Panza, bonete, libro y cuajar
23 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy jueves, diciembre 02, 2010 a las 9:19 a. m..
Estoy mal del estómago. Otra vez. Siempre estoy mal del estómago. ¿Qué pudo ser esta vez? ¿La leche de soya? ¿El puré de ahuyama? No tiene caso señalar culpables. Me dan escalofríos, bajan hasta la altura del ombligo y ahí se quedan. Rrrrr, rrrrr. Es como si tuviera un motor defectuoso acá adentro. ("Chancletielo, chancletielo", dice el mecánico inclinado bajo el capot del viejo Renault 4.)
Hace sol pero no quiero salir. Tiene cara de ser ese sol frío que solo sirve para dibujar sombras raras en el pavimento. Es como un abrazo insincero, como un apretón guango de manos. Creo que quiero eructar. O vomitar. O acostarme y agarrarme la barriga con las dos manos. Es blandita mi barriga. No sé para qué querría tenerla dura.
Cuando era chiquita odiaba mi panza. Estaba convencida de que era la única niña barrigona del mundo. Y bueno, en el colegio ayudaban a reforzarme esa noción. En clase de danza, cuando todas teníamos que andar en traje de ballet, una de las compañeras decía que yo parecía embarazada de nueve meses. Sí, definitivamente yo debía ser una anomalía de la naturaleza si todas eran tan rectas y espigadas. Olvidemos que la vida les regalaría poco tiempo después caderas de crinolina; ese es un detalle menor si en la feria de las formas a mí me tocó la de nevera.
En todo caso la barriga siguió siendo un problema central en mi adolescencia. ¿Por qué no usar bikini? Por la barriga. ¿Fotos sentada? Se nota la barriga. La barriga, la barriga, la barriga. Intentaron ponerme una banda de caucho gruesa alrededor de las caderas a modo de recordatorio para meter panza, pero al final del día eso resultaba enrollado bajo las costillas y la pipa seguía ahí, invicta. Para colmo de males, a los catorce años me mandaron a Estados Unidos a un "intercambio cultural" organizado por el colegio. El paseo, que lo único que tuvo de intercambio fue la iluminación que trajimos a nuestros host parents and siblings —"yes, we go to school", "no, we don't live on trees", "yes, we do have cars", "yes, I know that's a computer and it's much older than mine back home"—, contaba con la escolta de nuestra profesora de música, quien no dudó en reprochar mis elecciones alimenticias (¡un sándwich entero en vez de medio sándwich! ¡engendro de Gargantúa!). Quién sabe qué diferencia habrá hecho medio sándwich, pero volví del helado estado de Minnesota hecha un tonel. Un tonel con gafas y brackets y acné severo. Y barriga.
Lo siguiente entonces fue la dieta: perder toda esa eh, ganancia, antes de cumplir quince años porque... porque son quince años y quince años no se cumplen todos los días y la fiesta y todo, ustedes saben. Una fiesta a la que invité a dos amigas, de las cuales una llegó un día antes y luego no fue el día que sí era. Así que me consagré a la piña y el atún. Bueno, piña y atún y huevo cocinado y una galleta con chocolate de postre al almuerzo. No hay mucho que pueda decir al respecto, salvo que para la digestión una rodaja de piña en ayunas todos los días es bendita. La panza no se va, claro, pero cuando el ejercicio no es una opción, con que lo abombado se desinfle un poquito ya todos respiramos aliviados.
Supongo que el último capítulo de esta saga de la autoestima juvenil femenina ocurre exactamente diez años después, en Hawaii. Olavia Kite se da cuenta de que no ha comprado un vestido de baño en ocho años y el que lleva a sus vacaciones solitarias es bastante poco presentable. Entra a Macy's, se dirige a la sección de trajes de baño convencida de que alguien como ella —neveroide, con barriga, toda blandita— requiere uno de una sola pieza. Es una zona remota, pequeña y con una oferta bastante pobre, comparada con la cantidad impresionante de bikinis alrededor. De repente se detiene y piensa: "¿por qué debería comprarme un vestido de baño de una sola pieza? ¿Qué es lo que debería avergonzarme? ¿Acaso tengo algo que esconder?" Así es como por primera vez en mi vida, neveroide, con barriga y toda blandita, me compré un bikini. Y me sentí muy bien.
