En el Magdalena Medio las casas tienden a verse medio derruidas por cuenta de la humedad o no sé qué cualidad salvaje del ambiente. Todo amenaza con tragarse los inmensos esfuerzos del ser humano por asentarse en hostiles parches verdes a la vera de los ríos. En el caso de Armero, la reconquista de la naturaleza fue completa y cruelmente exitosa.
Meses después de la tragedia, según cuenta un amigo, al pasar de noche en auto por el antiguo pueblo y hacer cambio de luces se revelaban brazos emergiendo de lo que ahora era el suelo como retoños macabros de un nuevo campo de silencio. La esposa del taxista que nos llevaba cuando pasamos por ahí hablaba de cuerpos colgando de los árboles. Se habían aferrado a sus ramas pero resultaron quemados por el lodo. A orillas de la carretera hay gigantescas rocas cuya presencia solo se entiende al saber que llegaron esa noche por el mortal camino del lahar. Las miles de cruces han ido desapareciendo, ladeadas entre los matorrales como si se hubieran cansado y resignado al olvido.
Hoy en día Armero es un gran pastizal de brillante berilio gracias a los oportunistas que fueron cercando las huellas del que hasta 1985 fuera uno de los municipios más prósperos de la región. Entre las ruinas que quedan se encuentran sentados vendedores de discos piratas con documentales sobre la catástrofe, calmados como si de cualquier paraje tolimense se tratara. Junto a ellos están los árboles que se han abierto paso entre las salas, los dormitorios, los segundos pisos, las letras de pintura pelada invocando la paz y el próspero futuro de un lugar que ya no es.



[ Soledad — Jorge Drexler ]
Meses después de la tragedia, según cuenta un amigo, al pasar de noche en auto por el antiguo pueblo y hacer cambio de luces se revelaban brazos emergiendo de lo que ahora era el suelo como retoños macabros de un nuevo campo de silencio. La esposa del taxista que nos llevaba cuando pasamos por ahí hablaba de cuerpos colgando de los árboles. Se habían aferrado a sus ramas pero resultaron quemados por el lodo. A orillas de la carretera hay gigantescas rocas cuya presencia solo se entiende al saber que llegaron esa noche por el mortal camino del lahar. Las miles de cruces han ido desapareciendo, ladeadas entre los matorrales como si se hubieran cansado y resignado al olvido.
Hoy en día Armero es un gran pastizal de brillante berilio gracias a los oportunistas que fueron cercando las huellas del que hasta 1985 fuera uno de los municipios más prósperos de la región. Entre las ruinas que quedan se encuentran sentados vendedores de discos piratas con documentales sobre la catástrofe, calmados como si de cualquier paraje tolimense se tratara. Junto a ellos están los árboles que se han abierto paso entre las salas, los dormitorios, los segundos pisos, las letras de pintura pelada invocando la paz y el próspero futuro de un lugar que ya no es.



[ Soledad — Jorge Drexler ]
Etiquetas: colombia, kunstmacher, viajes

Hace poco me di cuenta de que puedo hablar japonés. No muy bien, pero puedo. Bueno, se supone que eso ya se sabía desde que salí del silencio impuesto por el terror que se había apoderado de mí en Tokio. Sin embargo, también me di cuenta de que lo poco del idioma que tengo instalado ha acaparado todo mi disco duro, dejando por fuera los pedazos de francés, alemán y portugués que otrora cargara. Alguna vez en mi vida también hubo latín y chino.
En el mariposario de Calarcá estuve fungiendo de traductora simultánea para una pareja europea que se fue sin ver el bosque del jardín botánico porque no querían que se los tragaran los mosquitos de las seis de la tarde. El señor era británico y la señora, francesa. Yo les hablaba en inglés mientras ellos hablaban en francés entre sí. Me dio rabia no entender casi nada de lo que se decían. Cada vez que quise balbucear algo en francés las palabras aparecieron en mi mente en japonés, así que tuve que callar. En Japón el francés me sale bastante bien y me dan muchas ganas de hablarlo. A veces hablo sola en francés en mi apartamento. No me pidan demostraciones.
