Doblepensar

El blog favorito de la mamá de Olavia Kite.


やる気がない

Últimamente le he perdido el gusto a escribir. Empiezo y a las tres frases me aburro. Solo mantengo el diario de sueños porque ese es necesario (no sé para qué, pero lo es). Tampoco puedo tocar ukulele. A veces lo cojo y toco tres acordes y suena horrible.

Dibujar, en cambio, es como volver a Waikiki y ver mis pies pálidos al fondo del mar. No pienso mucho al dibujar. La mente se me vuelve líneas y colores y todo sale bien así salga mal.

No sé qué más decir. Sigo viva. Hace frío. Me gusta Paul McCartney.


[ Nineteen Hundred and Eighty-Five — Paul McCartney & Wings ]

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El Mar Interior

No sé cómo explicar lo que me pasó en estos días. Hoy desperté no sé a qué hora y hacía frío. No hacía frío cuando me fui. Cuando me fui a dormir. Cuando tropecé y caí en el abismo—el negro café morado naranja bolitas y estrellas—las luces de Purkinje—

Podría empezar por hablar de lo que vi. Números en el agua dentro de una casa oscura. Una habitación escondida que contiene una catarata. Un iglú de cuyo piso brotan gotas de agua que corren solas como mercurio. Una isla con olivos en todos los andenes. Las olivas sin encurtir son amargas. なめるだけでわかる。Calabazas gigantes en las playas. El ático de una casa vieja. Las paredes se están descascarando—hay algo tras el estuco—papel de envoltura de Matsuzakaya—"thank you"—orquídeas—hojas de un periódico—Eisenhower—アイゼンハワー—buscamos la fecha desesperadamente por todo el cuarto—1949. La oscuridad. El café yemení. Parezco mitad japonesa y mitad árabe, me dicen. Dos de las tres tiendas de este lado de la otra isla están cerradas por un funeral. Ya no hacen los funerales así, dice ella mientras pasamos por delante de una procesión con muñecos de papel. Les archives du cœur. La sala de espera del cielo. Un cuadro plano azul brillante en el que se puede entrar. No se conoce el fondo de las cosas. Walter de Maria. Cruzar el umbral y encontrarse en un sueño jodorowskiano. Las escaleras y la bola gigante y los palos dorados. Tadao Ando. Monet. Cuando me muera todo será como el Museo de Arte de Chichu.

También podría hablar de Yurika. Yurika y su risa y sus muecas. Ella me invita a bañarnos juntas porque el baño público de la isla también es una obra de arte. Lo que se sugiere versus lo que se muestra. Mi modo de vestir es bastante atrevido para los estándares japoneses. Hay un elefante sobre el muro. Me explica cómo se mata un pulpo. Le explico la operación de reasignación de género a partir del proceso de matanza del pulpo. Le cuento mis pasajes favoritos de El mono desnudo. Bicicletas prestadas. Subir colinas, bajar colinas. Con ella pierdo por completo el miedo a hablar en japonés.

Y acordarme de Yoji, nuestro anfitrión. Vivió en el País Vasco y ahora nos prepara lentejas. Toma la guitarra. La voz. La voz. La voz. If a fiddler played you a song, my love, and if I gave you a wheel, would you spin for my heart and my loneliness? Las versiones originales no le hacen justicia a lo que él hace. 神田川。"Kandagawa" no es lo mismo si no la canta él. Quiero que siga cantando. Quiero que no deje de cantar en mis recuerdos. "Tsukuba es lo que hay el día después del fin del mundo". Le gusta mi frase, se la repite a todos. Invita a un amigo. El amigo tiene los pies más horribles que yo haya visto jamás. Trae una guitarra bonita. Es un virtuoso. Toca canciones de los Beatles y yo las canto. Hacemos un dúo guitarra-ukulele para "Love" (la de John Lennon). Yoji nos cuenta que la canción fue inspirada en la simpleza del haiku. ¿No podré cantar así por siempre? ¿No podré cantar aquí por siempre?

どこでも
どこへも

Okayama. Himeji. Kobe. Yokohama. Tokio. Pestañeos vistos por un resquicio. Y de repente se acaba, inexplicable como todos los sueños. Hace frío.


[ Meditação — João Gilberto & Caetano Veloso ]

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Delirio

Anoche soñé que atravesaba un arrozal inmenso en bus. La carretera partía el infinito en dos; alrededor el cielo desdibujaba el horizonte, fundiendo el verde en un azul blancuzco enceguecedor. Quién sabe dónde estaría sembrada la última hilera de arroz, dónde romperían las olas al otro lado de aquel mar. El bus seguía y seguía bajo esa luz extraña que encendía las espigas como antorchas.