Ah, sí, el estómago me sigue doliendo, pero a punta de té digestivo y galletas de soda con mermelada estoy segura de que muy pronto me sentiré mejor.
[ Big Girl Little Girl — Sia ]
Hace sol pero no quiero salir. Tiene cara de ser ese sol frío que solo sirve para dibujar sombras raras en el pavimento. Es como un abrazo insincero, como un apretón guango de manos. Creo que quiero eructar. O vomitar. O acostarme y agarrarme la barriga con las dos manos. Es blandita mi barriga. No sé para qué querría tenerla dura.
Cuando era chiquita odiaba mi panza. Estaba convencida de que era la única niña barrigona del mundo. Y bueno, en el colegio ayudaban a reforzarme esa noción. En clase de danza, cuando todas teníamos que andar en traje de ballet, una de las compañeras decía que yo parecía embarazada de nueve meses. Sí, definitivamente yo debía ser una anomalía de la naturaleza si todas eran tan rectas y espigadas. Olvidemos que la vida les regalaría poco tiempo después caderas de crinolina; ese es un detalle menor si en la feria de las formas a mí me tocó la de nevera.
En todo caso la barriga siguió siendo un problema central en mi adolescencia. ¿Por qué no usar bikini? Por la barriga. ¿Fotos sentada? Se nota la barriga. La barriga, la barriga, la barriga. Intentaron ponerme una banda de caucho gruesa alrededor de las caderas a modo de recordatorio para meter panza, pero al final del día eso resultaba enrollado bajo las costillas y la pipa seguía ahí, invicta. Para colmo de males, a los catorce años me mandaron a Estados Unidos a un "intercambio cultural" organizado por el colegio. El paseo, que lo único que tuvo de intercambio fue la iluminación que trajimos a nuestros host parents and siblings —"yes, we go to school", "no, we don't live on trees", "yes, we do have cars", "yes, I know that's a computer and it's much older than mine back home"—, contaba con la escolta de nuestra profesora de música, quien no dudó en reprochar mis elecciones alimenticias (¡un sándwich entero en vez de medio sándwich! ¡engendro de Gargantúa!). Quién sabe qué diferencia habrá hecho medio sándwich, pero volví del helado estado de Minnesota hecha un tonel. Un tonel con gafas y brackets y acné severo. Y barriga.
Lo siguiente entonces fue la dieta: perder toda esa eh, ganancia, antes de cumplir quince años porque... porque son quince años y quince años no se cumplen todos los días y la fiesta y todo, ustedes saben. Una fiesta a la que invité a dos amigas, de las cuales una llegó un día antes y luego no fue el día que sí era. Así que me consagré a la piña y el atún. Bueno, piña y atún y huevo cocinado y una galleta con chocolate de postre al almuerzo. No hay mucho que pueda decir al respecto, salvo que para la digestión una rodaja de piña en ayunas todos los días es bendita. La panza no se va, claro, pero cuando el ejercicio no es una opción, con que lo abombado se desinfle un poquito ya todos respiramos aliviados.
Supongo que el último capítulo de esta saga de la autoestima juvenil femenina ocurre exactamente diez años después, en Hawaii. Olavia Kite se da cuenta de que no ha comprado un vestido de baño en ocho años y el que lleva a sus vacaciones solitarias es bastante poco presentable. Entra a Macy's, se dirige a la sección de trajes de baño convencida de que alguien como ella —neveroide, con barriga, toda blandita— requiere uno de una sola pieza. Es una zona remota, pequeña y con una oferta bastante pobre, comparada con la cantidad impresionante de bikinis alrededor. De repente se detiene y piensa: "¿por qué debería comprarme un vestido de baño de una sola pieza? ¿Qué es lo que debería avergonzarme? ¿Acaso tengo algo que esconder?" Así es como por primera vez en mi vida, neveroide, con barriga y toda blandita, me compré un bikini. Y me sentí muy bien.