El día antes de la partida de Ovidio me reuní con Asai Sensei. Asai Sensei fue mi segundo profesor de japonés en Colombia. El primero fue Ariza Sensei, un colombiano tan loco como sabio y cuya visión de Japón solía yo tomar por errónea y exagerada hasta que aterricé allá. Hablamos en japonés mientras tomábamos una cosa de café horrible al lado de Carlos Muñoz (sí, ahí en la mesa del lado estaba el actor), y noté que todo fluía, que muy pocas veces necesitaba ayuda con el vocabulario. Luego el sensei me acompañó al Planetario Distrital a esperar a mi astrofísico favorito y la conversación siguió hasta que me preguntó si de casualidad el sujeto que estaba entrando al recinto con cara de búsqueda era quien yo esperaba.
Me pareció simpático ver cómo a la despedida Ovidio insistió en darle la mano mientras él hacía la venia. "Claro, vive en Europa", pensé. Yo, en cambio, no hago sino agachar la cabeza cual perrito de taxi. Me pregunté qué pensaría él al oírme hablar en ese idioma extraño. Me gustó que hubiera tenido que oírme hablar en ese idioma extraño.
No sé a qué venía todo esto. Ah sí, a que por primera vez el japonés no se me ha olvidado en el transcurso de las vacaciones. Y a que soy la peor trabajadora que la alcaldía de Tsukuba haya visto en toda su historia.
[ Don't Point, Don't Scare It — Butterfly Boucher ]
En el mariposario de Calarcá estuve fungiendo de traductora simultánea para una pareja europea que se fue sin ver el bosque del jardín botánico porque no querían que se los tragaran los mosquitos de las seis de la tarde. El señor era británico y la señora, francesa. Yo les hablaba en inglés mientras ellos hablaban en francés entre sí. Me dio rabia no entender casi nada de lo que se decían. Cada vez que quise balbucear algo en francés las palabras aparecieron en mi mente en japonés, así que tuve que callar. En Japón el francés me sale bastante bien y me dan muchas ganas de hablarlo. A veces hablo sola en francés en mi apartamento. No me pidan demostraciones.
El día antes de la partida de Ovidio me reuní con Asai Sensei. Asai Sensei fue mi segundo profesor de japonés en Colombia. El primero fue Ariza Sensei, un colombiano tan loco como sabio y cuya visión de Japón solía yo tomar por errónea y exagerada hasta que aterricé allá. Hablamos en japonés mientras tomábamos una cosa de café horrible al lado de Carlos Muñoz (sí, ahí en la mesa del lado estaba el actor), y noté que todo fluía, que muy pocas veces necesitaba ayuda con el vocabulario. Luego el sensei me acompañó al Planetario Distrital a esperar a mi astrofísico favorito y la conversación siguió hasta que me preguntó si de casualidad el sujeto que estaba entrando al recinto con cara de búsqueda era quien yo esperaba.
Me pareció simpático ver cómo a la despedida Ovidio insistió en darle la mano mientras él hacía la venia. "Claro, vive en Europa", pensé. Yo, en cambio, no hago sino agachar la cabeza cual perrito de taxi. Me pregunté qué pensaría él al oírme hablar en ese idioma extraño. Me gustó que hubiera tenido que oírme hablar en ese idioma extraño.
No sé a qué venía todo esto. Ah sí, a que por primera vez el japonés no se me ha olvidado en el transcurso de las vacaciones. Y a que soy la peor trabajadora que la alcaldía de Tsukuba haya visto en toda su historia.
[ Don't Point, Don't Scare It — Butterfly Boucher ]
Etiquetas: colombia, francés, idiomas, japonés, ovidio, tsukuba

Buen día, señor boticario
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy miércoles, julio 15, 2009 a las 9:35 p. m..
Lo primero que hice al regresar a Colombia fue salir a comer ajiaco con Márquez, uno de mis mejores amigos y buen conocedor de mi adolescencia. Lo segundo fue ir a una farmacia a comprobar la existencia del misterioso boticario que se me aparecía cada noche a medianoche para hablarme de Claudine Longet y de las propiedades terapéuticas del banano.
