Doblepensar

El blog favorito de la mamá de Olavia Kite.


El Mar Interior

No sé cómo explicar lo que me pasó en estos días. Hoy desperté no sé a qué hora y hacía frío. No hacía frío cuando me fui. Cuando me fui a dormir. Cuando tropecé y caí en el abismo—el negro café morado naranja bolitas y estrellas—las luces de Purkinje—

Podría empezar por hablar de lo que vi. Números en el agua dentro de una casa oscura. Una habitación escondida que contiene una catarata. Un iglú de cuyo piso brotan gotas de agua que corren solas como mercurio. Una isla con olivos en todos los andenes. Las olivas sin encurtir son amargas. なめるだけでわかる。Calabazas gigantes en las playas. El ático de una casa vieja. Las paredes se están descascarando—hay algo tras el estuco—papel de envoltura de Matsuzakaya—"thank you"—orquídeas—hojas de un periódico—Eisenhower—アイゼンハワー—buscamos la fecha desesperadamente por todo el cuarto—1949. La oscuridad. El café yemení. Parezco mitad japonesa y mitad árabe, me dicen. Dos de las tres tiendas de este lado de la otra isla están cerradas por un funeral. Ya no hacen los funerales así, dice ella mientras pasamos por delante de una procesión con muñecos de papel. Les archives du cœur. La sala de espera del cielo. Un cuadro plano azul brillante en el que se puede entrar. No se conoce el fondo de las cosas. Walter de Maria. Cruzar el umbral y encontrarse en un sueño jodorowskiano. Las escaleras y la bola gigante y los palos dorados. Tadao Ando. Monet. Cuando me muera todo será como el Museo de Arte de Chichu.

También podría hablar de Yurika. Yurika y su risa y sus muecas. Ella me invita a bañarnos juntas porque el baño público de la isla también es una obra de arte. Lo que se sugiere versus lo que se muestra. Mi modo de vestir es bastante atrevido para los estándares japoneses. Hay un elefante sobre el muro. Me explica cómo se mata un pulpo. Le explico la operación de reasignación de género a partir del proceso de matanza del pulpo. Le cuento mis pasajes favoritos de El mono desnudo. Bicicletas prestadas. Subir colinas, bajar colinas. Con ella pierdo por completo el miedo a hablar en japonés.

Y acordarme de Yoji, nuestro anfitrión. Vivió en el País Vasco y ahora nos prepara lentejas. Toma la guitarra. La voz. La voz. La voz. If a fiddler played you a song, my love, and if I gave you a wheel, would you spin for my heart and my loneliness? Las versiones originales no le hacen justicia a lo que él hace. 神田川。"Kandagawa" no es lo mismo si no la canta él. Quiero que siga cantando. Quiero que no deje de cantar en mis recuerdos. "Tsukuba es lo que hay el día después del fin del mundo". Le gusta mi frase, se la repite a todos. Invita a un amigo. El amigo tiene los pies más horribles que yo haya visto jamás. Trae una guitarra bonita. Es un virtuoso. Toca canciones de los Beatles y yo las canto. Hacemos un dúo guitarra-ukulele para "Love" (la de John Lennon). Yoji nos cuenta que la canción fue inspirada en la simpleza del haiku. ¿No podré cantar así por siempre? ¿No podré cantar aquí por siempre?

どこでも
どこへも

Okayama. Himeji. Kobe. Yokohama. Tokio. Pestañeos vistos por un resquicio. Y de repente se acaba, inexplicable como todos los sueños. Hace frío.


[ Meditação — João Gilberto & Caetano Veloso ]

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En orden de importancia

Hace dos años entregué tarde un trabajo para la profesora que después sería mi jefa de TA. No había excusa, simplemente me fui a un concierto de Billy Joel en vez de hacer el trabajo. Supongo que la nota baja me la puso solo por el dolor de saber que para mí Billy Joel era más importante que su clase. Y bueno, la verdad es que Billy Joel sí es más importante que muchas cosas. Ya había sido más importante que mi examen final de historia de Japón en Tokyo Gaidai, el que decidiría si al fin habría que enviarme a Shimane a orear calamares por cuatro años. Pude haber terminado aislada del mundo por allá quién sabe en qué arrozal, pero afortu—ah.