Ah, sí, el estómago me sigue doliendo, pero a punta de té digestivo y galletas de soda con mermelada estoy segura de que muy pronto me sentiré mejor.
[ Big Girl Little Girl — Sia ]
Etiquetas: beauty myth, hawaii, maladie, reminiscencias, sfr

Hoy no es día de dibujar. Es domingo, pero no es día de dibujar. Llevo mucho tiempo encerrada. No he hablado con nadie en 36 horas. La situación de Azuma es parecida. Hay que hacer algo. Como un par de pacientes psiquiátricas salimos a caminar a ver si el aire fresco nos sienta bien. La diferencia es que yo no tengo pastillas de colores sobre mi mesa, pero eso no importa ahora. Al otro lado de la calle donde pasan los buses nos espera el Festival de la Universidad.
El caos es una aparición súbita al final del camino tapizado de osmanto. El aroma de las florecillas anaranjadas cae aplastado por el olor a cocción improvisada. Hay gente gritando irasshaimaseeeeeeeee ikagadesukaaaaaaaaa por todas partes, grupos de rock desafinadísimos en las tarimas y puestos de comida que alguna vez nos pareció interesante pero ahora nos da absolutamente lo mismo. Yakisoba, yakitori, takoyaki, yakisoba, yakisoba, yakimanjuu, yakisoba. Parece un sketch de Monty Python, solo que nadie se ríe. Este es nuestro último festival y nos da la misma nostalgia que tuvo Moff Tarkin cuando mandó destruir Alderaan.
Primero entramos a ver la exposición de arte. Antes íbamos a ver algún cuadro de Azuma exhibido junto a los de sus compañeros, pero ahora que su obra se ha trasladado a su casa solo vamos a examinar el trabajo de los demás. Hay una estudiante de nihonga que cada año saca el mismo cuadro craquelado de una lechuga. Esta vez son dos lechugas. Progreso. Yo juego a la crítica de arte y me invento discursos de análisis de las peores obras. Hago cara seria, gesticulo con las manos, digo "otredad", "reapropiación" y "paradigma". Nos desternillamos de risa y seguimos.
Fuera del edificio de artes, un grupo de unas diez personas toca música andina con caras excesivamente sonrientes. Es el club de Folklore ("Phorukurooore"). Tienen ruanas graciosas encima de la ropa de asalariado, dos tamboras, alrededor de cinco zampoñas que no suenan y como mil charangos. No entendemos lo que cantan; ellos tampoco. Más allá hay una demostración de kickboxing. Entre los luchadores debe estar el stalker de Azuma. Ella aparta los ojos del ring mientras yo alcanzo a ver de reojo cómo defienden su virilidad con desespero, como si en algún momento fuera a sorprenderlos la policía de género. O sus propias dudas.
El día está insoportablemente húmedo. El cuerpo se siente pesado como cuando ya ha pasado el mediodía y uno sigue en pijama. Alcanzo a preguntarme si me bañé. También me pregunto si desayuné, si almorcé, si he tomado líquidos en todo el día. Solo me recuerdo leyendo. Paramos en el puesto de comida africana para saludar a Mamadou, el senegalés, cuya camisa lo convierte en la viva imagen de Carl Anderson en el papel de Judas. Queremos una igual. Yo, además, quiero una porción de ese arroz con pollo cuyo nombre no llegué a entender.
Poco después llegamos al edificio de culturas comparadas y biología. No tiene caso preguntar por qué carreras tan disímiles comparten sede, así como tampoco lo tiene seguir caminando. Giramos en redondo y dejamos que el ruido se vaya sofocando mientras mi mano acaricia los arbustos. Las ramas apenas teñidas de rojo en las puntas se desprenden de mis dedos y se mecen como cortinas que corremos para volver a encerrarnos tras bambalinas, allá donde nadie nos ve.
