Doblepensar

El blog favorito de la mamá de Olavia Kite.


French Dressing Porn

Estoy harta del jabón líquido japonés. Estoy harta de que los supermercados me prometan la exótica experiencia del pepino ultrahidratante o el mango con manzana (¿para qué mezclar una fruta tan genial como el mango con la más fome de todo el universo?), solo para que el frasco me escupa de mala gana una porquería viscosa blancuzca que huele apenas a limpio. Limpio genérico desagradable. Imposible verlo de otro modo. Tal vez a ciegas sea más soportable, pero nunca me ha gustado bañarme a oscuras y ante mis ojos miopes el blanco viscoso borroso sigue siendo blanco viscoso. Me da mal genio de solo acercar la mano al dispensador.

Como si fuera poco iniciar el día de esa manera, al almuerzo recibo un plato de ensalada de repollo con repollo que tal vez mejoraría con un poco de aderezo. Pero entonces, helo ahí: un frasco gigantesco de salsa —¡adivinaron!— viscosa y blancuzca. Podrían reemplazarla con jabón y nadie se daría cuenta. La imagen mental sigue luchando contra el apetito. El cuento de "フレンチドレッシング(白)" —"French dressing (white)"— no me lo creo yo ni en un millón de años. Me digo el que para mí es el nombre real de la sustancia mientras la vierto con resignada repulsión.

Así las cosas, traje un jabón líquido de Bogotá con la esperanza de darle un descanso a mi matutina mueca de disgusto. "Sedúceme", dice el envase. "Para una piel deliciosamente irresistible. Con crema de chocolate y chantilly hidratante". Suena grasoso, pero son apenas metáforas rimbombantes para el laureth sulfato de sodio. En fin. Si no me detengo a leer las instrucciones de uso —"esparce esta espuma súper cremosa por tu cuerpo, vistiendo toda tu piel con ella", "enjuaga y ¡prepárate para seducir y ser seducida con una piel deliciosamente irresistible!"—, creo que le doy el visto bueno. Lo de la seducción está aún por verse, pero por lo menos el aroma a chocolate recién lavado (¿?) y color oscuro me tranquilizan e incluso alcanzo a olvidar que al otro lado de la ducha todavía me espera ese dispensador barrigón, sonriente y macabro como el fin de las vacaciones. El único problema es que me despierta unas ganas terribles de comer chocolatinas, pero bañarse con hambre es mucho mejor que bañarse con asco.

Respecto del aderezo no he hecho ningún esfuerzo por buscar una solución, salvo tal vez comer más seguido en mi casa. De todas maneras la ensalada es la ensalada y hay que nutrirse. Afortunadamente, mi imaginación sobrestimulada cede al primer bocado. Sabe a vinagre con nada. Sabe a me faltan tres estómagos para digerir esto. Qué insoportablemente insípido es el repollo.


[ I Have Seen — Zero 7 ]

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Festival

Hoy no es día de dibujar. Es domingo, pero no es día de dibujar. Llevo mucho tiempo encerrada. No he hablado con nadie en 36 horas. La situación de Azuma es parecida. Hay que hacer algo. Como un par de pacientes psiquiátricas salimos a caminar a ver si el aire fresco nos sienta bien. La diferencia es que yo no tengo pastillas de colores sobre mi mesa, pero eso no importa ahora. Al otro lado de la calle donde pasan los buses nos espera el Festival de la Universidad.

El caos es una aparición súbita al final del camino tapizado de osmanto. El aroma de las florecillas anaranjadas cae aplastado por el olor a cocción improvisada. Hay gente gritando irasshaimaseeeeeeeee ikagadesukaaaaaaaaa por todas partes, grupos de rock desafinadísimos en las tarimas y puestos de comida que alguna vez nos pareció interesante pero ahora nos da absolutamente lo mismo. Yakisoba, yakitori, takoyaki, yakisoba, yakisoba, yakimanjuu, yakisoba. Parece un sketch de Monty Python, solo que nadie se ríe. Este es nuestro último festival y nos da la misma nostalgia que tuvo Moff Tarkin cuando mandó destruir Alderaan.

Primero entramos a ver la exposición de arte. Antes íbamos a ver algún cuadro de Azuma exhibido junto a los de sus compañeros, pero ahora que su obra se ha trasladado a su casa solo vamos a examinar el trabajo de los demás. Hay una estudiante de nihonga que cada año saca el mismo cuadro craquelado de una lechuga. Esta vez son dos lechugas. Progreso. Yo juego a la crítica de arte y me invento discursos de análisis de las peores obras. Hago cara seria, gesticulo con las manos, digo "otredad", "reapropiación" y "paradigma". Nos desternillamos de risa y seguimos.