Márquez parqueó su auto justo enfrente de un escaparate lleno de perfumes, una tienda con el techo rebosante de mercancías de plástico que un sujeto de camiseta morada intentaba bajar trepado sobre una butaca—o tal vez eran unas escalerillas, no me fijé. Era una camiseta morada con gafas de marco negro grueso. La pinta estaba tan fuera de lugar que tenía que ser él.
El plan de acción era pasar frente a la puerta, detallarlo brevísimamente y emprender la huida. La coartada: mi celular sin minutos. Seguro en la papelería del lado venderían tarjetas prepago. Buenas, ¿tiene tarjetas de celular? No, pero en la droguería sí hay. Rayos. Márquez se retiró grácilmente.
En el viejo local, sola en mi ridícula empresa, me aproximé a un hombre de bata blanca y le hice mi pedido. De inmediato él llamó el nombre de mi otrora interlocutor nocturno. Oh, no. Entonces sentí una mano en mi brazo, y frente a mí pasó una sonrisa completamente nueva, aunque sus ojos expresaban haberme visto mil veces ya. Con tono socarrón me preguntó por mi supuesto acompañante. Reparé en su barba dispareja. La tienda se llenó.
Una pareja pidió la insólita combinación de Aciclovir y condones. Aguanté la risa frente a una estantería llena de camioncitos mientras el boticario explicaba la diferencia de precios entre el Aciclovir de marca y el genérico y le entregaba a la pareja una caja repleta de preservativos de todas las variedades para que escogieran. En algún punto del intercambio con los clientes él sacó un libro y me lo mostró—La insoportable levedad del ser, de Kundera. No recuerdo con qué gesto contesté, supongo que sonreí. "No te vayas", me dijo. Me quedé un rato más, mirándolo de reojo. Nunca dejó de parecer un librero invitado a atender una farmacia por un día.
Finalmente, frustrada por la afluencia de clientela y la imposibilidad de sostener el más ligero asomo de conversación, tuve que regresar al carro de mi amigo. El boticario me dio un abrazo más bien guango y me fui.
Las probabilidades de volverlo a ver serían mínimas. Tarde o temprano su voz perdería claridad y cuerpo—se aplanaría hasta quedar convertida en simples palabras escritas. El rostro a medio afeitar, la sonrisa pícara, la mirada tímida, se diluirían pronto en el olvido.
¿O no?
[ Until It's Time for You to Go — Claudine Longet ]
Márquez parqueó su auto justo enfrente de un escaparate lleno de perfumes, una tienda con el techo rebosante de mercancías de plástico que un sujeto de camiseta morada intentaba bajar trepado sobre una butaca—o tal vez eran unas escalerillas, no me fijé. Era una camiseta morada con gafas de marco negro grueso. La pinta estaba tan fuera de lugar que tenía que ser él.
El plan de acción era pasar frente a la puerta, detallarlo brevísimamente y emprender la huida. La coartada: mi celular sin minutos. Seguro en la papelería del lado venderían tarjetas prepago. Buenas, ¿tiene tarjetas de celular? No, pero en la droguería sí hay. Rayos. Márquez se retiró grácilmente.
En el viejo local, sola en mi ridícula empresa, me aproximé a un hombre de bata blanca y le hice mi pedido. De inmediato él llamó el nombre de mi otrora interlocutor nocturno. Oh, no. Entonces sentí una mano en mi brazo, y frente a mí pasó una sonrisa completamente nueva, aunque sus ojos expresaban haberme visto mil veces ya. Con tono socarrón me preguntó por mi supuesto acompañante. Reparé en su barba dispareja. La tienda se llenó.
Una pareja pidió la insólita combinación de Aciclovir y condones. Aguanté la risa frente a una estantería llena de camioncitos mientras el boticario explicaba la diferencia de precios entre el Aciclovir de marca y el genérico y le entregaba a la pareja una caja repleta de preservativos de todas las variedades para que escogieran. En algún punto del intercambio con los clientes él sacó un libro y me lo mostró—La insoportable levedad del ser, de Kundera. No recuerdo con qué gesto contesté, supongo que sonreí. "No te vayas", me dijo. Me quedé un rato más, mirándolo de reojo. Nunca dejó de parecer un librero invitado a atender una farmacia por un día.