[ China cubana — Willie Colón ]
El caos es una aparición súbita al final del camino tapizado de osmanto. El aroma de las florecillas anaranjadas cae aplastado por el olor a cocción improvisada. Hay gente gritando irasshaimaseeeeeeeee ikagadesukaaaaaaaaa por todas partes, grupos de rock desafinadísimos en las tarimas y puestos de comida que alguna vez nos pareció interesante pero ahora nos da absolutamente lo mismo. Yakisoba, yakitori, takoyaki, yakisoba, yakisoba, yakimanjuu, yakisoba. Parece un sketch de Monty Python, solo que nadie se ríe. Este es nuestro último festival y nos da la misma nostalgia que tuvo Moff Tarkin cuando mandó destruir Alderaan.
Primero entramos a ver la exposición de arte. Antes íbamos a ver algún cuadro de Azuma exhibido junto a los de sus compañeros, pero ahora que su obra se ha trasladado a su casa solo vamos a examinar el trabajo de los demás. Hay una estudiante de nihonga que cada año saca el mismo cuadro craquelado de una lechuga. Esta vez son dos lechugas. Progreso. Yo juego a la crítica de arte y me invento discursos de análisis de las peores obras. Hago cara seria, gesticulo con las manos, digo "otredad", "reapropiación" y "paradigma". Nos desternillamos de risa y seguimos.
Fuera del edificio de artes, un grupo de unas diez personas toca música andina con caras excesivamente sonrientes. Es el club de Folklore ("Phorukurooore"). Tienen ruanas graciosas encima de la ropa de asalariado, dos tamboras, alrededor de cinco zampoñas que no suenan y como mil charangos. No entendemos lo que cantan; ellos tampoco. Más allá hay una demostración de kickboxing. Entre los luchadores debe estar el stalker de Azuma. Ella aparta los ojos del ring mientras yo alcanzo a ver de reojo cómo defienden su virilidad con desespero, como si en algún momento fuera a sorprenderlos la policía de género. O sus propias dudas.
El día está insoportablemente húmedo. El cuerpo se siente pesado como cuando ya ha pasado el mediodía y uno sigue en pijama. Alcanzo a preguntarme si me bañé. También me pregunto si desayuné, si almorcé, si he tomado líquidos en todo el día. Solo me recuerdo leyendo. Paramos en el puesto de comida africana para saludar a Mamadou, el senegalés, cuya camisa lo convierte en la viva imagen de Carl Anderson en el papel de Judas. Queremos una igual. Yo, además, quiero una porción de ese arroz con pollo cuyo nombre no llegué a entender.
Poco después llegamos al edificio de culturas comparadas y biología. No tiene caso preguntar por qué carreras tan disímiles comparten sede, así como tampoco lo tiene seguir caminando. Giramos en redondo y dejamos que el ruido se vaya sofocando mientras mi mano acaricia los arbustos. Las ramas apenas teñidas de rojo en las puntas se desprenden de mis dedos y se mecen como cortinas que corremos para volver a encerrarnos tras bambalinas, allá donde nadie nos ve.
[ China cubana — Willie Colón ]
Etiquetas: azuma, comida, estudios de género, maladie, tsukuba

Hace exactamente un año me desmayé. En un par de horas oscurecerá, diré "ya vengo", iré al baño a cepillarme los dientes y no reapareceré sino hasta el otro día. Luego me sentaré a recoger parches de lo que alcance a recordar. Pero bueno. Ahora como bien. Subí de peso, pero a quién le importan las caderas blanditas si el cerebro funciona de buena gana y no se reinicia solo.
