Doblepensar

El blog favorito de la mamá de Olavia Kite.


Daruma de bicicleta

Anoche leí un artículo sobre el trauma generado por los accidentes de bicicleta versus aquel causado por los accidentes ocasionados al correr. La gente tiende a jurar que no volverá a subirse al lomo de ese monstruo con ruedas así el tiempo de recuperación por lesiones ciclísticas sea breve comparado con el de las lesiones de un pie mal puesto en la pista.

No llevo mucho tiempo montando bicicleta. Tres años, no más (¡uash, ya tres años!). Me he caído varias veces y tengo un par de cicatrices en las rodillas para probarlo. Bueno, también tengo una cicatriz de cuando me atropelló una bicicleta, pero esa es otra historia y creo que la he contado millones de veces. Mis percances ciclísticos han sido más bien vergonzosos, a decir verdad. Enumeraré los más memorables:
  1. Me fui de lado entrando en una rampa, intenté agarrarme de una pared, quedé abrazándola, la bicicleta siguió cuesta abajo, me arrastró, la camisa se me desabotonó y me raspé todo el pecho.
  2. Otra rampa en bajada; esta vez quedé abrazando unos arbustos. No hubo nudismo accidental. El resultado, aquí.
  3. Se me enredó un pedal en un bolardo, di una especie de bote en el aire, el pie que iba sobre el pedal quedó agarrado a la altura del bolardo y se dobló feo. El dedo gordo de dicho pie se volvió una masa amorfa morada. Era tan horrible que no le tomé foto.
  4. Una estudiante descuidada sin frenos me estrelló. Mi teléfono salió volando. Empezó a timbrar apenas tocó tierra. Aún tirada en el pavimento, contesté.
  5. Como habrán podido adivinar ya, el campus de mi universidad es una gran pista de bicicross con subidas y bajadas a granel. ¿Qué pasa cuando dos personas vienen de dos cimas contiguas? Se encuentran en el valle y se convierten en un amasijo de metal y piernas difícil de desengarzar. Es como besarse pero con varillas de por medio y sin saber con quién.
  6. Iba más bien rápido cerca de la bifurcación de un camino. Apareció de la nada una de esas típicas estudiantes sin frenos. La esquivé pero no alcancé a coger el otro brazo de la Y. La llanta golpeó el murito que separaba ambas ramas. Sentí que salía volando como los malos de Los Magníficos. No tengo idea de cómo caí, pero llevo varios días con con las piernas todas pintadas de colores.
  7. Al otro día del accidente #6 llegué a la facultad pensando en lo gracioso que sería volver a caerme de la bici. Un minuto después frené mal, me fui a bajar, la bicicleta siguió, me arrastró, terminé de pintarme las piernas.
Pese a todo esto —mi mamá debe estar al borde del infarto leyendo estas fantásticas historias de supervivencia—, nunca se me ha pasado por la cabeza dejar de montar bicicleta. Me gusta muchísimo ir por ahí rodando, escuchando música bajo la mirada vigilante del radiotelescopio, con el paisaje abriéndose hacia el infinito detrás de las viejas casas rurales. Cavorite dice que soy un peligro sobre ruedas, pero en Tsukuba montar bici es cuestión de supervivencia (lo siento, ciclistas de Amsterdam). No obstante, me preocupa que en Bogotá se me acabe la dicha ciclística gracias a las distancias, el estado de las vías y el clima (por no mencionar la inseguridad).

Eso sí, no me pregunten sobre traumas de conducción automovilística. De eso no se habla.

Addendum: Lowfill Sensei, si me lees, mil y mil gracias de nuevo por haberme enseñado a montar bici.

Foux du FaFa

¡Aquí viene! ¡Huyan! ¡Aaaaaaaaaargh!
(foto de Cavorite)


[ Miracle and Magician — Wendy Carlos ]

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Síndrome de abstinencia

Leer el timeline de alguien en Twitter no significa que uno esté pendiente de esa persona. Si acaso uno está morbosamente al tanto, pero es como quien espera el desarrollo de una historia en la franjita roja de abajo en el canal de noticias. Y ni siquiera es una historia interesante. "Qué día tan desastroso". "Solo la música salvará mi corazón roto". "Paso la noche en vela y aún soy incapaz de hacer la tarea". Entre más sufra uno en público, mejor. Estoy casi segura de que lo que realmente nos agobia no está consignado en paquetes de 140 caracteres a no ser que al otro lado de la línea haya alguien que capte el indirectazo. Pero de esto ya he hablado.