Creo que me equivoco al hablar en pasado: aún estoy soñando con aquel campo, encerrada en la inmensidad. A veces creo que despierto. La última vez que abrí los ojos era de noche. A mi alrededor había torres repletas de luces alzándose hasta converger en una especie de cúpula ilusoria. Perdida entre el negro y el neón seguí a alguien que de repente había extendido su mano tras su espalda, hacia mí. Caminamos como si la ciudad no se fuera a acabar nunca, como si su infinitud fuera una excusa para seguir juntos. Sabía que cuando desenredara nuestros dedos se abriría un abismo entre nosotros y se llenaría de agua salada. No me sueltes, no me dejes ir a dormir. No dejes que el sol nos toque los párpados a destiempo. Está bien. Me resignaré a ser paciente y esperar el final de este delirio. Igual yo sé que a tu siguiente día no pertenezco.


[ Lullaby (Goodnight, My Angel) — Billy Joel ]

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Nocnitsa

Buenos días. Es otro día como todos los días. Música, desayuno. Mi estómago sigue vacío. Mis oídos también.

Me pongo de pie frente al ventanal. Me quito la camiseta para revelarme en todo mi esplendor a un pintor que sin previo aviso ha invadido mi hasta entonces impenetrable balcón para pintar las barandas. De su brocha van saliendo las varillas brillantes de vinilo con sus respectivas sombras. Es un pintor hábil. Antes había solo aire detrás del vidrio, podría haber salido volando de ahí si hubiera querido, pero ahora me están encerrando. Saben que soy peligrosa.

Me doy la vuelta. En medio de mi habitación hay una clara división entre la luz y las sombras. Al otro lado hay alguien, adivino, pero no puedo verlo. Pronto el negro se vuelve azul se vuelve una colcha con manos que hace mñam mñam mñam y se restriega la cara. No sé quién es ni qué hace su dimensión en mi casa. ¿Es otra hora donde usted está? ¿Me conoce? ¿Me está soñando?

No hay más mundo más allá de estas rejas, más allá de él.

No abra los ojos. No oiga los perros ladrar. Es usted o yo. Usted mismo impuso los términos de este delirio: soy peligrosa y me rehúso a que se limite a imaginarme cuando esté aburrido.


[ Growing Up Falling Down — Paul McCartney ]

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Foux du Fafa

En vista de que cada vez estoy más convencida de que he perdido la cabeza y tendré que pasar un par de años recluida en un sanatorio haciendo terapia ocupacional a lo Esther Greenwood, decidí estudiar para mi último examen de francés. Estudiar estudiar, no como las veces anteriores que me las di de diva, ojeé el libro con glamoroso tedio y aún así saqué buenas notas. Me desperté temprano, leí el texto con atención —era un artículo muy interesante sobre la construcción de la sociedad japonesa a partir de los hábitos de la relación madre-hijo—, hice una lista de vocabulario nuevo en las memo-fichas que últimamente venía destinando a una serie de dibujos sobre mi vida y, al parecer, aprendí algo. Después de años de casar dibujos con sonidos como pares de medias en un mar de ropa donde también los guantes y los gorros parecen cuadrar, ver una palabra y saber que así se pronuncia y esto significa y nunca se leerá de otra manera y se escribe así y punto es verdaderamente reconfortante.

***

Ayer fui a Tokio porque al parecer me gusta gastarme la plata y el tiempo en llegar tarde a las diligencias importantes para no poder hacerlas. Sin embargo, como no ando con ánimos de llorar por la leche derramada, me fui a caminar por ahí como para no perder el viaje. Resulté en un supermercado donde los letreros no estaban en japonés —y al parecer cobraban por las traducciones, porque ¡ala, qué precios!—. Se sentía rarísimo leer claramente "cherry tomatoes" y "Swiss cheese" (¡y ver queso, encima!). Me pareció estar en un sueño raro, algo así como un preview retorcido de Europa, solo que con muchos menos rubios. Compré algo de comer y me senté en un parque a la sombra de los ciruelos en flor, aunque "sombra" es un decir porque un ciruelo en flor no es más que una colección de chamizos adornados por Sanrio y dispuestos por ahí como para arrancarle a uno una sonrisa forzada en lo peor del invierno.

***

Où est la piscine?


[ Le poinçonneur des lilas — Serge Gainsbourg ]

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There Is No Such Thing as a Free Lunch

El sábado pasado, en el trabajo, nos regalaron un almuerzo en caja tan grande como un juego de mesa. Contenía langostino, camarón, pollo, pescado, masas cárnicas de dudoso origen, arroz, arroz y arroz. Era la primera vez que nos daban algo que no fuera aburrimiento crónico, así que nadie se quejó por el regalo. Considerando que además nos dieron un adelanto del pago en efectivo —que horas después invertí en "Images de l'univers", un libro con CD-ROM incluido lleno de exactamente lo que dice el título—, había sido un día bastante bueno.