Finalmente, frustrada por la afluencia de clientela y la imposibilidad de sostener el más ligero asomo de conversación, tuve que regresar al carro de mi amigo. El boticario me dio un abrazo más bien guango y me fui.
Las probabilidades de volverlo a ver serían mínimas. Tarde o temprano su voz perdería claridad y cuerpo—se aplanaría hasta quedar convertida en simples palabras escritas. El rostro a medio afeitar, la sonrisa pícara, la mirada tímida, se diluirían pronto en el olvido.
¿O no?
[ Until It's Time for You to Go — Claudine Longet ]
Etiquetas: apothecary, colombia, comida, márquez

Baile Átha Cliath
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy miércoles, julio 01, 2009 a las 7:20 a. m..
La otra noche soñé que me disponía a viajar a Bogotá con una compañera de clases de Brunei. Ya iba llegando al aeropuerto cuando me enteraba de que mi vuelo no arrancaba desde Narita: lo haría desde Dublín.
¡Dublín!
¿Y cómo diablos iba a llegar yo a Irlanda? Jugueteaba con la idea de tomar un ferry, pero al parecer lo más sensato era tomar otro vuelo.
El problema del nuevo tiquete se resolvía rápidamente: un avión con puestos estaba a punto de salir. Pero entonces recordaba—¡no tenía visa! Sin visa no habría transbordo y sin transbordo no habría Bogotá. Para colmo, la bruneyana abría la bocota para expresar extrañeza puesto que a ella nadie nunca le había pedido una visa. "Sí, pero es que el mío es un país pobre", replicaba yo con ganas de formar una L y una J con el índice y el pulgar de cada mano, ubicarlas alrededor de su cuello y convertirlas en paréntesis cada vez más cerradas.
Entonces caía en cuenta de una cosa más, como si fuera poco: se me había quedado el pasaporte en el apartamento en Tsukuba. La idea de salir corriendo a la embajada irlandesa a tratar de obtener una visa instantáneamente se iba desvaneciendo, y mi resignación me llevaba a salir del aeropuerto hacia las calles de Tokio, sobre la bahía. De repente, ya no era la niña de Brunei quien me acompañaba, sino Azuma. En la vida real esto constituiría un gran consuelo, pero en el sueño ella simplemente me decía que quería ir a un centro comercial en Odaiba. Desde donde estábamos paradas se veía gigantesco y tentador al otro lado del mar, pero la angustia y el desánimo me invitaban a abstenerme de abandonar la empresa de regresar a casa por pasar todo un día vitrineando y jugando Taiko no Tatsujin. De todas maneras alcanzaba a meditarlo un rato—antes de despertarme con el corazón en la mano y la certeza de que nadie iría a ninguna parte, mucho menos a Dublín.
[ So Easy — Röyskopp ]
¡Dublín!
¿Y cómo diablos iba a llegar yo a Irlanda? Jugueteaba con la idea de tomar un ferry, pero al parecer lo más sensato era tomar otro vuelo.
El problema del nuevo tiquete se resolvía rápidamente: un avión con puestos estaba a punto de salir. Pero entonces recordaba—¡no tenía visa! Sin visa no habría transbordo y sin transbordo no habría Bogotá. Para colmo, la bruneyana abría la bocota para expresar extrañeza puesto que a ella nadie nunca le había pedido una visa. "Sí, pero es que el mío es un país pobre", replicaba yo con ganas de formar una L y una J con el índice y el pulgar de cada mano, ubicarlas alrededor de su cuello y convertirlas en paréntesis cada vez más cerradas.
Entonces caía en cuenta de una cosa más, como si fuera poco: se me había quedado el pasaporte en el apartamento en Tsukuba. La idea de salir corriendo a la embajada irlandesa a tratar de obtener una visa instantáneamente se iba desvaneciendo, y mi resignación me llevaba a salir del aeropuerto hacia las calles de Tokio, sobre la bahía. De repente, ya no era la niña de Brunei quien me acompañaba, sino Azuma. En la vida real esto constituiría un gran consuelo, pero en el sueño ella simplemente me decía que quería ir a un centro comercial en Odaiba. Desde donde estábamos paradas se veía gigantesco y tentador al otro lado del mar, pero la angustia y el desánimo me invitaban a abstenerme de abandonar la empresa de regresar a casa por pasar todo un día vitrineando y jugando Taiko no Tatsujin. De todas maneras alcanzaba a meditarlo un rato—antes de despertarme con el corazón en la mano y la certeza de que nadie iría a ninguna parte, mucho menos a Dublín.