A esta hora debería estar haciendo una llamada a Ginebra. Si marcara, empero, lo más seguro es que me contestaría un anuncio en francés señalando lo que ya sé: que al otro lado de la línea no hay nadie. Ahora, si de lo que se trata es de buscar al dueño del número ahora inactivo, podría marcar otro número, pero ya no sería una llamada de buenos días sino una de lamento despertarte a medianoche. El inevitable cambio, un continuo reajuste. Hace un año ni siquiera había interlocutor al teléfono.
Nos movemos, cambiamos, nos estrellamos contra paredes que aparecen de la nada en medio de autopistas, taladramos caminos entre las paredes, avanzamos de una manera u otra. Las más férreas resoluciones se ablandan y disuelven. Se hace evidente lo inútil que es el miedo a lo borroso del horizonte cuando miramos hacia atrás y entendemos que lo que se avecinaba, ahora tan claro, era imposible de ver con antelación, que a la larga de nada sirvió planear. Hace un año hablé de quien era yo diez años atrás. Hoy hablo de esa yo de hace un año. Diez años, un año, la misma inmensa ignorancia. Caminamos miopes por la vida mientras los sucesos nos saltan a la cara como gatos asustados.
[ L'âge d'or — Emily Loizeau ]
A esta hora debería estar haciendo una llamada a Ginebra. Si marcara, empero, lo más seguro es que me contestaría un anuncio en francés señalando lo que ya sé: que al otro lado de la línea no hay nadie. Ahora, si de lo que se trata es de buscar al dueño del número ahora inactivo, podría marcar otro número, pero ya no sería una llamada de buenos días sino una de lamento despertarte a medianoche. El inevitable cambio, un continuo reajuste. Hace un año ni siquiera había interlocutor al teléfono.
Nos movemos, cambiamos, nos estrellamos contra paredes que aparecen de la nada en medio de autopistas, taladramos caminos entre las paredes, avanzamos de una manera u otra. Las más férreas resoluciones se ablandan y disuelven. Se hace evidente lo inútil que es el miedo a lo borroso del horizonte cuando miramos hacia atrás y entendemos que lo que se avecinaba, ahora tan claro, era imposible de ver con antelación, que a la larga de nada sirvió planear. Hace un año hablé de quien era yo diez años atrás. Hoy hablo de esa yo de hace un año. Diez años, un año, la misma inmensa ignorancia. Caminamos miopes por la vida mientras los sucesos nos saltan a la cara como gatos asustados.
[ L'âge d'or — Emily Loizeau ]
Etiquetas: cavorite, maladie, reminiscencias

Tomber
0 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy sábado, septiembre 25, 2010 a las 10:40 a. m..
Una vez fingí estar inconsciente para asustar a mi hermana. Éramos chiquitas y ella se puso a llorar. Prometí no volver a hacerlo.
Cuando estaba en bachillerato me gustaba dejarme caer en el pasto como si me desmayara. Esto siempre culminaba en un doloroso golpe en la cabeza, pero era divertido.
Una vez me desmayé de verdad. Estaba en mi casa. Nadie se enteró.
[ Murder of Birds — Jesca Hoop ]
Cuando estaba en bachillerato me gustaba dejarme caer en el pasto como si me desmayara. Esto siempre culminaba en un doloroso golpe en la cabeza, pero era divertido.
Una vez me desmayé de verdad. Estaba en mi casa. Nadie se enteró.
[ Murder of Birds — Jesca Hoop ]
Etiquetas: maladie, reminiscencias, sfr, solitude

Creo que me enfermo de gripa dos veces al año: una en otoño-invierno en Japón y otra en Bogotá.
Hoy ha sido el día elegido por mi sistema inmunológico para divertirse un rato jugando a la batalla con los patógenos en 2010. Siento que tengo un casco de dolor en la cabeza, vivo con sed y me la he pasado coqueteando con el letargo. En una de las siestas delirantes en las que he venido cayendo soñé que regresaba a Los Andes a terminar las materias que me faltaban para graduarme, con la mala suerte de encontrarme con que todo lo llevaba perdido gracias al viaje a Japón. Además llegaba justo en la mitad de un examen de moral (me late que sigo a demasiados filósofos en Twitter).