Sin embargo, ya lo decía el libro de economía del colegio con monedas en la cubierta: there is no such thing as a free lunch, y el precio de este almuerzo parecía haberse grabado entre nuestros pliegues estomacales. Azuma, Yin y yo volvimos a casa con distintos niveles de dolor en las entrañas. Yin solo pudo comerse medio bol de cereal al otro día y Azuma tuvo pesadillas. A mí me tocó esconder mi libro nuevo porque los anillos de Urano me daban náuseas.

Después de un angustioso sueño en el que Minori me salvaba de un hiphopero puertorriqueño estafador y me regañaba y me regañaba y me regañaba, pasé todo el día de ayer en cama, adolorida. No le aporté a mi organismo más que leche de soya y té de yuzu, salvo al almuerzo, cuando me atreví a engullir un plato de arroz con huevo revuelto mientras hablaba con mis papás. Tomé una siesta y soñé que encontraba en Internet un artículo sobre la supuesta obra literaria de una compañera del colegio, señalando que ella era Olavia Kite. Qué bien: un día perfectamente desperdiciado en brotes de delirio y líquidos con sabor a salud concentrada.

Hoy me miré al espejo: no sé por qué mi cara me recordó a Igor el del Conde Pátula.


[ St. James Infirmary Blues — Cab Calloway ]

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Quisiera ser un pez

Los pescaditos secos que vienen en los paquetes de pasabocas para acompañar el trago tienen cara de Alien, así colmilludos y con la boca excesivamente abierta cual momia de Indiana Jones. Sin embargo, pese a su condición de atentado a la estética gastronómica, observarlos no produce horror sino risa histérica.

La culpa la tiene Juan Luis Guerra por desear ser un pez cuando esto —digo yo sosteniendo el cadáver arrugado entre índice y pulgar— es lo que les pasa a las pobres sardinitas que nunca anhelaron la vida de ultramar.

Pensándolo bien, esa es una canción barata y obscena. Es obvio que los clupeiformes son lo último que pudo haber pasado por su cabeza cuando la compuso.


[ Are You Experienced? — Jimi Hendrix ]

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Una media de rayas

Anoche, mientras dormía, se me escurrió una media de rayas de colores y quedó atrapada entre las cobijas. Mientras esto ocurría estaba soñando que unos personajes oscuros me invitaban a sentarme al lado de ellos en la banca de una iglesia, lo cual suponía un dilema puesto que si los acompañaba quedaría afiliada al Imperio y mis conocidos me odiarían, pero si me sentaba al otro lado del pasillo junto a los demás sería considerada una Rebelde y tendría que pelear y enfrentarme a una dolorosa muerte. Pensaba que lo mejor era huir alegando que no me gusta Star Wars.

Desperté mucho antes del amanecer, pero no me puse la ropa encima de la pijama para ir a tomarle fotos al radiotelescopio teñido de rosado por las primeras brumas de la mañana como el día anterior. El silencio era incómodamente soporífero para alguien que podría cerrar los ojos mas no dormir de nuevo, así que prendí el computador. Es asombroso notar cómo este aislamiento total ya no me escuece. Si quiero usar la voz, canto. Si busco interacción con otro ser humano,... ¿por qué habría de buscar eso? ¿Para qué? Todos sabemos que la respuesta a "cómo estás" es "bien".

Me pregunté qué debía hacer hoy, pese a que lo normal siendo domingo de vacaciones es que no haya nada que realmente deba hacer. A veces me cuesta saber qué día de la semana es y si dicho día me acarrea responsabilidades, puesto que no hay mayor diferencia entre los días oficiales de trabajo y los de asueto. Puedo estar traduciendo un domingo como puedo estar dibujando un miércoles. Me gusta lo que hago, sea tarea impuesta o no. Tras deambular por los rincones de mi cabeza concluí que al parecer hoy tampoco hablaré con nadie, pero que lo mejor es que salga a tomar algo de aire invernal y reponer las reservas de leche de soya saborizada que ya están escaseando.

El sol terminó de salir y las últimas ráfagas heladas se alejaron de la ventana. Me paré a apagar la calefacción y al contacto con el tatami descubrí que tenía el pie izquierdo desnudo. No supe por qué quise escribirlo, pero lo hice.


[ Who's Gonna Save My Soul — Gnarls Barkley ]

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Les yeux clos

Me gusta la sensación de estar yendo a ninguna parte. Coger la bicicleta tras una diligencia menor e ignorar que hay una ruta corta y segura hacia el hogar, la mirada fija en una trocha minúscula llena de matorrales secos. Extraviarme entre los senderos del barrio como si no los hubiera recorrido ya cientos de veces —los bosques de bambú, los portones antiguos, las ancianas encorvadas—, para emerger en la inmensidad de los campos desnudos gobernados por el radiotelescopio que araña el cielo de acianos sublimados. Pasar al lado de aquel aparato gigantesco, detallarlo, saber que jamás ascenderé por los escalones que se pierden en su parábola y aún así amarlo.