[ So Easy — Röyskopp ]
Etiquetas: azuma, chasco, colombia, japón, maquinaciones nocturnas, viajes

Hacia el centro de Santa Marta
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy miércoles, julio 23, 2008 a las 11:40 a. m..
El conductor de la buseta nos vio avanzar a paso lento hacia la carretera. El cielo era de un azul pastel deslumbrante, de esos cuya cualidad blancuzca deriva precisamente del sol picante que los gobierna. Acostumbrados al afán bogotano, le dimos un vistazo desesperanzado y continuamos la marcha.
—¿Van al centro?—preguntó el conductor.
—¡Sí!—exclamamos con ojos brillantes.
—¡Al centro!—repitió a modo de invitación, provocando que cambiáramos nuestro ritmo cansado por una carrerita.
A pedido de una señora cuyo disgustado acento la delataba como forastera, el bus desistió de modificar su ruta y se metió por una callecita estrecha. No contenta con que su deseo hubiera sido satisfecho tras someter a todos los pasajeros a un discurso sobre por qué mantener los trayectos establecidos, la mujer se deshizo en improperios contra los partidarios de la abreviación del trecho. Poco después se bajó frente a una tienda, pero desde el andén siguió repartiendo insultos. Entonces los ocupantes del bus se lanzaron a chiflar, ulular y gritarle "¡loca! ¡loca!" con visible deleite. Segundos después de que la turba se hubiera apaciguado, se oyó un comentario quedo sobre los cachacos y su extraño modo de pensar.
En el antejardín deprimido de una casa, una anciana aprovechaba el desnivel para usar el andén de la calle como almohada y dormir plácidamente. "Qué vida, ¿no?" comentó el ayudante del conductor desde la puerta de la buseta. La señora hizo un gesto apacible, se acomodó y siguió durmiendo.
Después de seguir un par de meandros, el bus emergió de nuevo en la carretera y continuó su camino entre los cactus y los balnearios. Un infante detrás de nosotros seguía una lancha remolcada desde su ventana, anunciando con un emocionado "¡baco, baco!" cuándo la podía ver y un sosegado "ya" cuándo no. Pronto desapareció el paisaje semidesértico y nos vimos rodeados de concreto hirviente y colectivos repletos. No pasaría mucho tiempo antes de bajarnos cerca de una intersección de puentes conocida como el "puente araña". Horas después, al regreso, mi madre se lo mencionaría a un taxista como "el pulpo".
[ Un jour, un enfant — Frida Boccara ]
—¿Van al centro?—preguntó el conductor.
—¡Sí!—exclamamos con ojos brillantes.
—¡Al centro!—repitió a modo de invitación, provocando que cambiáramos nuestro ritmo cansado por una carrerita.
A pedido de una señora cuyo disgustado acento la delataba como forastera, el bus desistió de modificar su ruta y se metió por una callecita estrecha. No contenta con que su deseo hubiera sido satisfecho tras someter a todos los pasajeros a un discurso sobre por qué mantener los trayectos establecidos, la mujer se deshizo en improperios contra los partidarios de la abreviación del trecho. Poco después se bajó frente a una tienda, pero desde el andén siguió repartiendo insultos. Entonces los ocupantes del bus se lanzaron a chiflar, ulular y gritarle "¡loca! ¡loca!" con visible deleite. Segundos después de que la turba se hubiera apaciguado, se oyó un comentario quedo sobre los cachacos y su extraño modo de pensar.
En el antejardín deprimido de una casa, una anciana aprovechaba el desnivel para usar el andén de la calle como almohada y dormir plácidamente. "Qué vida, ¿no?" comentó el ayudante del conductor desde la puerta de la buseta. La señora hizo un gesto apacible, se acomodó y siguió durmiendo.