Esta vez creo que la gripa no me adelgazará como suele hacerlo porque ya me acostumbré a forzarme a comer cuando tengo la impresión de que mi cuerpo podría beneficiarse del consumo de alimentos. Soy una persona que adora comer pero suele olvidar que hay que hacerlo con cierta periodicidad.
Supongo que si los síntomas persisten tendré que ir al hospital a ver si es la famosa influenza A(H1N1) de la que tantos artículos me ha tocado traducir estos meses. Espero que no. Espero que no. Espero que no. Por lo pronto cerraré el día cantándole una canción a Gazapos, quiéralo o no mi garganta.
Enferma en Tsukuba en 2010.
[ Tiny Sparrow — Peter, Paul and Mary ]
Enferma en el puerto de Kobe en 2007.
Hoy ha sido el día elegido por mi sistema inmunológico para divertirse un rato jugando a la batalla con los patógenos en 2010. Siento que tengo un casco de dolor en la cabeza, vivo con sed y me la he pasado coqueteando con el letargo. En una de las siestas delirantes en las que he venido cayendo soñé que regresaba a Los Andes a terminar las materias que me faltaban para graduarme, con la mala suerte de encontrarme con que todo lo llevaba perdido gracias al viaje a Japón. Además llegaba justo en la mitad de un examen de moral (me late que sigo a demasiados filósofos en Twitter).
Esta vez creo que la gripa no me adelgazará como suele hacerlo porque ya me acostumbré a forzarme a comer cuando tengo la impresión de que mi cuerpo podría beneficiarse del consumo de alimentos. Soy una persona que adora comer pero suele olvidar que hay que hacerlo con cierta periodicidad.
Supongo que si los síntomas persisten tendré que ir al hospital a ver si es la famosa influenza A(H1N1) de la que tantos artículos me ha tocado traducir estos meses. Espero que no. Espero que no. Espero que no. Por lo pronto cerraré el día cantándole una canción a Gazapos, quiéralo o no mi garganta.
Enferma en Tsukuba en 2010.
[ Tiny Sparrow — Peter, Paul and Mary ]

There Is No Such Thing as a Free Lunch
6 comentarios Otro delirio de Olavia Kite, hoy lunes, enero 25, 2010 a las 6:55 p. m..
El sábado pasado, en el trabajo, nos regalaron un almuerzo en caja tan grande como un juego de mesa. Contenía langostino, camarón, pollo, pescado, masas cárnicas de dudoso origen, arroz, arroz y arroz. Era la primera vez que nos daban algo que no fuera aburrimiento crónico, así que nadie se quejó por el regalo. Considerando que además nos dieron un adelanto del pago en efectivo —que horas después invertí en "Images de l'univers", un libro con CD-ROM incluido lleno de exactamente lo que dice el título—, había sido un día bastante bueno.
Sin embargo, ya lo decía el libro de economía del colegio con monedas en la cubierta: there is no such thing as a free lunch, y el precio de este almuerzo parecía haberse grabado entre nuestros pliegues estomacales. Azuma, Yin y yo volvimos a casa con distintos niveles de dolor en las entrañas. Yin solo pudo comerse medio bol de cereal al otro día y Azuma tuvo pesadillas. A mí me tocó esconder mi libro nuevo porque los anillos de Urano me daban náuseas.
Después de un angustioso sueño en el que Minori me salvaba de un hiphopero puertorriqueño estafador y me regañaba y me regañaba y me regañaba, pasé todo el día de ayer en cama, adolorida. No le aporté a mi organismo más que leche de soya y té de yuzu, salvo al almuerzo, cuando me atreví a engullir un plato de arroz con huevo revuelto mientras hablaba con mis papás. Tomé una siesta y soñé que encontraba en Internet un artículo sobre la supuesta obra literaria de una compañera del colegio, señalando que ella era Olavia Kite. Qué bien: un día perfectamente desperdiciado en brotes de delirio y líquidos con sabor a salud concentrada.