Seguir. El radiotelescopio se convierte en una silueta recortada contra el horizonte encandilado. Recorro un camino sinuoso que nunca había visto antes, me pregunto si me perderé. No tengo miedo. Tal vez deseo perderme. Me muero por ver algo nuevo. Siempre tengo que estar viajando, adonde sea. Desaparezco en el ocre infinito de Ibaraki. Soy una versión abrigada de la cantante de MIA. en el bucólico video de "Uhlala", pero el paisaje se transforma abruptamente; se hace demasiado familiar, como uno de esos absurdos cambios de escenario que ocurren a menudo en mis sueños. No acabo de bordear una vieja pared de piedra tras la que me miran las ramas de un pino hecho escultura y ya estoy en una de las avenidas principales del pueblo.

Entonces me entero de que mi tienda de muebles favorita está a punto de cerrar. La recesión, me imagino. Wendy's también se va. Aprovecho la liquidación para comprar el juego de cortinas que me hacía falta (mi apartamento tiene más ventanas de lo normal), paso por el supermercado en busca de una bandeja de huevas de pescado y regreso a casa a ver cómo se encienden en coral los edificios aledaños y las escasas nubes para luego apagarse, sumidos en el frío monocromo.

Al parecer no hay mucha diferencia entre lo que veo con los ojos abiertos y cerrados. Tal vez por eso este es mi cuadro favorito de toda la vida.


[ Si — Gigliola Cinquetti ]

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Ámbar

Hoy vi el anochecer en Alemania. Nunca he estado en Alemania y lo más probable es que pase mucho tiempo antes de que ponga pie en cualquier esquina de Europa, pero lo vi. El azul celeste se tornó azul cobalto se tornó negro.

Mientras observaba, mi cuerpo adquirió un aura índigo que rápidamente se fue tiñendo de ámbar. Podría haberme quedado quieta un rato y jugar a ser un mosquito de hace millones de años que observa las noches anacrónicas desde su coraza de resina.

Había pasado la noche en vela, o el día en vigilia. Suceden ambos al tiempo. A veces tengo la sensación de estar en todas partes.


[ Indigo — Moloko ]

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Draumur dauðans

La última vez que soñé con mi propia muerte fue en 2007. Me iban a ejecutar. Por esa época la idea de morirme de verdad no me era del todo esquiva (gracias, Ichinoya, dormitorio del demonio), pero la vívida certeza del fin derritió de golpe el hielo que se venía cristalizando dentro de mi corazón y que amenazaba con darme la suficiente sangre fría para asestarme una estocada mortal tarde o temprano. Se puede decir entonces que el sueño me salvó la vida, en cierto modo.

Existen tres o cuatro instancias anteriores a esta en las que soñé que moriría, siendo la más emocionante una en la que yo era una insurgente que luchaba contra un gobierno opresivo en un país que bien podría ser Grecia. Después de una persecución espectacular por callejones y trastiendas me aprehendían y llevaban en helicóptero a una isla-cárcel en medio de un lago. Al aterrizar yo salía corriendo, abriéndome paso desesperadamente entre un pastizal, pero una guardia me disparaba en la base de la espalda. Boca abajo la sentía aproximarse mientras el calor de la bala se extendía por mi carne. Cuando se disponía a darme el tiro de gracia en la nuca, desperté.

También soñé una vez que una babosa gigante me aprisionaba en el suelo y poco a poco aplastaba mis costillas, asfixiándome. Es angustiante saber que se perecerá a manos de una viscosa mole viviente y no hay nada que se pueda hacer al respecto. Esa vez el despertar fue paulatino: entender que no se está boca abajo sino boca arriba, no bajo un monstruo sino sobre una cama, que queda al menos otro día para andar por ahí.

No he vuelto a soñar que voy a morir, pero los sueños siguen gobernando mi vida. Así ha sido siempre: el universo de mis quimeras tiene directa influencia sobre los senderos de mi vigilia. Es por eso que he decidido consignar estas maquinaciones nocturnas a ver qué se traen entre manos. Vaya anotando, señor Jung.