Después de seguir un par de meandros, el bus emergió de nuevo en la carretera y continuó su camino entre los cactus y los balnearios. Un infante detrás de nosotros seguía una lancha remolcada desde su ventana, anunciando con un emocionado "¡baco, baco!" cuándo la podía ver y un sosegado "ya" cuándo no. Pronto desapareció el paisaje semidesértico y nos vimos rodeados de concreto hirviente y colectivos repletos. No pasaría mucho tiempo antes de bajarnos cerca de una intersección de puentes conocida como el "puente araña". Horas después, al regreso, mi madre se lo mencionaría a un taxista como "el pulpo".
[ Un jour, un enfant — Frida Boccara ]

Un día entero
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy jueves, agosto 09, 2007 a las 1:26 p. m..
Anoche soñé que me encontraba a la espera de ser ejecutada. La próxima semana moriría a manos de la justicia por causas desconocidas. Aparentando calma jugueteaba en mi mente con la posibilidad del suicidio para evadir el pelotón, o lo que fuera que acabaría con mi vida. Para Himura el asunto no representaba mayores angustias: la condena estaba ahí y había que enfrentarla. Me encontraba con una niña del curso (de todas las niñas del curso, justo una con quien no hablé mucho: la que se casó y se fue a Suiza) y le escribía un mensaje sobre un objeto de madera mientras le hablaba de lo afortunada que era al contar con el lujo de poder hacer planes a largo plazo. La idea del dolor y de la nada que le sucedería me aterrorizaba, pero yo aún sonreía. El dolor, ¡el dolor! Un dolor por encima de todo dolor jamás experimentado, y luego... ¿y luego qué?
Entonces tuve otro sueño. Entraba en un baño público de piso de piedra arenosa, pero la cabina que tomaba tenía un defecto: aunque cerrara la puerta, cualquiera podría verme de todos modos, pues el sanitario estaba localizado frente a una pared faltante al lado de la puerta inútil. De repente me encontraba con el hermano de Himura y le decía que estaba encantada de verlo pero que por favor me esperara un momento puesto que estaba recién bañada y envuelta en una toalla y debía vestirme. Lo extraño es que en ambas situaciones yo no experimentaba vergüenza.
Desperté y eran las once de la mañana. Me bañé, no me demoré mucho eligiendo la ropa para ponerme, busqué un gancho de pelo en forma de mariposa comprado en un stand chileno de Expoartesanías que al final decidí dar por quedado en Japón, arreglé mi cama, bebí un par de sorbos del café moka que mi papá olvidó tomar, confirmé que mi tarjeta de extranjería japonesa aún existe y salí de la casa. En el barrio hay una nueva tienda y una nueva peluquería. En la casa Rosada Günther Grass estaba escuchando boleros. Como tenía el tiempo justo, decidí no tomar el E-10 sino un bus que prometía dejarme frente a la Universidad Nacional sin pasearme por la Avenida Rojas. Ya sentada agradecí la falta de trancones en la Calle 68 y me puse a evadir el reggaetón con el iPod. Sonó "Dreams", de The Cranberries. Creo que esa canción le gustaba a Minori. Pensé en la corbata floja de Minori esa noche en la estación de Ueno y el bus salió a la Avenida Boyacá. Pedro Infante. Una versión que no me gusta de "Cien años". Una anciana le gritó al conductor que se detuviera y un señor le advirtió que debía timbrar. La anciana se bajó y advertí la lentitud con la que se movía el vehículo. Al fin la 26. Llegué a mi destino bastante pronto, aunque no dejé de atrasarme unos 10 minutos.
Me gusta buscar a Himura entre la multitud mientras cruzo el puente. Antes era más fácil: el calvo resaltaba sobre el gris del andeén. Ahora debo pensar en una pose particular, el vestido, la forma de caminar. Márquez tenía una forma muy peculiar de caminar que se reflejaba en el inusual desgaste de sus zapatos. Bueno, ahí estaba Himura con la chaqueta que tenía aquella mañana en la que fuimos a desayunar tamal y yo teniá el pelo recién teñido de negro azul. No sabía si alcanzaba a verme desde esta distancia, pero igual le sonreí. Nos sonreímos.