Hoy me miré al espejo: no sé por qué mi cara me recordó a Igor el del Conde Pátula.
[ St. James Infirmary Blues — Cab Calloway ]
Sin embargo, ya lo decía el libro de economía del colegio con monedas en la cubierta: there is no such thing as a free lunch, y el precio de este almuerzo parecía haberse grabado entre nuestros pliegues estomacales. Azuma, Yin y yo volvimos a casa con distintos niveles de dolor en las entrañas. Yin solo pudo comerse medio bol de cereal al otro día y Azuma tuvo pesadillas. A mí me tocó esconder mi libro nuevo porque los anillos de Urano me daban náuseas.
Después de un angustioso sueño en el que Minori me salvaba de un hiphopero puertorriqueño estafador y me regañaba y me regañaba y me regañaba, pasé todo el día de ayer en cama, adolorida. No le aporté a mi organismo más que leche de soya y té de yuzu, salvo al almuerzo, cuando me atreví a engullir un plato de arroz con huevo revuelto mientras hablaba con mis papás. Tomé una siesta y soñé que encontraba en Internet un artículo sobre la supuesta obra literaria de una compañera del colegio, señalando que ella era Olavia Kite. Qué bien: un día perfectamente desperdiciado en brotes de delirio y líquidos con sabor a salud concentrada.
Hoy me miré al espejo: no sé por qué mi cara me recordó a Igor el del Conde Pátula.
[ St. James Infirmary Blues — Cab Calloway ]
Etiquetas: azuma, chasco, maladie, maquinaciones nocturnas, minori, sfr, yin

Lo que recuerdo:
Empecé a sentirme mal después de tomarme el coctel de grosella y naranja. Al parecer el proceso de deshidratación que venía llevándose a cabo en mi cuerpo imperceptiblemente se aceleró con la ingesta de alcohol.
Fui al baño y empecé a cepillarme los dientes. De pronto sentí que respiraba aire frío y las piernas me fallaban. De inmediato dejé el cepillo a un lado del lavamanos y me senté en la taza. Hasta ahí llega la película.
You need to restart your brain. Veuillez redémarrer votre cerveau. Sie müssen Ihren Gehirn neu starten. 脳を再起動する必要があります。
El despertar fue gradual. Lo primero fue recobrar conciencia en una especie de plano paralelo, un estado de kanashibari en el que podría jurar que estaba moviendo una pierna desenfrenadamente quién sabe con qué motivo. El viaje de retorno a la realidad-realidad inició frenando la pierna (si es que alguna vez la moví de verdad), percatándome de que estaba en el baño de mi apartamento. Me sobrevino entonces el terror de haber caído en esa especie de delirio desesperado—algo me dice que al agitar la pierna estaba forzándome a reaccionar—. Me descubrí aún sentada, con la mejilla recostada contra el lavamanos, completamente desgonzada. Recordé que hace años esto mismo me ocurrió en el baño de mi casa en Bogotá. En aquella ocasión se me había ocurrido que podría haber muerto sin darme cuenta. Las luces se van y uno no sabe más. Las luces se fueron de nuevo.
A fatal exception has occurred in your brain. The current application will be terminated.
Me tragué la crema dental que aún tenía en la boca. No veía nada. El aire que entraba por mi nariz aún era frío. Con la cara contra el lavamanos me resigné a esperar a que volvieran mis fuerzas. Mi cuerpo se sentía pesado. Aún quedaba un poco de angustia mezclada con la miserable sensación de impotencia que produce perder el control del cuerpo. No pensé en nadie. Mi respiración venía en suspiros cortos. No supe más.
System Failure: brain=0; code=00000001 (Syncope)
Volvió la luz a mis ojos y me incorporé un poco, pero noté que el cuerpo aún se resistía a reanudar la marcha. Démosle un poco más de tiempo. Me dejé caer hacia atrás. Telón.