Fuera del edificio de artes, un grupo de unas diez personas toca música andina con caras excesivamente sonrientes. Es el club de Folklore ("Phorukurooore"). Tienen ruanas graciosas encima de la ropa de asalariado, dos tamboras, alrededor de cinco zampoñas que no suenan y como mil charangos. No entendemos lo que cantan; ellos tampoco. Más allá hay una demostración de kickboxing. Entre los luchadores debe estar el stalker de Azuma. Ella aparta los ojos del ring mientras yo alcanzo a ver de reojo cómo defienden su virilidad con desespero, como si en algún momento fuera a sorprenderlos la policía de género. O sus propias dudas.

El día está insoportablemente húmedo. El cuerpo se siente pesado como cuando ya ha pasado el mediodía y uno sigue en pijama. Alcanzo a preguntarme si me bañé. También me pregunto si desayuné, si almorcé, si he tomado líquidos en todo el día. Solo me recuerdo leyendo. Paramos en el puesto de comida africana para saludar a Mamadou, el senegalés, cuya camisa lo convierte en la viva imagen de Carl Anderson en el papel de Judas. Queremos una igual. Yo, además, quiero una porción de ese arroz con pollo cuyo nombre no llegué a entender.

Poco después llegamos al edificio de culturas comparadas y biología. No tiene caso preguntar por qué carreras tan disímiles comparten sede, así como tampoco lo tiene seguir caminando. Giramos en redondo y dejamos que el ruido se vaya sofocando mientras mi mano acaricia los arbustos. Las ramas apenas teñidas de rojo en las puntas se desprenden de mis dedos y se mecen como cortinas que corremos para volver a encerrarnos tras bambalinas, allá donde nadie nos ve.


[ China cubana — Willie Colón ]

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Acetato

Estoy tratando de simplificar posts, a ver si al fin dejo de demorarme siete horas en una burrada. Son siete horas para escribir "se acabó mi crema dental sabor a kiwi dorado y, como ese sabor lo descontinuaron, me tocó comprar una sabor a limón tropical o algo así". Dieciséis horas para este elegante tratado:
Se acabó mi crema dental sabor a kiwi dorado y, como ese sabor lo descontinuaron, me tocó comprar una sabor a limón tropical o algo así. Me molesta mucho que en Japón todo lo vivan descontinuando. El otro día me encontré una chocolatina con caramelo y sal y era lo mejor del universo, pero cuando fui a comprarme una segunda ración, la habían descontinuado. También ocurrió con la cocoa que vendían cuando vivía en Tokio. Fue un amor que duró lo que duré en esa ciudad. Y la chocolatina de fresa (¡70% fresa!) solo la venden en febrero. Como verán, solo me preocupo por las chocolatinas. Sin embargo, ha sido lo mismo con mi jugo de ciruela favorito, las camisetas bonitas de Uniqlo, el bento de anguila en el combini, las cremas que huelen rico, los accesorios de Banao, el jugo de maracuyá, el modelo a escala del USS Enterprise, la tarjeta de cumpleaños que compré y no llené y no envié. En cambio las cosas fomes, esas las venden todos los santos días. Y entonces uno se tiene que conformar con las papas con sabor a nada y el bento de arroz con pescado de Fisher-Price. ¿Qué quieren de nosotros los japoneses? Naturalmente, que nos llenemos de angustia por la inminente desaparición de las cosas y nos hagamos a ellas ya.
Pero en realidad no quería hablar de eso. Quería hablar de mi nuevo disco de acetato. Me compré el Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band a un precio muy razonable—o al menos a mí me parece muy razonable para ser un disco de los Beatles de verdad. Y no, no son doscientos dólares. En todo caso, no puedo ponerlo a sonar porque en esta casa no hay tocadiscos. Tampoco hay mesas ni más de dos cucharas, pero esa es otra historia. Estoy muy contenta porque nunca pensé que llegaría siquiera a ver un disco de acetato original de mi grupo favorito de todos los tiempos y de pronto, ¡tan! Helo aquí, en mis manos. Así de fácil. Cuando vuelva a mi casa en Bogotá, lo guardaré al lado del Let It Be de mi mamá y lo pondré a sonar cuando vengan los invitados especiales.