[ Como cada noche — Camilo Sesto ]

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A Farewell to Science

Los que me conocen ven en mí un remedo de escritora sin obras con la cabeza perdida en Alpha Centauri y el ojo (miope) incrustado en el visor de una cámara de turista japonés. Sin embargo, no siempre fue así. Alguna vez fui una niña que programaba en QBASIC y jugaba Where in Space Is Carmen Sandiego? anhelando convertirse en astrónoma cuando fuera grande. Sí, señores, sé que es difícil visualizar algo así después de tenerme corrigiéndoles la ortografía en MSN cual profesora de primaria o hablándoles de la escena del huevo cocido en Ai no corrida, pero es verdad: alguna vez existió ese tipo de Olavia Kite. Competía en las Olimpíadas Matemáticas, actualizaba en la memoria el creciente número de satélites de cada planeta—13 en Júpiter según El Tesoro del Saber (1984), 16 según Geomundo (1987), al menos 63 según Wikipedia (2009)—y participaba atenta de los arreglos del computador de la casa para luego hacerlos yo.

Sin embargo un día, a los doce años, algo ocurrió. Tuve un sueño. En él, un atractivo niño de cabello rubio cenizo y cicatrices por todas partes lloraba la imposibilidad de considerarse humano por haber sido construido con partes de diferentes cuerpos. Yo le decía que su llanto era prueba de su humanidad, y el niño me besaba. Fue un sueño tan inquietante que al despertar sentí la imperiosa necesidad de contarlo. Así pues, tomé un cuaderno y un esfero, ubiqué a mi hermanita a mi lado en la cama, y ante sus ojos dibujé todo lo que había visto en mi cabeza mientras lo narraba. Mi hermana supo entonces el destino de aquel muchachito más allá de nuestra conversación onírica, y yo descubrí un deseo febril de compartir delirios.

Se diría que ese sueño marcó una ruptura en los intereses de Olavia Kite. Las palabras empezaron a imponerse sobre los números, las posibilidades imposibles sobre los hechos. Los cuadernos se fueron poblando de personajes y frases sueltas. A los catorce años terminé de perder todo contacto con mis coetáneos gracias a la novedad de Internet y dos cuadernos Mead rayados que en dos años se convirtieron en una novela de ciencia ficción (la cual dudo que salga de la estantería de mi alcoba en Bogotá). Las Olimpíadas Matemáticas le dieron paso al Concurso de Ortografía. Dejé de hacer tareas y empecé a pasar de cualquier manera las materias que requerían tiempo para resolver problemas. Necesitaba ese tiempo para escribir.

En el último grado de bachillerato, convencida de que mi divorcio del mundo de las ciencias acarreaba consigo una irreversible amnesia, volví a participar en las Olimpíadas Matemáticas empujada por mi profesora de cálculo. Para mi gran sorpresa, saqué el mejor puntaje del colegio. Pero ya no había vuelta atrás: el daño estaba hecho y anquilosado en el alma, y yo no participaría en la siguiente ronda. Había dejado de soñar con las luces del firmamento cuando en mis pupilas mi imaginación sintió el retumbo de un nuevo big bang.

(O en otras palabras, la joven promesa de la ciencia que alguna vez se vislumbrara en Olavia Kite se había ido para siempre, dejando en su lugar un amasijo de inquietudes gramaticales con la cabeza perdida más allá de Alpha Centauri.)


[ New Resolution — Azure Ray ]

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Baile Átha Cliath

La otra noche soñé que me disponía a viajar a Bogotá con una compañera de clases de Brunei. Ya iba llegando al aeropuerto cuando me enteraba de que mi vuelo no arrancaba desde Narita: lo haría desde Dublín.

¡Dublín!

¿Y cómo diablos iba a llegar yo a Irlanda? Jugueteaba con la idea de tomar un ferry, pero al parecer lo más sensato era tomar otro vuelo.

El problema del nuevo tiquete se resolvía rápidamente: un avión con puestos estaba a punto de salir. Pero entonces recordaba—¡no tenía visa! Sin visa no habría transbordo y sin transbordo no habría Bogotá. Para colmo, la bruneyana abría la bocota para expresar extrañeza puesto que a ella nadie nunca le había pedido una visa. "Sí, pero es que el mío es un país pobre", replicaba yo con ganas de formar una L y una J con el índice y el pulgar de cada mano, ubicarlas alrededor de su cuello y convertirlas en paréntesis cada vez más cerradas.

Entonces caía en cuenta de una cosa más, como si fuera poco: se me había quedado el pasaporte en el apartamento en Tsukuba. La idea de salir corriendo a la embajada irlandesa a tratar de obtener una visa instantáneamente se iba desvaneciendo, y mi resignación me llevaba a salir del aeropuerto hacia las calles de Tokio, sobre la bahía. De repente, ya no era la niña de Brunei quien me acompañaba, sino Azuma. En la vida real esto constituiría un gran consuelo, pero en el sueño ella simplemente me decía que quería ir a un centro comercial en Odaiba. Desde donde estábamos paradas se veía gigantesco y tentador al otro lado del mar, pero la angustia y el desánimo me invitaban a abstenerme de abandonar la empresa de regresar a casa por pasar todo un día vitrineando y jugando Taiko no Tatsujin. De todas maneras alcanzaba a meditarlo un rato—antes de despertarme con el corazón en la mano y la certeza de que nadie iría a ninguna parte, mucho menos a Dublín.


