Doblepensar

El blog favorito de la mamá de Olavia Kite.


Síndrome de abstinencia

Leer el timeline de alguien en Twitter no significa que uno esté pendiente de esa persona. Si acaso uno está morbosamente al tanto, pero es como quien espera el desarrollo de una historia en la franjita roja de abajo en el canal de noticias. Y ni siquiera es una historia interesante. "Qué día tan desastroso". "Solo la música salvará mi corazón roto". "Paso la noche en vela y aún soy incapaz de hacer la tarea". Entre más sufra uno en público, mejor. Estoy casi segura de que lo que realmente nos agobia no está consignado en paquetes de 140 caracteres a no ser que al otro lado de la línea haya alguien que capte el indirectazo. Pero de esto ya he hablado.

Ayer decidí alejarme todavía más de Twitter. Ya ni siquiera es pensarlo dos veces antes de escribir. Es no usarlo, de ser posible. No me refiero a cerrar la cuenta y que aparezca "this page doesn't exist!" en vez de mi cara y mis ingeniosas frases (jaja, sí, claro) porque nunca he sido así de radical. Pero si yo suelo ser la primera en rechazar invitaciones a fiestas, ¿por qué querría quedarme en esta que sigue y sigue y sigue? Ni siquiera dan pasabocas. Y luego va uno y se da cuenta de que con algunas personas fuera de Twitter el tema de conversación es Twitter. Oh, un nuevo insultador ha nacido. ¿Me importa? Claro que no. Así que dije "ça suffit!" y adiós.

***

Consciente de que aún no puedo ganarme mi chip de "1 day sober" me levanto de la silla y les cuento cómo fue mi día sin Twitter. O más bien, llenaré este rectángulo grande con todo lo que no puse en el rectángulo pequeño que estoy tratando de dejar:

Las primeras horas de alejamiento pasaron apaciblemente entre el avance lento mas no doloroso de lo importante y una foto que me tomé con un wok nuevo que me compré como incentivo para mi exitoso programa de mejora de la calidad de mi alimentación (recuerden: la versión oficial es que no sé cocinar, así que shh). Tuve el impulso de contarle al mundo la gran noticia, pero en cambio se la conté a Cavorite. Bien. Quise hablar también de las curiosidades lingüísticas de la hiperqueratosis plantar, pero el tema ya había sido cubierto durante mi desayuno al aire libre con Yurika (un sándwich de lechuga, tomate y queso emmental tamaño achira + un pan dulce tamaño achira + un tinto = ¥810), así que le envié un mensaje de seguimiento al celular. Fue la primera vez que le escribí un mensaje a una japonesa para hablar de cualquier bobada. Sí, después de tanto tiempo. Sí, estando a punto de abandonar el país. Muy triste pero muy bien.

No obstante la sensación de poder sobre el tiempo y la información a lo largo del día sin aquella pestaña abierta en el navegador, me invadía con cierta frecuencia la sensación de estar perdiéndome de algo. Finalmente volví a usarlo hoy, supongo que extrañando la engañosa sensación de intercambio con otros seres humanos. No aprendí mayor cosa, como era de esperarse: un equipo de fútbol le ganó a otro, me parece que por goleada. A la gente le sigue gustando la música, pero nunca llegué a recordar qué bandas. Alguien borró su cuenta de Twitter y abrió otra, quién sabe por qué. Hay un programa nuevo sobre zombis (¿es que no hay más tema?). Hubo un temblor más o menos fuerte. Ah, eso me pasó fue a mí.

Después de un par de horas con la ventana abierta volví a ponerme a pensar. Me acordé de mi amiga Seele en Berlín. Hace rato no hablo con ella. Parte de mi cabeza intentó consolarme por la ingratitud: "bueno, pero la has estado siguiendo en Twitter". ¡Y qué! El hecho de que yo descuidadamente me entere de sus aventuras con el tren y la nieve no me hace mejor persona, no afianza nuestros vínculos, no es prueba de nada. No es que uno tenga que pasársela hablando todo el tiempo para ser un buen amigo, pero nos engañamos si pensamos que a punta de titulares tenemos las relaciones bajo control. Yo no sé nada de ustedes y ustedes no saben gran cosa sobre mí. Y seguramente así se va a quedar, porque ni ustedes ni yo estamos tan interesados en ahondar en las grandes noticias que son el frío y la rabia.