Ayer decidí alejarme todavía más de Twitter. Ya ni siquiera es pensarlo dos veces antes de escribir. Es no usarlo, de ser posible. No me refiero a cerrar la cuenta y que aparezca "this page doesn't exist!" en vez de mi cara y mis ingeniosas frases (jaja, sí, claro) porque nunca he sido así de radical. Pero si yo suelo ser la primera en rechazar invitaciones a fiestas, ¿por qué querría quedarme en esta que sigue y sigue y sigue? Ni siquiera dan pasabocas. Y luego va uno y se da cuenta de que con algunas personas fuera de Twitter el tema de conversación es Twitter. Oh, un nuevo insultador ha nacido. ¿Me importa? Claro que no. Así que dije "ça suffit!" y adiós.

***

Consciente de que aún no puedo ganarme mi chip de "1 day sober" me levanto de la silla y les cuento cómo fue mi día sin Twitter. O más bien, llenaré este rectángulo grande con todo lo que no puse en el rectángulo pequeño que estoy tratando de dejar:

Las primeras horas de alejamiento pasaron apaciblemente entre el avance lento mas no doloroso de lo importante y una foto que me tomé con un wok nuevo que me compré como incentivo para mi exitoso programa de mejora de la calidad de mi alimentación (recuerden: la versión oficial es que no sé cocinar, así que shh). Tuve el impulso de contarle al mundo la gran noticia, pero en cambio se la conté a Cavorite. Bien. Quise hablar también de las curiosidades lingüísticas de la hiperqueratosis plantar, pero el tema ya había sido cubierto durante mi desayuno al aire libre con Yurika (un sándwich de lechuga, tomate y queso emmental tamaño achira + un pan dulce tamaño achira + un tinto = ¥810), así que le envié un mensaje de seguimiento al celular. Fue la primera vez que le escribí un mensaje a una japonesa para hablar de cualquier bobada. Sí, después de tanto tiempo. Sí, estando a punto de abandonar el país. Muy triste pero muy bien.

No obstante la sensación de poder sobre el tiempo y la información a lo largo del día sin aquella pestaña abierta en el navegador, me invadía con cierta frecuencia la sensación de estar perdiéndome de algo. Finalmente volví a usarlo hoy, supongo que extrañando la engañosa sensación de intercambio con otros seres humanos. No aprendí mayor cosa, como era de esperarse: un equipo de fútbol le ganó a otro, me parece que por goleada. A la gente le sigue gustando la música, pero nunca llegué a recordar qué bandas. Alguien borró su cuenta de Twitter y abrió otra, quién sabe por qué. Hay un programa nuevo sobre zombis (¿es que no hay más tema?). Hubo un temblor más o menos fuerte. Ah, eso me pasó fue a mí.

Después de un par de horas con la ventana abierta volví a ponerme a pensar. Me acordé de mi amiga Seele en Berlín. Hace rato no hablo con ella. Parte de mi cabeza intentó consolarme por la ingratitud: "bueno, pero la has estado siguiendo en Twitter". ¡Y qué! El hecho de que yo descuidadamente me entere de sus aventuras con el tren y la nieve no me hace mejor persona, no afianza nuestros vínculos, no es prueba de nada. No es que uno tenga que pasársela hablando todo el tiempo para ser un buen amigo, pero nos engañamos si pensamos que a punta de titulares tenemos las relaciones bajo control. Yo no sé nada de ustedes y ustedes no saben gran cosa sobre mí. Y seguramente así se va a quedar, porque ni ustedes ni yo estamos tan interesados en ahondar en las grandes noticias que son el frío y la rabia.

Así que heme aquí, hablando como perdida recién aparecida, tratando de arreglar el daño que me ocasioné dejándole a Twitter el manejo de mis relaciones personales y mi monólogo interior. Como primera medida enviaré postales a los que quieran (a no ser que por ahí veinte personas o más digan yo-yo-yo, pero eso es imposible). No sé de qué vaya a servir, pero seguro es más significativo que favoritear tweets que cinco minutos después pasarán al olvido.