[ Freedom — Erasure ]

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GCEA

Aprender a tocar un instrumento nuevo es como aprender un nuevo idioma. Ayuda haber aprendido un [instrumento/idioma] parecido antes, pero uno inevitablemente incorpora [acordes/vocabulario] del [instrumento/idioma] equivocado de vez en cuando. Al menos eso me pasa a mí: me confundo al hablar, me confundo al tocar. G en ukulele se toca igual que D en guitarra. Ima ("ahora" en japonés) suena como immer ("siempre" en alemán).

Mis manos pequeñitas parecen haberse adaptado rapidísimo al ukulele, y ahora la guitarra se me antoja gigantesca. Me pregunto cómo sería si en este momento retomara el bajo. Se sentiría kilométrico, seguramente. Recuerdos de colegio, de los pocos buenos que hay. Prácticas eternas en las tardes. Callos. Tengo tres nuevos en los dedos de la mano izquierda. Cuando estoy lejos de casa me los palpo, compruebo su insensibilidad con las uñas y noto cómo esta nueva adicción invoca pedazos de mí que creía perdidos. Tengo catorce años y felicidad infinita en el aislamiento.


[ How Can I Tell You — Cat Stevens ]

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Ukulele

Tengo un ukulele.

Ahora puedo pasar las tardes feliz como esos jóvenes que vi en Guam sentados a la entrada de un edificio. Charlaban mientras uno de ellos tocaba y yo quería esa felicidad tan simple. He querido esto desde hace tanto, desde Hawaii, desde Nellie McKay.

No ha pasado un día y ya puedo tocar tres canciones.

Soy inmensa pero inmensamente feliz.


[ Don palabras — La maldita vecindad ]

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Acetato

Estoy tratando de simplificar posts, a ver si al fin dejo de demorarme siete horas en una burrada. Son siete horas para escribir "se acabó mi crema dental sabor a kiwi dorado y, como ese sabor lo descontinuaron, me tocó comprar una sabor a limón tropical o algo así". Dieciséis horas para este elegante tratado:
Se acabó mi crema dental sabor a kiwi dorado y, como ese sabor lo descontinuaron, me tocó comprar una sabor a limón tropical o algo así. Me molesta mucho que en Japón todo lo vivan descontinuando. El otro día me encontré una chocolatina con caramelo y sal y era lo mejor del universo, pero cuando fui a comprarme una segunda ración, la habían descontinuado. También ocurrió con la cocoa que vendían cuando vivía en Tokio. Fue un amor que duró lo que duré en esa ciudad. Y la chocolatina de fresa (¡70% fresa!) solo la venden en febrero. Como verán, solo me preocupo por las chocolatinas. Sin embargo, ha sido lo mismo con mi jugo de ciruela favorito, las camisetas bonitas de Uniqlo, el bento de anguila en el combini, las cremas que huelen rico, los accesorios de Banao, el jugo de maracuyá, el modelo a escala del USS Enterprise, la tarjeta de cumpleaños que compré y no llené y no envié. En cambio las cosas fomes, esas las venden todos los santos días. Y entonces uno se tiene que conformar con las papas con sabor a nada y el bento de arroz con pescado de Fisher-Price. ¿Qué quieren de nosotros los japoneses? Naturalmente, que nos llenemos de angustia por la inminente desaparición de las cosas y nos hagamos a ellas ya.
Pero en realidad no quería hablar de eso. Quería hablar de mi nuevo disco de acetato. Me compré el Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band a un precio muy razonable—o al menos a mí me parece muy razonable para ser un disco de los Beatles de verdad. Y no, no son doscientos dólares. En todo caso, no puedo ponerlo a sonar porque en esta casa no hay tocadiscos. Tampoco hay mesas ni más de dos cucharas, pero esa es otra historia. Estoy muy contenta porque nunca pensé que llegaría siquiera a ver un disco de acetato original de mi grupo favorito de todos los tiempos y de pronto, ¡tan! Helo aquí, en mis manos. Así de fácil. Cuando vuelva a mi casa en Bogotá, lo guardaré al lado del Let It Be de mi mamá y lo pondré a sonar cuando vengan los invitados especiales.