[ So Easy — Röyskopp ]

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Das orange Foulard und die blaue Luft

1.
El problema de escribir es que si no lo hago al instante, la idea se va. No he tenido sino ideas e ideas e ideas, pero cuando las pospongo (o sea, siempre) se hacen trizas como alas viejas de mariposa y resulto mirando al vacío dulcemente, cual vaca rumiando aire. Por eso nadie daría dos pesos por la publicación de mi inexistente obra. Porque es inexistente y yo no he hecho nada por materializarla.

2.
Ayer amanecí con el pelo liso. Para mi feliz sorpresa, me bañé y seguía liso. Ahora me parezco un poco más a como era yo antes de venir a Japón, sólo que después de Hiroshima he perdido el apetito inexplicablemente y he adelgazado. Esto me ha traído ciertos inconvenientes, como que la ropa se me escurre y mi busto ya no existe. Cuando vuelva la humedad al ambiente volverán las ondas que últimamente han decorado mi cabeza y han hecho que no me reconozca cuando me veo al espejo.

3.
Fui a cenar con el señor Sakaguchi a un restaurante mexicano. Me contó cómo es el museo que no quise visitar en Hiroshima. Hablamos en alemán un rato. A él le fluye, a mí no. Le enseñé un poco de español. Deseó que pudiéramos conversar fluidamente en algún idioma que no fuera inglés ni japonés para que nadie nos entendiera. Me compró un helado de yuzu. Lo abracé. Me apretó con fuerza durante el más breve de los instantes.

4.
Anoche soñé con vestidos de colores vivos, hermosos pero carísimos. Me los medía y me quedaban a la maravilla, pero no podía comprarlos todos. Recuerdo particularmente una bufanda anaranjada drapeada especialmente costosa. El instante en que abrí los ojos vi a través de la ventana el cielo más azul que mañana alguna pudiera ofrecer. Fue un contraste de colores refrescante para complementar un sueño absolutamente reparador.

Hace frío, mi pelo es liso, mi pecho plano y no puedo escribir. También le tengo miedo a la tinta china.


[ Down in Mexico — The Coasters ]

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La radionovela

La única certeza del día era el arroz con curry. El arroz había sido preparado con el esmero que requiere oprimir un botón, y el curry era uno de esos instantáneos que, a juzgar por los trozos de grasa solidificada que se deshacían entre las muelas, no debería haber pasado directamente del sobre al plato.

La noche anterior había soñado con las calles de una ciudad polvorosa al lado del mar. El sueño culminaba a la entrada de una habitación donde alguien la esperaba. La expectación que había impulsado sus pasos y que se había detenido de golpe en aquel umbral la había dejado algo descompuesta. Esa mañana, mientras despertaba, creyó equivocadamente estar abriendo los ojos en su antigua cama. Cuánta incertidumbre: la luz matutina era tan distinta cielo tras cielo, y la cama era apenas un recuerdo reemplazado por la realidad cual pieza de utilería.

"¿Te quedarías conmigo?", había dicho el héroe de la radionovela antes de ser interrumpido por una pesada y dramática orquesta mientras caía la tarde del día anterior. ¿Qué respondería la bella voz de su interlocutora? Sacudir el aparato no sacaría las respuestas; había que esperar a la siguiente emisión. Los personajes de aquella historia se habían reencontrado diez años después de una inexplicable separación para decidir el rumbo del resto de sus vidas, y los radioescuchas como ella no se resignaban a aceptar que sus rostros invisibles debían verse ajados por las decisiones mal tomadas, los desesperados saltos al vacío, las lágrimas de impotencia. En la fantasía de las ondas sonoras nada fallaba, los ojos chispeaban.

Al parecer, los vericuetos del camino habían conducido inexorablemente a la heroína de regreso a los brazos de su galán. Asimismo en el sueño, todas las calles desconocidas parecían conducir hacia aquel recinto que ella no se había atrevido a pisar. La diferencia entre el sueño y la realidad era que para cuando ella alcanzara aquel hipotético lugar, no quedaría más remedio que dar el paso y sentir la alfombra bajo los pies. ¿Nunca sintió miedo la protagonista cuando abordó aquel avión? Tras las voces cristalinas se ocultaban los gestos, los poros, la asimetría. Optar por la travesía significaba romper el hechizo de la perfección por entregas. Del otro lado del dial se conocían todas las respuestas de antemano, pero en el mundo visual lo único cierto era una sustancia marrón a medio cuajar sobre un montículo de arroz pegajoso.