[ Wormhole — Wendy Carlos ]

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Devenir

Hace exactamente un año me desmayé. En un par de horas oscurecerá, diré "ya vengo", iré al baño a cepillarme los dientes y no reapareceré sino hasta el otro día. Luego me sentaré a recoger parches de lo que alcance a recordar. Pero bueno. Ahora como bien. Subí de peso, pero a quién le importan las caderas blanditas si el cerebro funciona de buena gana y no se reinicia solo.

A esta hora debería estar haciendo una llamada a Ginebra. Si marcara, empero, lo más seguro es que me contestaría un anuncio en francés señalando lo que ya sé: que al otro lado de la línea no hay nadie. Ahora, si de lo que se trata es de buscar al dueño del número ahora inactivo, podría marcar otro número, pero ya no sería una llamada de buenos días sino una de lamento despertarte a medianoche. El inevitable cambio, un continuo reajuste. Hace un año ni siquiera había interlocutor al teléfono.

Nos movemos, cambiamos, nos estrellamos contra paredes que aparecen de la nada en medio de autopistas, taladramos caminos entre las paredes, avanzamos de una manera u otra. Las más férreas resoluciones se ablandan y disuelven. Se hace evidente lo inútil que es el miedo a lo borroso del horizonte cuando miramos hacia atrás y entendemos que lo que se avecinaba, ahora tan claro, era imposible de ver con antelación, que a la larga de nada sirvió planear. Hace un año hablé de quien era yo diez años atrás. Hoy hablo de esa yo de hace un año. Diez años, un año, la misma inmensa ignorancia. Caminamos miopes por la vida mientras los sucesos nos saltan a la cara como gatos asustados.


[ L'âge d'or — Emily Loizeau ]

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Delirio

Anoche soñé que atravesaba un arrozal inmenso en bus. La carretera partía el infinito en dos; alrededor el cielo desdibujaba el horizonte, fundiendo el verde en un azul blancuzco enceguecedor. Quién sabe dónde estaría sembrada la última hilera de arroz, dónde romperían las olas al otro lado de aquel mar. El bus seguía y seguía bajo esa luz extraña que encendía las espigas como antorchas.

Creo que me equivoco al hablar en pasado: aún estoy soñando con aquel campo, encerrada en la inmensidad. A veces creo que despierto. La última vez que abrí los ojos era de noche. A mi alrededor había torres repletas de luces alzándose hasta converger en una especie de cúpula ilusoria. Perdida entre el negro y el neón seguí a alguien que de repente había extendido su mano tras su espalda, hacia mí. Caminamos como si la ciudad no se fuera a acabar nunca, como si su infinitud fuera una excusa para seguir juntos. Sabía que cuando desenredara nuestros dedos se abriría un abismo entre nosotros y se llenaría de agua salada. No me sueltes, no me dejes ir a dormir. No dejes que el sol nos toque los párpados a destiempo. Está bien. Me resignaré a ser paciente y esperar el final de este delirio. Igual yo sé que a tu siguiente día no pertenezco.


[ Lullaby (Goodnight, My Angel) — Billy Joel ]

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El parque

Sometimes I Remember I'm Alive
Olavia Kite modela para una propaganda de seguros de vida. O de gaseosa. O de universidades.

Qué bueno que no nos suicidamos cuando hubo oportunidad porque no habríamos visto el parque.

El parque está a 5km de nuestro edificio. Uno baja por toda la avenida Oeste, pasa el centro, pasa frente a ese establecimiento sospechoso que se llama "La universidad del sauna" y huele a jabón líquido, pasa frente a ese restaurante de sushi que ya cerró —no hacen sino quebrar los negocios en Japón— y llega. ¡Es todo un mundo de verdor para nosotras dos! Y para las familias con bebés. Y para las parejas de amigas. Y para las parejas de novios. Y para las parejas de viejitos. Y para los perros. Y para los hurones. Y para los patos.

Buscamos el lago, extendemos un mantel (en realidad son sobras de los ejercicios de modistería de Azuma) y comemos delicias del combini. Bueno, "delicias" es un decir: ramen con verduras, sándwich de huevo. Recuerdo París con Cavorite. "¡Nuestro restaurante favorito!" solíamos exclamar señalando la entrada del Monoprix. Sandwich jambon crudités. Para mí una Orangina, siempre una Orangina.