Brain died (signal 0, exit 11). Panic: going nowhere without my brain! Automatic reboot in a few minutes.
El recinto amarillo volvió a manifestarse ante mis pupilas. Las manos me temblaban un poco, pero logré ponerme de pie. Me miré al espejo: mi rostro tenía el mismo color crema de las paredes del baño. Supuse que esto—lo que fuera—podría arreglarse con sueño. La vez anterior había sido peor, ahora que recuerdo: me había tambaleado del baño a mi cuarto y había quedado K.O. en mi cama quién sabe por cuánto tiempo. Esta vez me retiré los lentes, me puse las gafas, me detuve pacientemente a la entrada de mi habitación para ponerme la pijama, apagué la luz y me metí entre las cobijas.
Nunca se me ocurrió pedir ayuda.
[ Lucid Dreams — Franz Ferdinand ]
Empecé a sentirme mal después de tomarme el coctel de grosella y naranja. Al parecer el proceso de deshidratación que venía llevándose a cabo en mi cuerpo imperceptiblemente se aceleró con la ingesta de alcohol.
Fui al baño y empecé a cepillarme los dientes. De pronto sentí que respiraba aire frío y las piernas me fallaban. De inmediato dejé el cepillo a un lado del lavamanos y me senté en la taza. Hasta ahí llega la película.
You need to restart your brain. Veuillez redémarrer votre cerveau. Sie müssen Ihren Gehirn neu starten. 脳を再起動する必要があります。
El despertar fue gradual. Lo primero fue recobrar conciencia en una especie de plano paralelo, un estado de kanashibari en el que podría jurar que estaba moviendo una pierna desenfrenadamente quién sabe con qué motivo. El viaje de retorno a la realidad-realidad inició frenando la pierna (si es que alguna vez la moví de verdad), percatándome de que estaba en el baño de mi apartamento. Me sobrevino entonces el terror de haber caído en esa especie de delirio desesperado—algo me dice que al agitar la pierna estaba forzándome a reaccionar—. Me descubrí aún sentada, con la mejilla recostada contra el lavamanos, completamente desgonzada. Recordé que hace años esto mismo me ocurrió en el baño de mi casa en Bogotá. En aquella ocasión se me había ocurrido que podría haber muerto sin darme cuenta. Las luces se van y uno no sabe más. Las luces se fueron de nuevo.
A fatal exception has occurred in your brain. The current application will be terminated.
Me tragué la crema dental que aún tenía en la boca. No veía nada. El aire que entraba por mi nariz aún era frío. Con la cara contra el lavamanos me resigné a esperar a que volvieran mis fuerzas. Mi cuerpo se sentía pesado. Aún quedaba un poco de angustia mezclada con la miserable sensación de impotencia que produce perder el control del cuerpo. No pensé en nadie. Mi respiración venía en suspiros cortos. No supe más.
System Failure: brain=0; code=00000001 (Syncope)
Volvió la luz a mis ojos y me incorporé un poco, pero noté que el cuerpo aún se resistía a reanudar la marcha. Démosle un poco más de tiempo. Me dejé caer hacia atrás. Telón.
Brain died (signal 0, exit 11). Panic: going nowhere without my brain! Automatic reboot in a few minutes.
El recinto amarillo volvió a manifestarse ante mis pupilas. Las manos me temblaban un poco, pero logré ponerme de pie. Me miré al espejo: mi rostro tenía el mismo color crema de las paredes del baño. Supuse que esto—lo que fuera—podría arreglarse con sueño. La vez anterior había sido peor, ahora que recuerdo: me había tambaleado del baño a mi cuarto y había quedado K.O. en mi cama quién sabe por cuánto tiempo. Esta vez me retiré los lentes, me puse las gafas, me detuve pacientemente a la entrada de mi habitación para ponerme la pijama, apagué la luz y me metí entre las cobijas.
Nunca se me ocurrió pedir ayuda.
[ Lucid Dreams — Franz Ferdinand ]




