmico y las manos en los bolsillos de la chaqueta verde. Los edificios estaban iluminados como si en el vidrio y el metal se resumiera toda la belleza del mundo. En los restaurantuchos bajo la vía férrea había salarymen cuchareando las cenizas de su ánimo y ayudantes de cocina que me veían pasar mientras lavaban utensilios. A través de una vidriera se veía una cajera anciana con los ojos fijos en la nada oscura. El clima era sumamente agradable. Entonces maldije a Japón por hacerme enamorar de él cada vez que lo odiaba.
[ This Fire — Franz Ferdinand ]