Al otro lado de la calle está la JAXA. Así pues, en una cuadra hay gente entrenando para la próxima maratón y en la otra hay astronautas entrenando para usar Twitter desde bien lejos. Al borde está la pastelería austríaca que examinamos desde afuera con tanta curiosidad porque viviendo acá alcanzamos a imaginarnos que Europa es así. En el imaginario Japonés Laura Ashley es la diseñadora de interiores de la UE. "Frisches Brot" dice un letrero en forma de pretzel. "Geschlossene Gesellschaft" dice otro. Lo que faltaba, una pastelería existencial.

Saco el ukulele y toco un rato. No me acuerdo de las letras de las canciones. Un extranjero pasa y me pregunta si soy de Suramérica. Sí. Que muy bonito. Que muchas gracias. Se va. Creo que este señor piensa que esto es un charango. ¡Ni siquiera estaba cantando en español!

Mira, Azuma, si toco esta nota así ese señor que está soplando burbujas allí se ve todo dramático. Es verdad. Y si cierras los ojos y escuchas el ukulele se siente rico cómo te da el viento y el sol en la cara. Nos explayamos y dormitamos como si esto fuera Mata'pang Beach.

Llega esa hora en la que toca sentarse porque los árboles al otro lado del lago, que todo el día han estado ahí sonriendo sin pensar de a mucho, de repente recuerdan algo que los hace bajar la mirada un poco. Se encienden los árboles pensativos del final del día: ese es mi verde favorito. El verde favorito de Azuma viene inmediatamente después, cuando empieza a oscurecer.

Volveremos el próximo domingo. Y todos los domingos que sea necesario. Considérenlo una obsesión con sentirse vivo.


[ Sunday — Sia ]

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Transambulare

Pensar y pensar y pensar y pensar y pensar y pensar y pensar.

Me encuentro con este espacio en blanco después de todo un mes y me pregunto qué hacer con él. Antes lo sabía bien, pero ya no. Ahora pienso y pienso y pienso y pienso. Podría recurrir al cliché de "parece como si lo hubiera soñado", pero no. Me aferro a la realidad de lo que ocurrió y saboreo sus últimas migajas. Hay envolturas de chocolate desperdigadas en el cuarto, un tulipán de madera sobre una cajonera, nuevos libros en mi biblioteca. Pasé días royendo un queso zaanlander.

Todo esto sucedió.

No hay un traboule interdimensional que me deje sobre el Cours Lafayette. No hay un tranvía interdimensional que me deje en Servette. Quiero volver, pero ¿cómo? Es imposible. Se acabaron las vacaciones. Si aguardara hasta las siguientes, encontraría las ciudades desnudas. Todos se habrían ido. Todos los que me importan.

Quisiera que me esperaran. Quisiera esperarlos.


[ The Church of What's Happening Now — Sia ]

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Los hacendados, ¿hacen dados?


j. le propone un problema a Cavorite, un problema con dados. Hay que encontrar la manera de que el mayor valor del dado A le gane al del lado B, y a su vez este le gane al del dado C, y este además le gane al del dado A.

A mí se me ocurre una solución: que los dados tengan como valores cartas de la baraja francesa. Así, el as será menor que cualquier otro número pero de todas maneras le ganará al mayor valor. Cavorite me dice que eso no se puede porque el problema exige el uso de números naturales y J, Q y K no lo son. Yo le digo que no importa, quitamos esos y de todas maneras el as sigue siendo mayor y menor al mismo tiempo. Obviamente, mi respuesta no es tomada en serio. Me rindo. Él insiste. Arguyo, en favor de mi falta de rigor matemático, que yo no veo números en mi cabeza como para resolver el problema de manera apropiada (en realidad sí los veo, pero son de colores y están en Helvetica Regular). Sorprendido, él levanta la mirada: ¿no? ¿Qué veo entonces? Él, por ejemplo, ve las reglas del ejercicio. Yo le digo que lo que hay en mi mente son tres dados en corrillo, cada uno de diferente tamaño. Si el tamaño de cada dado representa su valor, la manera de hacer que el mayor sea más pequeño que el menor sería poniéndolos en las esquinas de una escalera escheriana. "Necesitamos dados Escher", concluyo. Bluelephant se entera de mi sugerencia: pronta y tajantemente responde que no, que esto es un problema de verdad. De todas maneras Cavorite opina que mis soluciones son "bonitas", y con "bonitas" me figuro que quiere decir "no te has tomado tu clozapina".