El almuerzo del día consistió en unos sándwiches que vendían cerca de la entrada de la universidad. El mío era árabe pero me quedaron debiendo el tahine del que hablaba el menú. Luego hubo que atravesar la universidad para que Himura reclamara su recibo de pago. Sobre unas canchas asfaltadas se veían las nubes móviles de los charcos que se evaporaban rápidamente. Me gusta cuando Himura señala fenómenos así. Me gusta su modo de disfrutar las cosas sencillas, como cuando me acompañó a probar todos los timbres de Homecenter.
A la vuelta cantamos "O quizás simplemente le regale una rosa" de Leonardo Favio. Tomé un par de fotos en la plazoleta El Che y salimos. El bus hacia la casa de Himura estaba encerrado y horriblemente sofocante, así que paramos en la fábrica de La Campiña y nos comimos un helado de tres sabores con soft cream. La última vez que estuve allá fue cuando mi papá nos llevó en el viejo carro verde. Creo que comí helado de chocolate, como el que dieron en mi primera comunión. El rollo de helado también habría sido una buena opción esta tarde, dado que me daba mi abuelita me solía comprar uno con crema de leche y dulce de mora en Unicentro. Todo está plagado de recuerdos, como el hogar de Himura.
El lugar donde Himura reside parece un museo cuyos objetos han perdido sus respectivos rótulos. Se sabe que todo hizo parte de otro conjunto alguna vez, pero poco a poco ese significado original se ha perdido, y sólo queda el mueble oscuro, el juguete acumulando polvo, un post-it con verbos en alemán. Esta vez no hubo ocasión para inspeccionar el cuarto del hermano, pero un cerebro de animal desconocido en formol dio prueba de que allí moraba una copia exacta de Himura con gustos radicalmente distintos de los de su hermano mayor.
Una llamada de mi madre fue la señal de partida de aquel mundillo de luz tenue y libros por todas partes. Era hora de visitar al odontólogo de confianza, un cartagenero que le habla a mi mamá mientras me deja los dientes como nuevos. Me gusta escucharlo. Al final de la sesión Himura estaba un poco irritado, pensando que dejaríamos esperando a mi padre, ya que habíamos quedado de encontrarnos a las 7pm y esa hora ya había pasado cuando aún se escuchaba el ruido de las maquinitas que deshacían y rehacían el esmalte del contenido de mi boca. Sin embargo, Himura no contaba con que mi mamá ya le había avisado a mi padre sobre nuestro retraso.
Llegamos en taxi al punto de encuentro y de ahí partimos para Sara's, donde comimos nachos, como siempre. Nos tomamos varias fotos y decidí que la próxima vez tomaría horchata en vez de agua de flor de jamaica. Acabada la reunión, Himura se fue caminando hacia el occidente mientras nosotros nos fuimos en taxi a la casa.
[ Wake Up Alone — Amy Winehouse ]
Entonces tuve otro sueño. Entraba en un baño público de piso de piedra arenosa, pero la cabina que tomaba tenía un defecto: aunque cerrara la puerta, cualquiera podría verme de todos modos, pues el sanitario estaba localizado frente a una pared faltante al lado de la puerta inútil. De repente me encontraba con el hermano de Himura y le decía que estaba encantada de verlo pero que por favor me esperara un momento puesto que estaba recién bañada y envuelta en una toalla y debía vestirme. Lo extraño es que en ambas situaciones yo no experimentaba vergüenza.
Desperté y eran las once de la mañana. Me bañé, no me demoré mucho eligiendo la ropa para ponerme, busqué un gancho de pelo en forma de mariposa comprado en un stand chileno de Expoartesanías que al final decidí dar por quedado en Japón, arreglé mi cama, bebí un par de sorbos del café moka que mi papá olvidó tomar, confirmé que mi tarjeta de extranjería japonesa aún existe y salí de la casa. En el barrio hay una nueva tienda y una nueva peluquería. En la casa Rosada Günther Grass estaba escuchando boleros. Como tenía el tiempo justo, decidí no tomar el E-10 sino un bus que prometía dejarme frente a la Universidad Nacional sin pasearme por la Avenida Rojas. Ya sentada agradecí la falta de trancones en la Calle 68 y me puse a evadir el reggaetón con el iPod. Sonó "Dreams", de The Cranberries. Creo que esa canción le gustaba a Minori. Pensé en la corbata floja de Minori esa noche en la estación de Ueno y el bus salió a la Avenida Boyacá. Pedro Infante. Una versión que no me gusta de "Cien años". Una anciana le gritó al conductor que se detuviera y un señor le advirtió que debía timbrar. La anciana se bajó y advertí la lentitud con la que se movía el vehículo. Al fin la 26. Llegué a mi destino bastante pronto, aunque no dejé de atrasarme unos 10 minutos.