[ Don't Go Breaking My Heart — Elton John & RuPaul ]

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Le verbe vouloir

Quiero un gelato gigante, ya sea de Asakusa o de Little Italy. No puedo querer un gelato de ningún lugar de Italia porque nunca he ido a Italia.
Quiero teletransportarme. No a Italia.
Podría coger la bici, irme hasta el KEK y pedirles a los científicos que dejen de hacerse los locos y me teletransporten ya mismo al CERN.
Sí, buen intento.

Quiero crear cosas de la nada y no de los recuerdos.
Quiero crear cosas de los recuerdos.
Quiero completar ese poema inconcluso que me encontré en un recibo en el piso de mi cuarto el otro día.
Me habría gustado haberlo terminado en su momento, pero todos sabemos que del afán nunca ha salido nada bueno, y mucho menos poemas.
En la primera página de un libro, donde ahora reposa ese mismo poema pero sin tachones y con tinta anaranjada, debería estar escrito "Es posible esquivar la nata del chocolate sin sacarla del pocillo", o "Nunca olvides que Jairo Florián y Jacqueline Henríquez componían el elenco de Chispazos", pero no ese remedo de poema. Bueno, qué le hacemos. No es tan malo; solo quedó a medio hacer. Por lo pronto no figura en ninguna parte más que en esa olvidada película de celulosa.

Quiero escribir más.
Quiero que Gazapos me haga levantar las rodillas hasta el mentón y me vea pasar corriendo a toda y grite "go go go go!" y mire su cronómetro y frunza los labios y sacuda la cabeza en desaprobación pero me prohíba rendirme. Así debe ser escribir con ella.
Si fuera escritora, Gazapos sería mi correctora de estilo.

Quiero no pensar en japonés cuando hablo francés.
Quiero no pensar en francés cuando hablo portugués.
Quiero seguir traduciendo para la Alcaldía de Tsukuba.
Quiero yogur de nueces.


[ Boble — Hanne Hukkelberg ]

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Buen día, señor boticario

Lo primero que hice al regresar a Colombia fue salir a comer ajiaco con Márquez, uno de mis mejores amigos y buen conocedor de mi adolescencia. Lo segundo fue ir a una farmacia a comprobar la existencia del misterioso boticario que se me aparecía cada noche a medianoche para hablarme de Claudine Longet y de las propiedades terapéuticas del banano.

Márquez parqueó su auto justo enfrente de un escaparate lleno de perfumes, una tienda con el techo rebosante de mercancías de plástico que un sujeto de camiseta morada intentaba bajar trepado sobre una butaca—o tal vez eran unas escalerillas, no me fijé. Era una camiseta morada con gafas de marco negro grueso. La pinta estaba tan fuera de lugar que tenía que ser él.

El plan de acción era pasar frente a la puerta, detallarlo brevísimamente y emprender la huida. La coartada: mi celular sin minutos. Seguro en la papelería del lado venderían tarjetas prepago. Buenas, ¿tiene tarjetas de celular? No, pero en la droguería sí hay. Rayos. Márquez se retiró grácilmente.

En el viejo local, sola en mi ridícula empresa, me aproximé a un hombre de bata blanca y le hice mi pedido. De inmediato él llamó el nombre de mi otrora interlocutor nocturno. Oh, no. Entonces sentí una mano en mi brazo, y frente a mí pasó una sonrisa completamente nueva, aunque sus ojos expresaban haberme visto mil veces ya. Con tono socarrón me preguntó por mi supuesto acompañante. Reparé en su barba dispareja. La tienda se llenó.

Una pareja pidió la insólita combinación de Aciclovir y condones. Aguanté la risa frente a una estantería llena de camioncitos mientras el boticario explicaba la diferencia de precios entre el Aciclovir de marca y el genérico y le entregaba a la pareja una caja repleta de preservativos de todas las variedades para que escogieran. En algún punto del intercambio con los clientes él sacó un libro y me lo mostró—La insoportable levedad del ser, de Kundera. No recuerdo con qué gesto contesté, supongo que sonreí. "No te vayas", me dijo. Me quedé un rato más, mirándolo de reojo. Nunca dejó de parecer un librero invitado a atender una farmacia por un día.

Finalmente, frustrada por la afluencia de clientela y la imposibilidad de sostener el más ligero asomo de conversación, tuve que regresar al carro de mi amigo. El boticario me dio un abrazo más bien guango y me fui.