[ Don't Go Breaking My Heart — Elton John & RuPaul ]

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Standing Ovation

Para empezar de una vez con un cliché, diré que hoy fue un día muy especial. El motivo: gracias a una iniciativa de la profesora de francés, yo tendría la oportunidad de tocar una canción frente a un pequeño público. Podría haber hecho cualquier otra cosa —recitar un poema, contar un cuento—, pero yo estaba decidida a llevar mi guitarra y cantar.

No sé si haya mucho que decir sobre la presentación en sí. Canté "Sympathique", de Pink Martini, un poco más rápido que la versión original. Por el rabillo del ojo podía ver a mis compañeras siguiendo el ritmo con los pies y agitando la cabeza hacia los lados como los Beatles en sus inicios. No podía creerlo. No obstante, no hubo tiempo para digerir aquella visión: el salón se había desvanecido alrededor de la silla donde yo le arrancaba un par de acordes a esta amiga mía. Cuando terminé, el mundo se resquebrajó en el largo trueno de un aplauso acompañado del aullido de muchas bocas. Pocas veces se ve a los japoneses tan entusiasmados, en especial mi profesora que no paraba de alabarme. ¿Cómo saber que esta había sido una simple presentación de clase y no un minúsculo concierto? Volví a mi casa sin saber qué hacer conmigo tras este estallido de la más pura dicha.

Sin embargo, horas después me invadió una sensación de tristeza cuya causa me eludió hasta que me di cuenta de que hasta entonces no recordaba en absoluto la sensación de cantar frente a una audiencia, algo que me era bastante familiar hace años. Entonces me golpeó una horrible certeza: esta había sido la primera y última vez que hiciera algo tan satisfactorio, la primera y última vez que el campus de Tsukuba viera una sonrisa tan radiante en mi rostro. Ahora que el sol se ha puesto y las carrozas han vuelto a ser calabazas yo vuelvo a zurcir sueños en silencio. He recordado que lo que más me gusta hacer en la vida es cantar, pero ¿para qué? Mientras permanezca en este archipiélago, mi voz no volverá a salir del último apartamento del último piso de un edificio cualquiera en el barrio Kasuga.


[ Over the Valley — Pink Martini ]

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2009

El año que empezó emprendiendo la retirada de Vietnam se acaba soleado y sosegado en mi apartamento. Tiene pinta de haber sido el año más emocionante de mi vida hasta ahora. Creo que es porque ha sido el año en que finalmente he abierto los ojos para reconocerme completa, viva, corpórea.

Pasaron tantas cosas, tantos lugares, tantas personas. Sonreí y quise y reviré y dije adiós. Desperté. Me liberé de las cadenas que me tenían dando vueltas en la cama, obsesionada hasta la furia con un rompecabezas de más de dos mil piezas de un cuadro de Mucha. Podé las partes de mi vida que me molestaban, saboreé el silencio y por primera vez no me supo amargo.

Del año quedan detalles esparcidos, trozos brillantes de espejos reflejando miles de colores. Una miga de tartaleta en el brazo del boticario. Mis pies al fondo del tibio mar de esmeralda en Waikiki. Un ave alzando vuelo desde la cúpula de la bomba atómica en Hiroshima. La voz de Ovidio susurrando mi nombre. Las luces extáticas iluminando entre rugidos a Alex Kapranos. El radiotelescopio al atardecer. El hallazgo a tientas de una moneda de Arhuaco. La fría oscuridad de la inconsciencia en el baño de mi apartamento. La mirada cansada de Minori. El cielo imposiblemente azul bajo el que abrí los ojos para hallar a Cavorite a mi lado.

Tintinean los fragmentos con el viento que los arrastra para dar paso a recuerdos nuevos. Ahora miro a través de la ventana: amanece. Los rayos anaranjados se explayan sobre un edificio en la distancia y me encandilan; es una mañana más de las que quisiera que él viera conmigo. Ya vendrá el momento.

Y ahora, 2010.