Así que heme aquí, hablando como perdida recién aparecida, tratando de arreglar el daño que me ocasioné dejándole a Twitter el manejo de mis relaciones personales y mi monólogo interior. Como primera medida enviaré postales a los que quieran (a no ser que por ahí veinte personas o más digan yo-yo-yo, pero eso es imposible). No sé de qué vaya a servir, pero seguro es más significativo que favoritear tweets que cinco minutos después pasarán al olvido.


[ Wormhole — Wendy Carlos ]

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A veces pienso en las cosas que no sé hacer. No sé cocinar, por ejemplo. Tampoco sé escribir cuentos ni nadar. Hasta hace tres años tampoco sabía montar bicicleta. No es una lista de cosas por aprender. Estoy resignada a hacer lo que puedo con las letras, que se debe parecer a lo que hago con los brazos en el agua. Falta de gracia, falta de dirección. Prefiero pensar en mí sentada con el agua hasta el cuello en Tumon. Sola sola sola, mirando las ondas de arena en el fondo superpuestas por la sombra de las ondas de la superficie. La luz va cambiando de color. Explota. Se apaga.

No sé muchas cosas. Tampoco sé a qué viene todo esto.


[ Tap at My Window — Laura Marling ]

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Twitter, o El ruido indeleble

Hace unos días mencioné en Twitter que jamás volvería a Kioto. Podía entreverse en el tweet mi cabeza arrojada hacia un lado con el dorso de la mano sobre la frente, casi que a punto de romper en canto, Capri, c'est fini. Sin embargo, como a las dos horas estaba pensando en un itinerario para un posible tour Nagoya-Kioto. Ya no tiene ninguna validez lo antes dicho, pero ahí está. Tal vez alguien lo haya visto y se lo tome a mal, quién sabe. El caso es que lo que para mí fue un lamparazo sin sentido devino en una declaración indeleble. Twitter se ha convertido en el nuevo pensar en voz alta, con la diferencia de que lo que allí se dice queda consignado, adquiriendo así un peso mucho mayor del que suele merecer. Claro, también sirve para interactuar, pero en aras de establecer contacto enviamos señales al vacío, postales de nuestra vida a la espera de alguien que las recoja y le dé valor a aquello a lo que nosotros mismos no le concederíamos mayor importancia.

Hace un tiempo, en un momento de especial desespero y confusión, encontré un tweet que me molestó y automáticamente respondí con otro tweet. Esto generó un malentendido que hasta el día de hoy no se ha aclarado, supongo que por el carácter críptico de ambos mensajes. Un indirectazo malinterpretado, otro indirectazo que se consideró altamente ofensivo, dos personas gratuitamente enojadas y tristes. Supongo que ahora pago las consecuencias de algo que en la vida real se habría solucionado fácilmente a los gritos o echándome a llorar, medidas muchísimo más valientes que los sablazos disfrazados. Y es que cuando uno no tiene a quién recurrir en un momento dado, Twitter ofrece el atractivo de parecer un gran confesionario, el hueco donde se vociferan secretos y se tapan con tierra. La diferencia es que en realidad todo queda al aire, a la vista de todo el mundo y sujeto a todo tipo de interpretaciones. Es así como Twitter se convierte en un repositorio de indirectazos.

Buena parte de los tweets de muchas personas parece estar destinada a un receptor tácito. No hace falta mencionar que estos mensajes suelen ser de carácter sentimental y expresan ideas negativas. Así pues, escribir en Twitter es como andar componiendo "You're So Vain" miles de veces y con mucha menos gracia, ahí por el ladito a ver si el mentado coge el chiste pero ojalá que no para no tener que enfrentarlo en realidad. Cuando no es eso, es un intento frenético de inmortalizar nuestra soledad con la esperanza de remediarla. Twitter nos revela como náufragos tirando botellas al mar con la lancha parqueada a nuestro lado.