Las probabilidades de volverlo a ver serían mínimas. Tarde o temprano su voz perdería claridad y cuerpo—se aplanaría hasta quedar convertida en simples palabras escritas. El rostro a medio afeitar, la sonrisa pícara, la mirada tímida, se diluirían pronto en el olvido.

¿O no?


[ Until It's Time for You to Go — Claudine Longet ]

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Culinary Mishaps

Ayer derretí una espátula. No, no fue mi intención. Fue uno de esos accidentes divertidos, como cuando se fisuró un pocillo sumergido en agua caliente y por entre la raja empezaron a salir volutas de leche. Intenté levantar el artefacto y en mi mano sólo había medio pocillo.

Andaba poniéndole atención a un llamado de la naturaleza, una voz que me decía "papitas grasositas con mucha sal y salsa de tomate", cuando de repente me di cuenta de que había un poco menos de la herramienta con la cual sacaba las papas del aceite. Claro, podría haber usado una cuchara para freír en vez de la espátula, pero resulta que en este hogar no hay sino un juego de cubiertos, un cuchillo filudo y un balde.

Himura se indigna al saber que no tengo intención alguna de invitarlo a conocer mis dones culinarios. Tal vez piensa que es producto de un exceso de feminismo mal llevado, pero la verdad es que dichos dones no existen. Aderezo las papas fritas con caramelo negro sin sabor y la leche al baño maría se convierte en agualeche con medio pocillo. De aquí jamás ha emanado el dulce aroma de las galletas recién hechas. Una vez tosté un pan en una cacerola, y le puse mantequilla, canela y azúcar, inspirada en una receta que me dio una antigua amiga en cuya cocina jugaba esgrima con las cucharas de palo—para su profundo disgusto. Eso me quedó bien. De resto, muchas veces no conozco el resultado final de mis incursiones culinarias puesto que el hambre es tal que me lo como todo a medio cocer.

Si a alguien se le ocurre algún día que vivir conmigo sería una maravillosa idea, le advierto: no me deje entrar a la cocina, o estaremos en apuros. Y si no que lo diga Minori, cuya cocina prácticamente incendié fritando berenjenas. Mejor encárgueme de los platos... los desocupo con gusto.


[ Silverscreen — Jesca Hoop ]

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味彩

Ajisai es un restaurante pequeñito recientemente abierto en Kasuga, un barrio de Tsukuba ubicado entre la universidad y un radiotelescopio. Es un espacio con apenas dos mesas cubiertas con manteles de caucho, manejado por una señora con fuerte acento de Ibaraki que abre cuando se le viene en gana. Por un precio bastante razonable, la señora sirve comida casera de tamaño decente y encima café o té con derecho a repetición hasta que muera la conversación entre todos los comensales y ella. Esta noche una de las mesas es ocupada por un estudiante de educación física, beisbolista, y uno de cultura comparada que no cesa de rascarse el pecho bajo la camisa. No vienen juntos, pero eso no impide que fluya la conversación.

En la otra mesa hay una pareja que conversa en inglés. El hombre, tal vez malayo, habla el idioma con elegante acento británico pero su japonés es sorprendentemente bueno. La mujer podría ser de cualquier parte. Su inglés americano brota a borbotones, inundando el vaso de agua y luego la bandeja con sopa de miso, arroz, omelette con salsa de tomate y trocitos de calamar. El deportista, exhortado por la patrona tras admitir que no entiende nada de lo que dicen, dirige una pregunta a la joven. Ella no se da por aludida y sigue hablando rapidísimo, gesticulando sin parar. Él insiste hasta que ella se da cuenta. Al principio no entiende la pregunta, su cabeza confundida con un idioma que lleva semanas sin usar.

—¿De qué país viene?—repite el deportista, seguido de un eco de ayuda por parte del interlocutor original.
—Ah, sí. De Colombia.
—Colombia...
—Suramérica—, ayuda ella.
—¿Y usted?
Esta vez la pregunta va dirigida al presunto malayo.
—Yo soy de la prefectura de Nara.
—Oh, su inglés es demasiado bueno para ser japonés.
—¿Verdad que sí?— la extranjera dice, sonriente. Es la única frase que emite sin titubear. Durante el resto de la conversación ella procura limitarse a reír y hacer comentarios cortos. No tiene mucha confianza en su dominio del japonés y lo vive olvidando. Además, le avergüenza hablar esta lengua frente al hombre que hasta hace dos minutos la escuchaba atentamente. No obstante, el estudiante de educación física y la dueña la bombardean con preguntas: ¿Qué le parecen los hombres japoneses? ("Demasiado tímidos".) ¿Cuál es su celebridad japonesa favorita? ("Creo que los japoneses del común son más guapos".) ¿Por qué vino a Japón? ("Me empezó a interesar la cultura japonesa por Dekirukana, pero llegué más que todo por suerte".)