Me pregunto cómo será ver reglas. Observo a Cavorite agazapado sobre su escritorio y noto que su cabeza desaparece parcialmente tras una larga lista ilegible de comandos. Están al revés: me encuentro al otro lado de su pantalla mental. Lo dejo ocupado con sus dados abstractos y me llevo los míos tan claros (e imposibles) a Tokio. Pronto pasaré un rato sentada en el sofá más bonito del mundo, pero esa es otra historia.


[ The Girl You Lost to Cocaine — Sia ]

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2009

El año que empezó emprendiendo la retirada de Vietnam se acaba soleado y sosegado en mi apartamento. Tiene pinta de haber sido el año más emocionante de mi vida hasta ahora. Creo que es porque ha sido el año en que finalmente he abierto los ojos para reconocerme completa, viva, corpórea.

Pasaron tantas cosas, tantos lugares, tantas personas. Sonreí y quise y reviré y dije adiós. Desperté. Me liberé de las cadenas que me tenían dando vueltas en la cama, obsesionada hasta la furia con un rompecabezas de más de dos mil piezas de un cuadro de Mucha. Podé las partes de mi vida que me molestaban, saboreé el silencio y por primera vez no me supo amargo.

Del año quedan detalles esparcidos, trozos brillantes de espejos reflejando miles de colores. Una miga de tartaleta en el brazo del boticario. Mis pies al fondo del tibio mar de esmeralda en Waikiki. Un ave alzando vuelo desde la cúpula de la bomba atómica en Hiroshima. La voz de Ovidio susurrando mi nombre. Las luces extáticas iluminando entre rugidos a Alex Kapranos. El radiotelescopio al atardecer. El hallazgo a tientas de una moneda de Arhuaco. La fría oscuridad de la inconsciencia en el baño de mi apartamento. La mirada cansada de Minori. El cielo imposiblemente azul bajo el que abrí los ojos para hallar a Cavorite a mi lado.

Tintinean los fragmentos con el viento que los arrastra para dar paso a recuerdos nuevos. Ahora miro a través de la ventana: amanece. Los rayos anaranjados se explayan sobre un edificio en la distancia y me encandilan; es una mañana más de las que quisiera que él viera conmigo. Ya vendrá el momento.

Y ahora, 2010.


[ Close Your Eyes— Basement Jaxx ]

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Le verbe vouloir

Quiero un gelato gigante, ya sea de Asakusa o de Little Italy. No puedo querer un gelato de ningún lugar de Italia porque nunca he ido a Italia.
Quiero teletransportarme. No a Italia.
Podría coger la bici, irme hasta el KEK y pedirles a los científicos que dejen de hacerse los locos y me teletransporten ya mismo al CERN.
Sí, buen intento.

Quiero crear cosas de la nada y no de los recuerdos.
Quiero crear cosas de los recuerdos.
Quiero completar ese poema inconcluso que me encontré en un recibo en el piso de mi cuarto el otro día.
Me habría gustado haberlo terminado en su momento, pero todos sabemos que del afán nunca ha salido nada bueno, y mucho menos poemas.
En la primera página de un libro, donde ahora reposa ese mismo poema pero sin tachones y con tinta anaranjada, debería estar escrito "Es posible esquivar la nata del chocolate sin sacarla del pocillo", o "Nunca olvides que Jairo Florián y Jacqueline Henríquez componían el elenco de Chispazos", pero no ese remedo de poema. Bueno, qué le hacemos. No es tan malo; solo quedó a medio hacer. Por lo pronto no figura en ninguna parte más que en esa olvidada película de celulosa.

Quiero escribir más.
Quiero que Gazapos me haga levantar las rodillas hasta el mentón y me vea pasar corriendo a toda y grite "go go go go!" y mire su cronómetro y frunza los labios y sacuda la cabeza en desaprobación pero me prohíba rendirme. Así debe ser escribir con ella.
Si fuera escritora, Gazapos sería mi correctora de estilo.

Quiero no pensar en japonés cuando hablo francés.
Quiero no pensar en francés cuando hablo portugués.
Quiero seguir traduciendo para la Alcaldía de Tsukuba.
Quiero yogur de nueces.