El sol proyecta sombras tan distintas cada mañana, reflexionó ella mientras su mirada se tornaba hacia el cielo límpido. No valdría de nada hacer planes para el siguiente día soleado, si la luz nunca tocaría las barandas del balcón de la misma manera. Esa tarde ella no sintonizaría la radionovela.


[ Universo ao Meu Redor — Marisa Monte ]

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Cinco sueños

1.
En bus en San Francisco. Desde la ventana observo lujosos edificios de apartamentos. Se alcanza a ver que tienen lámparas de araña, cortinas blancas y cielorrasos altos. Pienso que jamás podré tener un apartamento grande en una ciudad hermosa.

2.
Paseo a San Francisco. Trato de ir a los mismos lugares que visitara con Minori en 2003, pero resulto en un hospital gigantesco donde los pacientes, ancianos en su mayoría, rezan sin parar, como resignados a esperar su muerte. Incendio en el hospital. Los pacientes calcinados parecen momias y aparecen por doquier. Abro una puerta, me abro paso por entre dos momias y de repente soy un niño de diez años jugando a la vera de un río.

3.
Vivo en un lugar laberíntico, en un barrio lleno de papelerías. Al parecer el sitio donde vivo queda en un piso alto de uno de muchos edificios cuyos primeros niveles están dedicados a estos negocios; los callejones se parecen a los que viera en Shinjuku en 2006. Inclusive los dependientes son japoneses. Sé que pronto tendré que mudarme, lo cual me aflige ya que adoro las papelerías y los intrincados corredores de este lugar están cubiertos de estanterías repletas de libros. Recorro el lugar sin rumbo fijo. Me encuentro con Gianrico en un espacio amplio, entapetado, y sostenemos una conversación. Noto que usa botas vaqueras color fucsia.

4.
He sido forzada a trabajar de hostess para un señor igualito al viejo sádico de L'Histoire d'O, quien a su vez se parece a Julio Del Mar. Mis amigas del colegio están ahí también y comentan que ninguno de los bikinis disponibles para que nos pongamos me quedan. "Necesitas un bikini muuuuy grande", me dicen. No estoy dispuesta a venderme y estoy angustiada. El viejo sádico me regaña por quejarme, y yo le digo que cuando me examinaron "me tocaron como a una mesa". Pido permiso para ir a una droguería y conseguir Veet para depilarme las piernas. Mi cliente, estudiante setentero de Yale, canta "Hablemos del amor" de Raphael y pregunta por mi veredicto. Le digo que Raphael canta mejor. Me alivia enterarme de que mi cliente sólo quiere que cante bolero para él y sus amigos. Aún así, estoy obligada a ponerme el dichoso bikini, pero el viejo sádico y el cliente setentero me interrumpen repetidas veces, ya sea para regañarme o para contarme anécdotas.

5.
Nado en una piscina natural dentro de una gruta a la que le llega la luz del sol desde arriba. Me sorprendo de mi propia habilidad en el agua. De pronto alguien me hace notar que la piscina está llena de ratas muertas. Con más asco que terror procuro evadir sus peludos y grises cadáveres mientras salgo de ahí.


[ Fallen Angel — Elbow ]

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Un día entero

Anoche soñé que me encontraba a la espera de ser ejecutada. La próxima semana moriría a manos de la justicia por causas desconocidas. Aparentando calma jugueteaba en mi mente con la posibilidad del suicidio para evadir el pelotón, o lo que fuera que acabaría con mi vida. Para Himura el asunto no representaba mayores angustias: la condena estaba ahí y había que enfrentarla. Me encontraba con una niña del curso (de todas las niñas del curso, justo una con quien no hablé mucho: la que se casó y se fue a Suiza) y le escribía un mensaje sobre un objeto de madera mientras le hablaba de lo afortunada que era al contar con el lujo de poder hacer planes a largo plazo. La idea del dolor y de la nada que le sucedería me aterrorizaba, pero yo aún sonreía. El dolor, ¡el dolor! Un dolor por encima de todo dolor jamás experimentado, y luego... ¿y luego qué?

Entonces tuve otro sueño. Entraba en un baño público de piso de piedra arenosa, pero la cabina que tomaba tenía un defecto: aunque cerrara la puerta, cualquiera podría verme de todos modos, pues el sanitario estaba localizado frente a una pared faltante al lado de la puerta inútil. De repente me encontraba con el hermano de Himura y le decía que estaba encantada de verlo pero que por favor me esperara un momento puesto que estaba recién bañada y envuelta en una toalla y debía vestirme. Lo extraño es que en ambas situaciones yo no experimentaba vergüenza.