[ Close Your Eyes— Basement Jaxx ]

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Overpaid

Ayer el TA de francés (que también es una especie de supervisor de TAs extranjeros) nos convocó a mi jefa y a mí a una reunioncilla después de una de las clases en que trabajo. Tras listar un par de nimiedades burocráticas, el señor mencionó que probablemente me están pagando de más. Esto obviamente no lo hizo de manera directa, sino que casualmente preguntó: "¿Está bien que le paguen esa cantidad?" Confusa le dije que suponía que sí y mi jefa agregó que tal vez incluso deberían darme más. Entonces el señor soltó la bomba: los de la universidad estaban pensando que probablemente mi sueldo era excesivo. Este comentario y sus posteriores intentos inútiles de explicarlo estuvieron acompañados todo el tiempo de aquella pregunta, como si de una absurda letanía corporativa se tratara. Hasta entonces yo venía traduciendo lo que el TA me decía en japonés a inglés para que mi jefa entendiera, pero de repente estuve convencida de que no estaba comprendiendo nada. Entonces mi jefa lo instó a hablar en una lingua franca:
"Tu parles français, n'est-ce pas?" (Tú hablas francés, ¿no?) dijo ella.
Él soltó una risita avergonzada.
"Est-ce que tu penses que je devrais recevoir moins?" (¿Acaso piensas que debería recibir menos?) protesté yo.
El señor no se atrevió a abandonar el japonés (¡pese a que hace un par de semanas sí fue capaz de sostener toda una conversación conmigo en francés!). Adujo que soy la única que gana lo que gano, que los demás no reciben tanto, que sí, eso fue lo que me prometieron pero que "¿de verdad le parece bien ganar todo eso?"

Odio odio odio esta maldita manía de los japoneses de forzar su punto de vista sobre uno. Tienen que lograr a como dé lugar que yo consienta algo a lo que me opongo para lavarse las manos y dejarme el bulto a mí. Pero, ¿¡a quién se le ocurre tratar de convencer a un empleado ya contratado de que demande que cambien las condiciones de su contrato!? ¡¿Esperan acaso que yo realmente les pida el favor de que me paguen menos?! Claro, es que esos billetes ya los tengo repetidos; mejor se los devuelvo.

En la noche fui al concierto de Franz Ferdinand en Tokio. Toda la bilis se evaporó en aullidos y saltos, en el ensueño de la figura lejana de Alex Kapranos y su voz que se me metía por las botas de los pantalones y salía por el cuello y las mangas de la camiseta. Salí del Tokyo International Forum con la sensación de tener dos cilindros largos por orejas, el corazón en una especie de estado post-orgásmico y las manos en los bolsillos de la chaqueta verde. Los edificios estaban iluminados como si en el vidrio y el metal se resumiera toda la belleza del mundo. En los restaurantuchos bajo la vía férrea había salarymen cuchareando las cenizas de su ánimo y ayudantes de cocina que me veían pasar mientras lavaban utensilios. A través de una vidriera se veía una cajera anciana con los ojos fijos en la nada oscura. El clima era sumamente agradable. Entonces maldije a Japón por hacerme enamorar de él cada vez que lo odiaba.


[ This Fire — Franz Ferdinand ]

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十年前の自分

Hace 10 años estaba escribiendo una novela.
Hace 10 años aprendí a tocar bajo.
Hace 10 años pintaba en acuarela y tinta china.
Hace 10 años me pasaba las tardes componiendo canciones.
Hace 10 años canté un solo en portugués con el coro del colegio.
Hace 10 años empecé a aprender portugués por mi cuenta.
Hace 10 años arreglar el computador de la casa era un excelente plan de fin de semana.
Hace 10 años la otra fan de los Beatles del curso me regaló un casete con canciones de John, Paul y George en solitario.
Hace 10 años cambié las gafas por lentes de contacto.
Hace 10 años conocí la nieve y la odié.
Hace 10 años me quedé dormida escuchando el Bridge Over Troubled Water de Simon & Garfunkel en un Greyhound.
Hace 10 años me prometí a mí misma que volvería a Chicago algún día.
Hace 10 años fue la masacre de Columbine.
Hace 10 años una profesora me llamó "tragona" por pedir un sándwich grande en Subway y comérmelo todo.
Hace 10 años nadie quería bailar conmigo en las fiestas.
Hace 10 años se suicidó un amigo y ya no recuerdo su cara.

(Fue por esto, más o menos.)


[ Someone Saved My Life Tonight — Elton John ]

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James Brown


























(imagen tomada de acá)


[ Pretty (Ugly Before) — Elliott Smith ]

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The Mind's True Liberation

Se reconocen los beneficios de vivir en completa soledad cuando se ha pasado toda la tarde y toda la noche y toda la mañana alternando dos versiones de una misma canción sin haberse detenido ni un instante a pensar en el bienestar auditivo y mental de alguien más.