[ Boble — Hanne Hukkelberg ]

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Cosas que hice mientras mi computador anduvo de paseo

  • Aprendí a teclear rápido en el iPhone
  • Retomé varios libros abandonados
  • Salí a la 1am a tomar una foto entre la niebla
  • Escribí muchos pedazos de un cuento
    • Espero no dejarlo abandonado como casi todos los otros cuentos
  • Empecé a hacer mi propia bisutería
    • Un pasatiempo adictivo, reemplazo inofensivo del arreglo del computador para calmar la fiebre de molestar piezas metálicas con pinzas
      • No he hecho sino chicanear mi primera obra, un gancho para el pelo con hojitas verdes y metálicas
  • Salí a comer con niñas interesantes
  • Dilapidé mi dinero
    • Guantes de invierno, transportador para la guitarra, diferentes variedades de müsli alemán, útiles de papelería, disco duro de 1TB, insumos para bisutería
  • Hablé por teléfono con Cavorite
    • Se sintió raro las primeras veces, hasta risita nerviosa me dio
  • Volví a hablar por teléfono con Cavorite
    • Y la risita seguía ahí
  • Me convertí en una estudiante en proceso de escribir su tesis
    • Me puse la soga al cuello
    • Mis supervisores se notan entusiasmados
      • Pobres
  • Probé el Vegemite
    • Con miel va muy bien
  • Aprendí a tocar una canción cursi
  • Abusé de la hospitalidad de Azuma
  • Entregué tareas a tiempo
    • De ver y no creer
  • Fui a la tienda Yamaha a comprar un ukulele para aprender a tocar
    • Y desistí porque el que estaba en promoción era un made in China maluco
    • Y porque el que atendía nos trató mal y nos dijo que no tocáramos los ukuleles
      • ¿Y cómo voy a saber cuál comprar si no puedo tocarlo?

[ Montagues and Capulets — Sergei Prokofiev ]

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バナ夫

De izq. a der.: Cavorite, Banao, Olavia Kite.

Él es Banao, mi roommate. Es un gran amigo, aunque venimos de mundos distintos. Estoy convencida de que su estadía acá forma parte de un experimento de inmersión to see how the other half lives; de otro modo es inexplicable que alguien cambie un penthouse con vista a la Tokyo Tower por esta madriguera campestre. Trata de mostrarse comprensivo la mayoría del tiempo, pero es obvio que le choca que yo sea tan gañana. Dice que con ese modo de ser mío es un milagro que Cavorite se haya fijado en mí.

[ Wouldn't It Be Nice — The Beach Boys ]

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Premiers Symptômes/5

Llegar al apartamento toda emparamada por ir a traerle sushi y piña para la cena tiene que haber significado algo, aunque no me hubiese percatado de ello. Era obvio que no tenía por qué hacerlo. Al fin y al cabo, él era tan solo un invitado. Sin embargo, me había dicho que le gustaba la piña y hacía tiempo no la probaba, y no estaba segura de que pudiéramos ir a comer sushi juntos antes de que siguiera su camino por Japón... No sé; yo solo pensé al entrar y encontrármelo que debía verme horrible con el pelo mojado y alborotado.

—Te traje un regalo pero tú no lo viste—, declaró él tras el postre.

Miré hacia todos lados, algo avergonzada. Cuando finalmente encontré en mi muro de postales una de Escher que él me había traído de Yokohama, mis manos se extendieron sobre una pared invisible tras la cual se escondía la curiosidad de cómo sería abrazarlo.

Afortunadamente para mis gélidos temores, al cabo de unas horas él tomó a Banao de picahielo y se abrió paso entre los témpanos que marcaban la frontera entre dos futones dispuestos en forma de L.

Aquí es donde termina el prólogo y empieza la historia.


[ Close Your Eyes — Basement Jaxx ]