Desperté y eran las once de la mañana. Me bañé, no me demoré mucho eligiendo la ropa para ponerme, busqué un gancho de pelo en forma de mariposa comprado en un stand chileno de Expoartesanías que al final decidí dar por quedado en Japón, arreglé mi cama, bebí un par de sorbos del café moka que mi papá olvidó tomar, confirmé que mi tarjeta de extranjería japonesa aún existe y salí de la casa. En el barrio hay una nueva tienda y una nueva peluquería. En la casa Rosada Günther Grass estaba escuchando boleros. Como tenía el tiempo justo, decidí no tomar el E-10 sino un bus que prometía dejarme frente a la Universidad Nacional sin pasearme por la Avenida Rojas. Ya sentada agradecí la falta de trancones en la Calle 68 y me puse a evadir el reggaetón con el iPod. Sonó "Dreams", de The Cranberries. Creo que esa canción le gustaba a Minori. Pensé en la corbata floja de Minori esa noche en la estación de Ueno y el bus salió a la Avenida Boyacá. Pedro Infante. Una versión que no me gusta de "Cien años". Una anciana le gritó al conductor que se detuviera y un señor le advirtió que debía timbrar. La anciana se bajó y advertí la lentitud con la que se movía el vehículo. Al fin la 26. Llegué a mi destino bastante pronto, aunque no dejé de atrasarme unos 10 minutos.

Me gusta buscar a Himura entre la multitud mientras cruzo el puente. Antes era más fácil: el calvo resaltaba sobre el gris del andeén. Ahora debo pensar en una pose particular, el vestido, la forma de caminar. Márquez tenía una forma muy peculiar de caminar que se reflejaba en el inusual desgaste de sus zapatos. Bueno, ahí estaba Himura con la chaqueta que tenía aquella mañana en la que fuimos a desayunar tamal y yo teniá el pelo recién teñido de negro azul. No sabía si alcanzaba a verme desde esta distancia, pero igual le sonreí. Nos sonreímos.

El almuerzo del día consistió en unos sándwiches que vendían cerca de la entrada de la universidad. El mío era árabe pero me quedaron debiendo el tahine del que hablaba el menú. Luego hubo que atravesar la universidad para que Himura reclamara su recibo de pago. Sobre unas canchas asfaltadas se veían las nubes móviles de los charcos que se evaporaban rápidamente. Me gusta cuando Himura señala fenómenos así. Me gusta su modo de disfrutar las cosas sencillas, como cuando me acompañó a probar todos los timbres de Homecenter.

A la vuelta cantamos "O quizás simplemente le regale una rosa" de Leonardo Favio. Tomé un par de fotos en la plazoleta El Che y salimos. El bus hacia la casa de Himura estaba encerrado y horriblemente sofocante, así que paramos en la fábrica de La Campiña y nos comimos un helado de tres sabores con soft cream. La última vez que estuve allá fue cuando mi papá nos llevó en el viejo carro verde. Creo que comí helado de chocolate, como el que dieron en mi primera comunión. El rollo de helado también habría sido una buena opción esta tarde, dado que me daba mi abuelita me solía comprar uno con crema de leche y dulce de mora en Unicentro. Todo está plagado de recuerdos, como el hogar de Himura.

El lugar donde Himura reside parece un museo cuyos objetos han perdido sus respectivos rótulos. Se sabe que todo hizo parte de otro conjunto alguna vez, pero poco a poco ese significado original se ha perdido, y sólo queda el mueble oscuro, el juguete acumulando polvo, un post-it con verbos en alemán. Esta vez no hubo ocasión para inspeccionar el cuarto del hermano, pero un cerebro de animal desconocido en formol dio prueba de que allí moraba una copia exacta de Himura con gustos radicalmente distintos de los de su hermano mayor.

Una llamada de mi madre fue la señal de partida de aquel mundillo de luz tenue y libros por todas partes. Era hora de visitar al odontólogo de confianza, un cartagenero que le habla a mi mamá mientras me deja los dientes como nuevos. Me gusta escucharlo. Al final de la sesión Himura estaba un poco irritado, pensando que dejaríamos esperando a mi padre, ya que habíamos quedado de encontrarnos a las 7pm y esa hora ya había pasado cuando aún se escuchaba el ruido de las maquinitas que deshacían y rehacían el esmalte del contenido de mi boca. Sin embargo, Himura no contaba con que mi mamá ya le había avisado a mi padre sobre nuestro retraso.

Llegamos en taxi al punto de encuentro y de ahí partimos para Sara's, donde comimos nachos, como siempre. Nos tomamos varias fotos y decidí que la próxima vez tomaría horchata en vez de agua de flor de jamaica. Acabada la reunión, Himura se fue caminando hacia el occidente mientras nosotros nos fuimos en taxi a la casa.


[ Wake Up Alone — Amy Winehouse ]

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