[ Aquarius — Hair, Original Broadway Cast / Original Motion Soundrack ]

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Koristamine

El disco duro de mi computador se ha llenado por completo. A falta de dinero para un nuevo computador y de voluntad para una nueva unidad externa, he tenido que recurrir a la eliminación sistemática de archivos innecesarios. Como no he tenido el valor de hacer un arrasamiento a lo castigo de Yavé, la medida debe ser tan efectiva como limitarse a pasar la esquina retorcida de un trapo por entre las rendijas de los baldosines del baño. No sé dónde viven los archivos realmente prescindibles, pero yo tiendo a echarle la culpa a la música, que crece como los fríjoles de rosa veteado que mi mamá dejaba toda la noche remojando en un recipiente verde limón.

Antes de borrar una canción me dirijo a su respectivo contador de reproducción en iTunes y, si el número es de un solo dígito, la escucho a ver si es que he venido ignorando una joya o si definitivamente me da lo mismo que suene o no. Una opción rápida para la condena de archivos es notar su existencia y lo mucho que me aburren cuando el aparato está en modo aleatorio. Ahí no hay que pensarlo dos veces. Uno deja a un lado el libro que venía leyendo, salta al escritorio y hunde delete.

Últimamente han desaparecido temas que, si bien no me gustaban, me parecían chistosos. Me pregunto de dónde habrá salido ese afán de mantener música risible si escasamente la escuchaba. Todo está desperdigado como balines de un viejo disparo: ritmos caribeños inclasificables, música instrumental de propiedades somníferas, bandas sonoras malas de series buenas. De repente todo es claro: esas canciones estaban ahí única y exclusivamente para fastidiar a Himura.

Ya no recuerdo qué era lo que tanto le molestaba fuera de los Village People, que en todo caso eran contribución suya. Creo que cuando me confesó que le gustaban estábamos en su cuarto sin ventanas, y yo no podía creer que alguien pudiera disfrutar ese grupo más allá de las fiestas donde la sigla YMCA explota de todos los brazos. Lamento haber arruinado ese pequeño amor con mi imitación de baile de stripper gay y mi voz de transexual pero qué más da, si para ese entonces ya todo le fastidiaba.

Ahora no queda mucho de esa era en mi computador, pero de cuando en cuando emerge de las profundidades una canción olvidada, un chiste interno en una burbuja de la que no queda ni el jabón salpicado en las paredes y las narices. Es como hacer limpieza en la casa y toparse con restos de una fiesta celebrada hace mucho tiempo. Ahí, detrás del sofá, se encuentran unas serpentinas sucias y dobladas en todo tipo de ángulos como réplicas baratas de esculturas de Édgar Negret que alguna vez volaron en eufóricas espirales.


[ A contratiempo — Ana Torroja ]

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The Food of Love

Aunque no lo crean, se puede ver música en cualquier parte. No videos musicales, no; música.

Arhuaco ve música en los números de una conjetura sin resolver.

Este señor ve música en los pájaros que se posan en los cables de la electricidad.

No siempre nos damos cuenta pero todo, todo es susceptible de llevarnos a una melodía. Todo nos arrastra hacia aquellos instantes en los que el aire danza como las briznas de susuki hasta tocar nuestros tímpanos y agarrarnos el corazón como una mano incrustada en nuestro pecho. Lo mejor es que, inconformes con la brevedad de aquel dolor, lo repetimos una y otra vez.

La música está en todas partes, pero solo por si acaso, yo siempre la llevo en mi cabeza.


[ 幻想の花 — BUCK-TICK ]

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Never Can Say Goodbye

Ayer Yin, Azuma y yo fuimos a Shimokitazawa en Tokio en busca de un vestido que necesito para la próxima semana. Fue una búsqueda algo ardua pero afortunadamente fructífera pese a lo específico de mi pedido.

Estábamos volviendo ya a la estación de tren cuando notamos que en la calle había mucha gente congregada en torno a la vitrina de una tienda: estaban absortos viendo un video de Michael Jackson.


[ Don't Say Goodbye Again — Michael Jackson ]

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