Un par de horas, dos tazas de té verde y muchos temas después, el beisbolista se abriga, paga y parte. Pide perdón por haber interrumpido la conversación de la pareja, gesto al que no se une la patrona; es obvio que lo que no se paga con dinero se hace manteniéndola entretenida. "Hasta una próxima ocasión", se despide. Inmediatamente después, el malayo que resultó siendo japonés y la extranjera cuyo país de origen da lo mismo abandonan el recinto también.

—Me habías dicho que este era un restaurante casero, pero no sabía que lo sería tanto—, observa él desde un escalón al otro lado de la puerta corrediza. Ella aún le debe un recuento de sus vacaciones de invierno. Alcanzarán la medianoche en un restaurante familiar de cadena sorbiendo té y cocoa caliente. A su alrededor habrá mucha más gente, pero nadie los incluirá en sus conversaciones.


[ All My Friends — LCD Soundsystem ]

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La escasez nacional de banano

Hace mucho tiempo, cuando vivía en el dormitorio de Ichinoya, tenía una amiga que nos invitaba a Azuma y a mí a comer a su cuarto. Preparaba toda suerte de manjares típicos de su país y nos los ofrecía, así sin más. Un día decidimos devolver atenciones e invitarla a desayunar algo típico nuestro. Ella aceptó ir al cuarto de Azuma, donde la esperaban unos deliciosos huevos revueltos sobre pan tajado y agua de panela con leche. Pero entonces, sin habernos dejado servirle siquiera, sentenció:
—Yo sólo desayuno banano.
Y a los cinco minutos se fue.

A mi vecino, el señor Sakaguchi, le llamó la atención que yo mantuviera esta anécdota tan fresca en mi memoria pese al tiempo que ha transcurrido tras el infame suceso. Entonces anotó que él acababa de empezar una dieta según la cual sólo desayunaría banano y agua. Esto tuvo que decírmelo, claro, justo cuando me disponía a servirle tostadas francesas con tocineta recién preparadas por mí. No obstante, comió con gusto y no quedé viendo un chispero como cuando Azuma y yo terminamos viendo televisión educativa al no tener ánimos de hacer más. Pero no nos desviemos de lo interesante: el hombre que estaba sentado frente a mí estaba haciendo dieta. Y no cualquier dieta: la dieta del banano. Desde donde yo estaba sentada podía atisbar a través de un resquicio entre los botones de su camisa—y puedo asegurarles que el hombre no está necesitado de ningún régimen. Empero, el señor decidió que había comido demasiado durante sus últimas vacaciones en Bonn y la mejor manera de recuperar su figura—¿si así está mal cómo estará bien?—era desayunando banano con agua, tal como aconsejaban en televisión.

Ha tenido tanta acogida la dichosa dieta que en las noticias anuncian que el producto está escaseando en los supermercados del país. Las ventas de la fruta han subido un 70% y ha habido un incremento en los precios. Nunca antes había habido tanta demanda del banano como ahora, aseguran representantes de Dole. Japón es un país fanático de los regímenes y arrasa con todo aquello que los medios proclamen como adelgazante, sea lo que sea. El año pasado fue el nattou (fríjol de soya fermentado), ahora es esta poco emocionante fruta y quién sabe qué vendrá después. Yo no sé qué es lo que los tiene tan obsesionados con la pérdida de peso si la obesidad es un mal que prácticamente no los ataca. No conozco una dieta tan saludable como la japonesa, provista de verduras, pescado y arroz a granel. La variedad de pasabocas y dulces deja mucho que desear, lo cual sumado a la inexistencia de buen pan es garantía del éxito a la hora de privarse de antojos engordantes. Y sin embargo, ¿tienen que someterse a estos rituales?

Creo que algo les está diciendo a los japoneses que no es posible sentirse bien sin sentirse mal y que sólo en el sacrificio se puede encontrar la redención. La redención de qué, es una buena pregunta. El problema de las dietas no afecta sólo a este archipiélago; cada fascículo de las revistas alrededor del mundo es una nueva promesa de renacimiento con una nueva identidad, un nuevo yo sin rostro, un ideal numérico que mágicamente convertirá a hombres y mujeres en mejores personas, menos tímidas y más exitosas. Pronto saldrá un estudio rebatiendo las 'milagrosas' propiedades del banano, tal como hicieron con el nattou para decepción de todos. Entonces surgirá algún otro 'superalimento', como les llaman, y todos se abalanzarán a comprarlo a ver si esta vez sí funciona y por fin puedan ir a bañarse a la playa, o comprarse mejor ropa, o hablarle a la persona que les gusta.