No me gusta lo que me ha traído Twitter. Esto no quiere decir que vaya a cerrar mi cuenta, pero ahora quisiera pensarlo dos veces antes de regar por ahí el contenido de mi cerebro como si de un sustituto del diván se tratase. Necesito recordar que propagar ondas de radio no significa necesariamente que alguien las vaya a detectar, y que de todos modos lo único que estoy haciendo es llenar el espacio de ruido.


[ In Time — Zero 7 ]

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Luces de Purkinje

Henos aquí, enfrentados a la realidad. No se puede tener los ojos cerrados demasiado tiempo. Al menos no cuando ya se ha despertado y uno es consciente de que hay un telón anaranjado con manchas voladoras obstaculizando lo que sea que haya enfrente. El error, aunque inevitable, consiste en abrir los ojos. Las luces se evaporan. A veces quedan algunos destellos morados salpicando el paisaje, pero estos no duran más de diez segundos. Y entonces hela ahí, la frustración de saber que el sueño no fue más que un sueño y que faltan catorce horas para acostarse de nuevo, que si se sigue dando vueltas tercamente en la cama se enfrían los pies y las cobijas se tornan insoportables, que volver a dormir no lo devuelve a uno al capítulo en el que quedó la madrugada anterior como sí pasa cuando uno vuelve a despertar. Despertar para que a uno se le escape un suspiro de impotencia al abrir la ventana y encontrarse un parqueadero que da contra un bosque que da contra un edificio que da contra el cielo que tal vez dé contra el océano que da contra una playa que da contra una calle que da contra una fachada que tropieza con un borde y ese borde es un alféizar y sobre ese alféizar reposan los dedos conocidos de alguien que tampoco puede verlo a uno con tanto obstáculo por delante.

Obviamente, la frustración desaparecería si al disiparse las luces de Purkinje apareciera ante uno una espalda o una cara—esa espalda y esa cara. Pero entonces surgirían nuevas frustraciones. Qué cosa para roncar tan duro y por qué demonios no se acordó de pagar el recibo del gas a tiempo, por ejemplo.


[ Don't Bring Me Down — Sia ]

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Después del banquete

Cuando el asunto empieza, uno cree que esta vez es diferente y se lo anuncia a todo el mundo con orgullo: "esta vez es diferente". Uno desfila airoso por las calles, saludando con la mano a las multitudes como el soldado que va para la guerra creyendo que ya ha regresado con la victoria a cuestas.

Pero entonces, sin saber cómo ni cuándo, todo resulta igual que siempre. El último barco de la Grande y Felicísima Armada se hunde y a uno no le queda más que agacharse a recoger las palabras y los corazones que dejó regados por todo el piso cual confeti pisoteado al final de la fiesta.

Lo bueno es poder recordar siempre que hubo fiesta.


[ Distant Radio — Devics ]

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Quisiera ser un pez

Los pescaditos secos que vienen en los paquetes de pasabocas para acompañar el trago tienen cara de Alien, así colmilludos y con la boca excesivamente abierta cual momia de Indiana Jones. Sin embargo, pese a su condición de atentado a la estética gastronómica, observarlos no produce horror sino risa histérica.

La culpa la tiene Juan Luis Guerra por desear ser un pez cuando esto —digo yo sosteniendo el cadáver arrugado entre índice y pulgar— es lo que les pasa a las pobres sardinitas que nunca anhelaron la vida de ultramar.

Pensándolo bien, esa es una canción barata y obscena. Es obvio que los clupeiformes son lo último que pudo haber pasado por su cabeza cuando la compuso.


[ Are You Experienced? — Jimi Hendrix ]

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Una media de rayas

Anoche, mientras dormía, se me escurrió una media de rayas de colores y quedó atrapada entre las cobijas. Mientras esto ocurría estaba soñando que unos personajes oscuros me invitaban a sentarme al lado de ellos en la banca de una iglesia, lo cual suponía un dilema puesto que si los acompañaba quedaría afiliada al Imperio y mis conocidos me odiarían, pero si me sentaba al otro lado del pasillo junto a los demás sería considerada una Rebelde y tendría que pelear y enfrentarme a una dolorosa muerte. Pensaba que lo mejor era huir alegando que no me gusta Star Wars.