Me gusta buscar a Himura entre la multitud mientras cruzo el puente. Antes era más fácil: el calvo resaltaba sobre el gris del andeén. Ahora debo pensar en una pose particular, el vestido, la forma de caminar. Márquez tenía una forma muy peculiar de caminar que se reflejaba en el inusual desgaste de sus zapatos. Bueno, ahí estaba Himura con la chaqueta que tenía aquella mañana en la que fuimos a desayunar tamal y yo teniá el pelo recién teñido de negro azul. No sabía si alcanzaba a verme desde esta distancia, pero igual le sonreí. Nos sonreímos.
El almuerzo del día consistió en unos sándwiches que vendían cerca de la entrada de la universidad. El mío era árabe pero me quedaron debiendo el tahine del que hablaba el menú. Luego hubo que atravesar la universidad para que Himura reclamara su recibo de pago. Sobre unas canchas asfaltadas se veían las nubes móviles de los charcos que se evaporaban rápidamente. Me gusta cuando Himura señala fenómenos así. Me gusta su modo de disfrutar las cosas sencillas, como cuando me acompañó a probar todos los timbres de Homecenter.
A la vuelta cantamos "O quizás simplemente le regale una rosa" de Leonardo Favio. Tomé un par de fotos en la plazoleta El Che y salimos. El bus hacia la casa de Himura estaba encerrado y horriblemente sofocante, así que paramos en la fábrica de La Campiña y nos comimos un helado de tres sabores con soft cream. La última vez que estuve allá fue cuando mi papá nos llevó en el viejo carro verde. Creo que comí helado de chocolate, como el que dieron en mi primera comunión. El rollo de helado también habría sido una buena opción esta tarde, dado que me daba mi abuelita me solía comprar uno con crema de leche y dulce de mora en Unicentro. Todo está plagado de recuerdos, como el hogar de Himura.
El lugar donde Himura reside parece un museo cuyos objetos han perdido sus respectivos rótulos. Se sabe que todo hizo parte de otro conjunto alguna vez, pero poco a poco ese significado original se ha perdido, y sólo queda el mueble oscuro, el juguete acumulando polvo, un post-it con verbos en alemán. Esta vez no hubo ocasión para inspeccionar el cuarto del hermano, pero un cerebro de animal desconocido en formol dio prueba de que allí moraba una copia exacta de Himura con gustos radicalmente distintos de los de su hermano mayor.
Una llamada de mi madre fue la señal de partida de aquel mundillo de luz tenue y libros por todas partes. Era hora de visitar al odontólogo de confianza, un cartagenero que le habla a mi mamá mientras me deja los dientes como nuevos. Me gusta escucharlo. Al final de la sesión Himura estaba un poco irritado, pensando que dejaríamos esperando a mi padre, ya que habíamos quedado de encontrarnos a las 7pm y esa hora ya había pasado cuando aún se escuchaba el ruido de las maquinitas que deshacían y rehacían el esmalte del contenido de mi boca. Sin embargo, Himura no contaba con que mi mamá ya le había avisado a mi padre sobre nuestro retraso.
Llegamos en taxi al punto de encuentro y de ahí partimos para Sara's, donde comimos nachos, como siempre. Nos tomamos varias fotos y decidí que la próxima vez tomaría horchata en vez de agua de flor de jamaica. Acabada la reunión, Himura se fue caminando hacia el occidente mientras nosotros nos fuimos en taxi a la casa.
[ Wake Up Alone — Amy Winehouse ]
Etiquetas: colombia, himura, love or lack thereof, maquinaciones nocturnas