Le pregunté a Sakaguchi si la dieta ha arrojado algún resultado hasta ahora. Él asegura que ha bajado barriga y se siente más saludable. Yo no sé de qué barriga habla, pero con tal de que no me rechace el próximo desayuno, qué le vamos a hacer.


[ Hey Bulldog — The Beatles ]

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寿司

Anoche fui a comer sushi con el señor Sakaguchi. Los platos no pararon de aterrizar en nuestra mesa hasta completar dos torres altísimas y un par de estómagos satisfechos. Constaté que es posible tener gustos diametralmente opuestos frente a una comida aparentemente homogénea: a Sakaguchi le gustan los mariscos (resbalosos y gomosos) y a mí los pescados (más suaves y un poco ácidos al gusto).

El sushi de por sí no es desagradable. Lo desagradable para algunos debe ser la vista de un pedazo de animal muerto fresquito sobre un montículo de arroz. No obstante, el secreto del disfrute está en ignorar el mensaje de alerta que envían los ojos y hacerle caso exclusivamente a la boca. El mismo principio aplica para el cocido boyacense y el pincho de escorpión. Yo recomendaría empezar por los pescados, en especial el salmón y el atún (maguro), y a medida que se le va perdiendo el miedo ir experimentando con los mariscos y otros especímenes fascinantes. No se preocupe: en ningún caso se topará usted con ratones, perros o serpientes. Para eso hay que ir al sur de China.

He aquí algunas notas sueltas respecto de este platillo que tan popular se ha vuelto últimamente:
  • El erizo de mar (uni) puede llegar a saber asqueroso si se lo consume en el establecimiento equivocado. Aparentemente eso fue exactamente lo que hice yo.
  • El atún entre más grasoso más suave es. La suavidad es una cualidad muy apreciada por los japoneses a la hora de comer, por lo que el atún graso puede llegar a ser mucho más caro que el magro.
  • En Japón es no encontrará aquellos populares bocados con topónimos norteamericanos o estereotipos asiáticos (¿"ojo de tigre"?) que abundan en otros países, pero a cambio verá inventos pintorescos e igualmente estereotípicos como el sushi de tortilla mexicana, que es una flauta cortada y rellena con algo parecido a la salsa pico de gallo. Lo vi pasar anoche por la cinta transportadora y me convencí una vez más de que para los japoneses tomate picado + tortilla = México.
  • No se quede con los inventos extranjeros que contienen demasiados sabores mezclados. La simplicidad de un fruto de mar sin más condimento que el wasabi y la salsa de soya es todo un placer para el paladar. Note las sutiles diferencias de textura y sabor que cada variedad trae.
  • Tampoco crea que acá todo es exquisitez. Este es el único país que conozco donde el sándwich de papa es una opción perfectamente válida.
  • Variedades de sushi que no contengan carne de animal alguno: mayo-corn (maíz tierno con mayonesa), nattou (fríjol fermentado), kappamaki (rollo de alga, arroz y pepino) y el famoso inarizushi. El inarizushi consiste en una bolsa de tofu frito rellena de arroz. Suena simplón, pero vale la pena probarlo.
  • Japón todavía caza ballenas con fines de consumo bajo el disfraz de la investigación científica. No es muy común encontrar sushi de ballena (kujira), pero tampoco es del todo imposible. Yo lo probé.
  • La función del jengibre dentro del mundo del sushi no es decorativa ni de condimento. No debe ponerse encima de las piezas. Entonces, ¿para qué sirven esas láminas rosadas? Según Minori Honda, ex novio y experto en comida casera japonesa, el jengibre tiene propiedades digestivas. Por otro lado, el señor Sakaguchi asegura que cumple la misma función del pan en la cata de vino: limpiar el sabor de la boca entre bocados. La Wikipedia les da la razón a ambos.
  • No recomendaría comer sushi en un restaurante de comida panasiática. El orientalismo culinario nunca ha sido buena idea.
  • Comer sushi no hace a nadie más sofisticado ni más interesante. Cómalo porque le gusta. Y si no, pues no.

[ Velvet Pony — Psapp ]

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