Desperté mucho antes del amanecer, pero no me puse la ropa encima de la pijama para ir a tomarle fotos al radiotelescopio teñido de rosado por las primeras brumas de la mañana como el día anterior. El silencio era incómodamente soporífero para alguien que podría cerrar los ojos mas no dormir de nuevo, así que prendí el computador. Es asombroso notar cómo este aislamiento total ya no me escuece. Si quiero usar la voz, canto. Si busco interacción con otro ser humano,... ¿por qué habría de buscar eso? ¿Para qué? Todos sabemos que la respuesta a "cómo estás" es "bien".

Me pregunté qué debía hacer hoy, pese a que lo normal siendo domingo de vacaciones es que no haya nada que realmente deba hacer. A veces me cuesta saber qué día de la semana es y si dicho día me acarrea responsabilidades, puesto que no hay mayor diferencia entre los días oficiales de trabajo y los de asueto. Puedo estar traduciendo un domingo como puedo estar dibujando un miércoles. Me gusta lo que hago, sea tarea impuesta o no. Tras deambular por los rincones de mi cabeza concluí que al parecer hoy tampoco hablaré con nadie, pero que lo mejor es que salga a tomar algo de aire invernal y reponer las reservas de leche de soya saborizada que ya están escaseando.

El sol terminó de salir y las últimas ráfagas heladas se alejaron de la ventana. Me paré a apagar la calefacción y al contacto con el tatami descubrí que tenía el pie izquierdo desnudo. No supe por qué quise escribirlo, pero lo hice.


[ Who's Gonna Save My Soul — Gnarls Barkley ]

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雑魚寝

La primera noche duermen abrazados. Después el fastidio del calor corporal puede más que lo que sea que une a dos personas que comparten la cama voluntariamente. Esto se aprecia particularmente después de la media noche, cuando uno de los dos no puede conciliar el sueño por una u otra razón y el otro está completamente ido. El insomne reclama atención pero es inútil: a su lado ya no yace un ser humano sino una roca blanda. A eso sumémosle el agravante del robo de cobijas, que a veces no es tan terrible pues el ladrón suele tener la gentileza de dejarle a la víctima una mísera sábana. Y vaya usted a saber cómo hacérselo saber al culpable sin dejarle el corazón retumbándole en los oídos. Son delicados, los durmientes.

No obstante, hacia las cinco de la mañana las partes involucradas recobran parcialmente la conciencia y el fastidio del calor corporal vuelve a perder importancia frente a lo que sea que une a dos personas que comparten la cama voluntariamente. Pronto abrirán los ojos y sonreirán al descubrirse tan cerca. Esa parte es bonita.


[ She's Got a Way — Billy Joel ]

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Observación (II)

Cuando un interlocutor se dispone a acabar con un hiato en la conversación (cosa común en comidas o reuniones casuales alrededor de un café), sus labios se separan ligera, casi imperceptiblemente, cosa de un milímetro o menos. La mirada, antes fija en su contraparte —o en objetivos móviles lejos de los ojos de ésta— se detiene de repente en un punto fijo, generalmente a medio camino de los hablantes, flotando suavemente sobre la mesa.

Pasarán varios segundos antes de que los ojos busquen el rostro que pacientemente los espera y la boca se abra un poco más. El encogimiento de hombros que acompaña la toma de aire es señal inequívoca de la llegada al mundo de un nuevo sonido.

Este proceso suele ser preludio de anécdotas o preguntas cuyas respuestas requieran del escucha el alejamiento de la vista en dirección al techo o a la última repisa de alguna estantería lejana.


[ Young Hearts Run Free — Kym Mazelle ]

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Observación

Cuando a un niño de dos o tres años se le entregan dos pelotas al tiempo (o se le presenta una bolsa llena de pelotas para que tome las que desee), lo primero que hace tras agarrarlas firmemente con sus manitas es golpearlas una contra otra repetidamente. Una vez realizado este (tal vez inconsciente) aplauso ritual, procede a jugar.


[ 雲は白リンゴは赤 — aiko ]

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