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Premiers Symptômes/4

(Escena: apartamento de Olavia Kite. El recinto está dividido en dos espacios: cocina y alcoba. Contra las paredes de la cocina hay arrumes de papeles, una caja rebosante de bolsas, un tablero de acrílico y un morral grande. Al lado de este se encuentra un trípode para cámara convertido en perchero improvisado del que pende ropa de hombre. Azuma entra en escena por la cocina mientras se abre el telón. Olavia la guía hasta la alcoba, donde señala dos futones dispuestos en L.)
Olavia. Se puede adivinar cuál es el de quién.
(El futón que está contra la ventana está enterrado bajo una montaña de cobijas entre la que se vislumbra una pijama. El que está contra el armario tiene las cobijas perfectamente dobladas en una torre coronada por un banano de peluche.)
Olavia. (fingiendo indignación) ¡Cogió a Banao de almohada!
Azuma. (horrorizada) ¡Pobre Banao!
Olavia. Y ahora mi trípode es un perchero.
Azuma. (indignada) ¡No!
Olavia. Y mira esto. ¡Mira esto!
Azuma. ¿Qué?
(Olavia abre la puerta del baño y señala el paisaje marino de gelatina que decora la pared de la ducha.)
Olavia: ¡Ahora hay un pulpo comiéndose un pececito! ¡Ha alterado mi ecosistema de gelatina!
(Azuma ríe, aunque aún indignada.)
Olavia. ¿Y sabes qué me dijo cuando le pregunté al respecto?
Azuma. ¿Qué?
Olavia. "El pulpo necesita alimentarse".
Azuma. (de repente enternecida) Awwww.
(Olavia también ríe. Se la adivina conmovida.)
Telón.

[ The Limit to Your Love – Feist ]

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Premiers Symptômes/3

La única habitación de mi apartamento tiene el piso de estera, así que al aceptar mi invitación él estaba accediendo a pasar un fin de semana durmiendo prácticamente a ras del suelo. También cabía la posibilidad de hacerse a una silla reclinable en caso de requerir mayor elevación, pero ese era solo un chiste recurrente en nuestro intercambio de correspondencia.

Dispusimos los futones perpendicularmente, uno contra el clóset y otro contra la ventana que da al balcón. Él se apropió de Banao (mi banano de peluche gigante) para usarlo como segunda almohada, un poco para mi horror. No obstante, opté por no protestar: seguramente a Banao no le molestaría ayudarlo a descansar un par de noches. Me metí entre las cobijas y le pedí que apagara la luz. Hasta mañana.

A las 6:15 el sonó una canción de los Ulfuls a modo de despertador. Él refunfuñó y siguió durmiendo, pero yo me levanté a preparar el desayuno. En el camino me detuve un momento a observarlo. No roncaba. Se veía bonito así.


[ A Sorta Fairytale — Tori Amos ]

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Premiers Symptômes/2

Tokio parecía una postal. El bus que me traía desde Tsukuba recorría las calles atestadas de gente tan típicamente pintoresca que bordeaba las paredes tan típicamente grises pero llenas de letreros tan típicamente chillones, que pensé que este sería un buen día para su arribo. Hoy lo vería todo tal como lo venden por fuera.

Un shinkansen pasó raudo sobre el laberinto escheriano de las vías. Podría ser el suyo, en caso de haber perdido el que salía más temprano. Me gustaba la idea de estar viéndolo llegar, pero también cabía la posibilidad de que ya estuviera esperándome en la estación. El tráfico en las carreteras japonesas suele ser traicionero, y yo ahora avanzaba impotente frente a tienda tras tienda tras tienda con una cuchillada en la espalda.

El corredor que conecta la puerta Nihonbashi con las tres puertas Yaesu se estiraba como en una pesadilla de esas en las que uno corre y no alcanza. Yo me dirigía justo a la última, la Yaesu South. Mis piernas enfundadas en medias amarillas se hicieron una sola pincelada larga que se fue borrando sobre la superficie sinuosa del camino para ciegos, y por un instante algo en mi estómago pareció intentar tomar vuelo. No pude explicármelo: él era apenas un viejo conocido con quien había desayunado en Bogotá una vez el año pasado.

No alcancé ni a corregir el rumbo para buscar los torniquetes cuando lo vi apostado junto a su inmenso morral. Lo vislumbré por un fragmento de segundo, luego desapareció tras la gente y las columnas, y luego definitivamente estaba ahí.

No hubo abrazo ni beso ni nada. Le eché la culpa a Japón y sus muros interhumanos, pero la verdad es que ninguno de los dos estaba acostumbrado.


[ Una nube cuelga sobre mí — Los Bunkers ]

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Premiers Symptômes/1

Esa noche me llamó desde Kobe. Yo estaba dictando clase. Los estudiantes se rieron cuando les hice todo tipo de venias para pedir perdón por la interrupción, teléfono en mano con holas entrecortados, y salir corriendo de la biblioteca.

No recordaba que su voz fuera tan agradable. Eso debería haberme dado una pista de lo que se avecinaba.


[ All My Life — Foo Fighters ]

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